Crítica

El Topo – Tomas Alfredson

posted by Marc Muñoz 20 diciembre, 2011 0 comments
El espía que surgió de la niebla

El Topo

En 1974 el novelista ingles John Le Carré publicó uno de los hitos que lo han convertido en una de las plumas más reconocibles de la literatura de intriga y espionaje. 35 años después, tras un irregular intento en formato serie, se adapta a la gran pantalla su célebre novela El Topo (Tinker, Tailor, Soldier, Spy)

Para hacerlo han depositado la confianza en el director sueco, Tomas Alfredson, quien cosechó el reconocimiento internacional con Déjame entrar, impactante y fascinante filme de vampiros que se convirtió en el sleeper de hace dos años. Ahora, rodeado de un elenco actoral de los que nublan la vista y una producción ambiciosa, devuelve la confianza con una monumental obra que se encarama directamente en los puestos más altos de lo visto este año en una sala de cine.

El topo sigue la historia de Smiley, famoso personaje de ficción utilizado por el escritor inglés en cinco de sus novelas, quien es obligado a reincorporarse a los servicios de inteligencia británicos tras un retiro obligado. Su nuevo objetivo será descubrir la identidad de un espía infiltrado que está pasando información vital al enemigo ruso. Smiley (Gary Oldman) deberá escrutar con mucho cuidado las cinco piezas a las que se reduce la lista de sospechosos si quiere salir victorioso de su empresa y desentrañar al traidor.

Éste es solo el origen de una envolvente, poderosa y enrevesada telaraña argumental que se despliega a través de diferentes escenarios, personajes, y que va intercalando flash-backs y subtramas sin achicarse en un solo fotograma. Toda una estructura apuntalada por un guión de una solidez incuestionable, que no requiere de triquiñuelas narrativas ni giros de última hora para atrapar al espectador con su historia.

Pese a lo complicado del material (muchas líneas argumentales, personajes, misterios e intrigas) la habilidad de Bridget O’connor y Peter Straughan de disponer todo el material en capas gruesas pero claras, sin que se le atragante al espectador por sobresaturación o pérdida del punto, resulta ejemplar, y en sí, supone uno de los baluartes más seguros de este thriller de espías.

Otro es sin discusión el molde formal con el que su director reviste toda esta telaraña de intrigas, traiciones, celos y recelos. El realizador sueco apuesta por un regusto clásico, de pose sobria. Una realización que brilla por su contención, por el control del ritmo, y por un look que se reboza en texturas granuladas, colores grises y apagados, con los que conecta estéticamente con el cine de espías de los años 70’s, pero que también resuelve para acercar al espectador los ánimos y emociones de los personajes que transitan por las esferas invisibles de la guerra fría, dónde los espías, como comentan uno de los personajes en algún punto de la película, son la primera línea de fuego.

Y si por algo la visión de Alfredson sobre la novela de Carré se engrandece es por haber conseguido plasmar en imágenes todo el valioso subtexto que esparce interrogantes, sugerencias y los dramas personales que se concentran en la trama. Todo este material se presenta de manera sutil, en forma de pequeños matices, y con una elegancia e inteligencia desbordantes, que se van dosificando a través de la trama y por medio de sus personajes. Como por ejemplo las cortas y breves secuencias que utiliza para explicar los conflictos internos de esos protagonistas aparentemente tan fríos, manipuladores y distantes, y donde la mente del espectador debe hacer un esfuerzo para interpretar lo que trasluce de esas miradas, esos gestos, esa iluminación, esa música concreta….

La sobresaliente factura con la que Alfredson consigue seducir al espectador para que emprenda este fascinante viaje por las intrigas y traiciones en el seno del MI6 se sustenta en varios pilares. Puede que el principal, y de mayor grueso, sea el espléndido guión ya comentado, y le sigue muy de cerca un elenco actoral inigualable. Gary Oldman demuestra por enésima vez su calidad interpretativa con un personaje tallado para su lucimiento, creando un frío, calculador, eficaz e inteligente personaje, que con la ayuda, de su caracterización, hasta asusta e impone dudas sobre su propia lealtad u honradez en la misión que le encomiendan. Goldman ya puede sumar a una larga lista de personajes que van desde Drácula, a Lee Harvey Oswald, Sid Vicious, o Beethoven este Smiley, un nuevo icono de la ficción, con el que de aquí unos años nos referiremos para valorar en su justa medida otras obras u personajes. Lo maravilloso del caso es que no todo el peso recae en sus espaldas, ya que lo acompañan la flor y nata de la escuela británica de distintas generaciones. Desde un John Hurt que pese a salir poco impone claudicación acérrima y respeto infinito, hasta un Colin Firth muy alejado del papel por el que obtuvo el Oscar el año pasado, junto una serie de secundarios excelentes (Tom Hardy, Toby Jones, Mark Strong, Ciarán Hinds) que bordan sus interpretaciones y parecen componerlas ateniendo una brújula de contención y criterio que los guía hacía metas qur rozan la perfección.

Ni analizando uno por uno los elementos cinematográficos que pueblan el filme, el propio Smiley sería capaz de encontrar una sola mancha en su producción, su dirección artística, la fotografía, la realización, el vestuario, el maquillaje, etc. Y menos aún con el meritorio trabajo desempeñado por el compositor Alberto Iglesias en una banda sonora de matices claroscuros y regusto gris, con fases tristes y otras llenas de misterio, ritmo accelerado y tensión, acorde con la historia que acompañan.

Si Déjame Entrar fue la fabulosa presentación internacional de su director, con El Topo Tomas Alfredson debería ganarse un puesto de titular en el equipo de directores del momento. El perfecto equilibrio con el que sujeta la forma y el contenido convierten a su película en un clásico instantáneo, en una de esas películas con un aroma tan profundo y penetrable que luego resulta imposible borrar su rastro de las retinas. El director sueco ha levantado una obra atemporal, ajena a modas y períodos, lo suyo es un revivir estelar del cine mayúsculo donde trama y estilo se dan de la mano y dibujan una aureola brillante a su alrededor, como ocurre con la gran mayoría de secuencias de El Topo.

8,5

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