Crítica

El renacido – Alejandro G. Iñárritu

posted by Marc Muñoz 4 febrero, 2016 0 comments
Naturaleza rendida

El Renacido

El mexicano Alejandro G. Iñárritu galopa sin cesar, y con la mirada fijada al frente, hacia los horizontes de grandeza del séptimo arte. Esa necesidad de trascender como gran cineasta es algo que ha arrojado en sus fotogramas desde su etapa mejicana, y que ahora parece acelerarse tras su absorción por el engranaje de Hollywood – ha transcurrido un año del éxito de Birdman y ya amenaza con repetirlo. Ese aspecto ególatra de su personalidad que no ha podido esconder en del grueso de su filmografía le ha ganado el reproche de parte de la crítica y del público, pero hasta la fecha, ese afán desmedido no se ha cobrado ningún peaje sobrellevable en lo cinematográfico, tal y como vuelve a demostrar en su última inclusión como cineasta.

La historia de este explorador, Hugh Glass (Leonardo DiCaprio), que en la América de 1821 participó en una expedición para recolectar pieles en medio de un territorio poblado por indios hasta ser herido de muerte por un oso, y dejado a su merced por su némesis (el personaje interpretado por Tom Hardy), le sirve a Iñárritu, y al magnífico equipo con el que se codea, para adentrarse en un filme de aventuras visceral y salvaje, descorsetado de las normas y cánones de Hollywood. De este modo el artefacto se edifica como una historia de supervivencia extrema en clave de filme de aventuras con aristas del thriller de venganza y el western crepuscular.

Un relato de doble supervivencia, de conquistadores y víctimas, de (in)civilización y naturaleza, de barbarie y fraternidad, de codicia y honradez, de colectividad e individualismo, de usurpación y justicia (terrenal). Son algunos de los polos temáticos que retumban en los ecos de esos parajes naturales abrumadores en los que se escenifica la historia. Unos temas que conducen al mexicano a adoptar una posición, una mirada inclinada y foránea al en torno de la conquista salvaje de las tierras ocupadas por indígenas, mediante la cual se forjó la nación que ahora lo acoge en lo laboral. Entre sus fotogramas persiste esa crítica voluminosa, y para algunos sobrepasada por la forma, a la cuestión fundacional de los Estados Unidos.

Aunque una vez más, el punto fuerte del de Birdman, es el poderío visual con el que ejecuta su propuesta. Con la ayuda incalculable de Emmanuel Lubezki, Iñárritu parece anhelar la fascinación extática mediante unas imágenes construidas para maravillar, para impresionar, para golpear y resistir, y lo hace explorando el lenguaje cinematográfico, pero especialmente, explotando las virtudes de su cotizado equipo y exprimiendo las técnicas a su disposición. El resultado se traduce en varias secuencias de órdago, planos-secuencia que no obedecen a la chulería ni al antojo de su director de orquesta, sino como vehículo idóneo para lanzar al espectador hacia ese campo de batalla contra la naturaleza, o aún más peligroso, el ser humano en una sitación límite. Hay un sinfín de logros estéticos que catapultan a la película a una experiencia de sala de cine de difícil tasación y comparación. La simbiosis entre imagen y sonido alcanza cotas de cine espectáculo y orgánico sin necesidad de dosis extras de acción o de un ritmo endiablado que facilite el recorrido. Los encadenados, los fastuosos intervalos que junto a la música de Ryuichi Sakamoto y Alva Noto anuncian tormentas turbulentas, los majestuosos movimientos de cámara, las acometidas viscerales inesperadas que salpican la cámara con texturas: sangre, respiraciones que se convierten en vaho cuando tocan la lente, tierra, barro y lo que se cruza en el largo camino de vuelta del protagonista de la cinta. Lubezki convierte la cámara en un recolector de las impurezas, partículas y sustancias que habitan en ese microhábitat despiadado, incontrolable e imprevisible.

No serán pocas las voces que busquen zancadillear a la película por su pátina grandilocuente, cuando seguramente sea la película menos pretenciosa, y más disfrutable, en su primera capa, del mexicano, pese a apuntar alto con sus referentes. Es innegable que el de 21 gramos invoca a Terrence Malick en varios tramos de la película. Pero en una intención más de cuadro, ligada a la composición y la estética, sin el trasunto existencial del texano expuesto en El árbol de la vida. Ambas obras comparten un sentimiento panteísta que se refleja entre los fotogramas, pero si Malick buscaba explorar límites mucho más lejanos e inalcanzables a la razón y al intelecto, mediante un tratamiento sensorial del celuloide, Iñárritu se confirma con el plano terrenal, limitando su estudio hasta donde la madre naturaleza alcanza. El de Amores perros se guía aquí más por la brújula del entretenimiento, captando la esencia del relato de aventuras clásico pero volteandolo con violencia, mientras acaricia sus heridas con una factura mágica, que sí, remite a Terrence Malick – opción por su parte lógica y cómoda compartiendo el mismo director de fotografía de El árbol de la vida y El nuevo mundo – y al cine de Tarkovski, aunque como con el primero, decide alejarse de la temática honda y más profunda, y cuando se adentra – a través de los traspasos oníricos, que en el relato se encuadran para mantener la esperanza de humanidad y tesón en el personaje de DiCaprio, pero que fuera de esa intencionalidad narrativa se traducen en los instantes más endebles y desequilibrados, especialmente con la sombra de Tarkovski intimidando su plasmación. Aunque no todo son referentes inalcanzables para el mexicano, también halla inspiración en productos de consumo masivo televisivo – cualquiera que conozca a Bear Grylls y su programa El último superviviente no se habrá dejado impresionar por uno de los picos de la narración de El renacido, el salto del caballo y posterior abrigo intestinal -, o en clásicos de género como Las aventuras de Jeremiah Johnson.

Así que la mejor recomendación para el espectador escéptico es dejarse arrastrar por el torrente de imágenes y sonidos desplegados por el tándem Iñárritu/Lubezki, alejarse de las aguas revueltas de sus referentes, y montarse en este vehículo de aventuras equipado con cine de puro entretenimiento y de una belleza estética que se palpa, se respira, se siente, se huele, y se observa, como la de la naturaleza omnipresente que se despliega como personaje central de la obra. Cada generación tiene su film de aventuras cumbre, El renacido podría ser el de una nueva.

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