Crítica

El viento se levanta – Hayao Miyazaki

posted by Alberto Varet Pascual 24 abril, 2014 0 comments
Un asombroso testamento

El viento se levanta

Hayao Miyazaki regresa a nuestras carteleras con su enésima (y esta vez sí que parece la definitiva) despedida. Un original testamento audiovisual construido sobre la biografía de Jirō Horikoshi, el creador de los aviones Zero, que se despliega asimismo como un relato histórico del Japón del siglo pasado, como una sentida reflexión sobre la capacidad de superación de un país atrasado tecnológicamente y, por supuesto, como una nueva mirada al cine cual acto de ingeniería liderado por la imaginación.

La arriesgada mezcla de géneros e ingredientes se le caería a la mayoría de los directores, mas no a un autor que logra con esta realización su film más adulto: el poso que deja como obra histórica es importante, su acercamiento a la ingeniería es sincero (aunque sí es verdad que al no iniciado le colocará en fuera de juego durante algunos minutos) y su sensibilidad rompe con la ortodoxia de la narración para abrir frentes desde los mundos del sueño, la memoria, el romanticismo, el amor, el misterio y el enigma.

Así, El viento se levanta alcanza cimas de la expresión animada en las inesperadas salidas a lo fantástico. Son momentos en los que resulta increíble su fluidez para pasar de lo calmo a lo agitado, generando dinamismo en el dibujo desde la nada. También es asombrosa su precisión en los detalles y el trabajo con el color. Pero, muy especialmente, su habilidad para la abstracción audiovisual.

Y es que lo que hace Miyazaki con determinadas imágenes, que por sí solas significan poco o nada, es alucinante: el uso de las escenas de transición (las líneas rojas que simulan la tierra resquebrajada cuando se produce el terremoto, por ejemplo), su manera de jugar con el sonido (bastantes veces lo que oímos no se corresponde directamente con lo que vemos), la facilidad para introducirse en la tradición cultural japonesa que remite a cineastas tan gigantescos como Mizoguchi (la boda nocturna es pura seda) o la combinación de varios de estos elementos entre sí (esa contienda que sólo está en la cabeza de un niño y que acelera el ritmo de una animación prodigiosa desde la imaginación) deberían estudiarse en todas las escuelas de cine.

Respecto a este último paréntesis, hay que señalar que El viento se levanta ha cosechado algunas críticas por ser, supuestamente, condescendiente con la guerra. Sin embargo, esas quejas no parecen justificadas, ya que el autor habla desde su experiencia, desde su memoria, la de un crío que vivió un tiempo bélico que no podía asimilar. ¿Cómo pintar eso? El resultado se presenta en forma de nubes pasajeras, de fogonazos, de misiles vivientes, de destellos que empapan los enormes ojos de un infante golpeado por un millón de imágenes… Una abstracción que supone un problema para una cinefilia acostumbrada a que se lo den todo bien masticadito; que deglute, desde el palco VIP, el horror con admiración según se deja instruir acerca de lo malo de la muerte y los ejércitos.

Y es en el ejército, precisamente, donde radica otro de los asuntos peliagudos del film, pues para el artista nipón la armada fue fundamental en el avance de una nación atrasada en relación al resto de países poderosos. El cineasta no oculta su orgullo por una patria que supo levantarse y vivir (como dice el título de la obra) tras diversas debacles, ni se engaña acerca de la fundamental aportación militar en este sentido porque, nos guste o no, la gran mayoría de los avances tecnológicos proceden de este terreno (Internet, por ejemplo). No hay, por tanto, una crítica frontal al cuerpo (más bien lo contrario), aunque sí insiste la cinta en la tristeza que supone que una construcción tan bella como un avión esté destinada a un fin como la guerra.

Esta postura probablemente le haya costado el Oscar al responsable de El viaje de Chihiro, y es que la intransigencia hacia el mundo militar también enturbia el análisis del espectador sobre la opinión de Miyazaki acerca de la participación japonesa en la Segunda Guerra Mundial. Para muchos, el autor no es crítico al respecto. El que esto escribe cree que lo es pero ni entera ni directamente. Si decíamos antes que el director no representaba con objetividad la batalla a causa de la edad del protagonista, ahora no lo hace por algo que se explica en el inicio de la obra: el personaje es muy miope y su punto de vista se limita a lo que tiene cerca (de ahí que vuele gracias a los sueños). Por eso El viento se levanta sólo se centra en Jirō Horikoshi y lo que le rodea. El combate, pues, está en el fuera de campo. O mejor, fuera de foco. Una decisión que convierte el último trabajo del más grande de los maestros de la animación en una peculiar biografía que, atravesada por una ‘obligada’ dulcificación de la Historia a través de la imaginación y la memoria, le sirve para hacer testamento.

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