Crítica

En otro país – Hong Sang-soo

posted by Alberto Varet Pascual 23 mayo, 2013 0 comments
Depuración y variaciones hacia una imposible perfección

En otro pais

Como ocurrió hace apenas un mes con Philippe Garrel, la distribución española tiene a bien estrenar por primera vez una producción de un director esencial para el cine contemporáneo. Se trata de En otro país, de Hong Sang-soo, y a pesar de que nos alegramos por su aterrizaje (de hecho es una de sus mejores cintas), no podemos dejar de sentir vergüenza y pena por lo que supone su llegada a nuestras salas tras casi veinte años de trayectoria.

Pero no estamos aquí para dramatizar. Además, al autor que nos ocupa no le gustaría así que, mejor, hablemos de un film cuyo mundo presenta unas constantes perfectamente reconocibles para los que hayan visionado alguna película suya. Ellos encontrarán muchos estímulos para el disfrute pues En otro país se alza como una propuesta de condición explícitamente experimental con la que el responsable de Hahaha coloca otra baldosa en su particular camino hacia el conocimiento del mundo que le rodea. En cuanto a los que aún no hayan tenido la posibilidad de asomarse a su obra, aquí tienen una estupenda oportunidad para hacerlo ya que, aunque su prodigiosa y difícilmente explicable sencillez pueda provocar cierta perplejidad, su tono es tan preciso como ligero (dos de las características principales de un artista de claras raíces rohmerianas que, sin embargo, no tiene parangón en el panorama cinematográfico), y, por tanto, accesible.

Y es que Hong Sang-soo, al igual que uno de los personajes de su trabajo, cree en el cine a modo de instrumento de búsqueda en pos de entender la existencia. Por ello, reincide en la comedia romántica como vehículo para eliminar tremendismos y conectar con la vida. Unas razones que justifican del mismo modo el uso de largos planos secuencias (apoyados en las magníficas interpretaciones de los actores y en la naturalidad de los diálogos y las situaciones) y el uso del zoom y la panorámica veloz. En este punto, es fascinante la utilización de la distancia focal variable con la que, lejos de querer acentuar sus armas narrativas, como Kubrick, por ejemplo, trata de elidir lo sobrante para quedarse con lo verdadero.

No obstante, y a pesar de la diferencia de procederes tan marcada (el barroquismo y el dramatismo de uno frente a la esencialidad y la ligereza del otro), el coreano sí comparte una fijación con el norteamericano: la representación de la mujer cual misterio insondable y epicentro de todos los huracanes emocionales en unos filmes descaradamente masculinos que reflejan sin temor lo ridículo de esa inevitable hombría (los personajes cineastas de las cintas de Hong Sang-soo son siempre un alter ego). Un absurdo que encontramos también en la diplomacia, en la cotidianidad de las relaciones humanas en general y en la incomunicación en particular, aquí mostrada de forma muy explícita al introducir a una francesa en Corea. Una especie de reverso de lo hecho en Noche y día que rima con la naturaleza metacinematográfica del metraje (otra fórmula, al igual que la comedia, que trabaja el creador últimamente como medio para la comprensión de los engranajes de su peculiar universo).

Así, la posibilidad de hacer y deshacer a su antojo, de generar variaciones de un mismo asunto, el uso del zoom y la panorámica rápida, el ritmo magistral logrado gracias a un montaje perfecto que funciona por acumulación, el plano secuencia, la reducción al absurdo… son los interesantes mecanismos del método de un autor que los ha llevado, esta vez, a un grado de perfección y sofisticación absolutamente asombrosos. De este modo, las repeticiones con leves modificaciones en su interior, el uso del sonido, las sorprendentes incursiones en lo onírico (con el faro como inteligente y conmovedor trasunto de lo deseado e imposible), las delicadas elipsis (esos pies perdidos en la carretera que encuentran reposo en las aguas), la ligereza lograda gracias a la fabricación consciente de una ficción, la documentación de ese universo de cosas pequeñas que van y vienen, que se pierden y se encuentran hasta desaparecer (el faro que ilumina nuestros caminos a la deriva, la botella que tiene un antecedente en el último capítulo…)… fluyen de forma deliciosa dentro de una película que parece atrapar el milagro de la existencia y la incertidumbre de la vida al edificar, con pulso maestro, lo que Paul Klee llamaba ‘la construcción lógica del misterio’. Y lo hace de forma prácticamente imperceptible mientras recoge las sensaciones y las miradas de lo, a priori, no poético para convertirlo en lirismo de lo real (¡cómo filma las montañas!, ¡cómo trabaja el ambiente nublado!, ¡qué maravillosas son las escenas en la barbacoa!…).

Su estilo es, entonces, una impagable depuración de los retos formales característicos del director nacidos de esa fértil comunicación entre oriente y occidente exhibidos, aquí, sin tapujos en su juego narrativo. Una cinta que parece estar dándonos las invisibles claves de su andamiaje mientras crece ante nuestra mirada atónita gracias a una diversidad de planos digna del mejor arquitecto. Sólo así se entiende el regocijo que sentimos al ver esas bofetadas que Isabelle Huppert (con una versatilidad que puede evocar el miedo, la fuerza, las convicciones o las dudas) le da a su chico. Una escena tan inteligente en su excusa creativa como profunda en su alcance emocional.

Y es que En otro país es, definitivamente, una de las más hermosas y lúcidas muestras de la libertad en el audiovisual y sus posibilidades para abrazar lo inefable. La constatación de la madurez de una carrera y, a la vez, la asunción de la creación a modo de maratón sin meta (bien haría Haneke en tomar nota). Una pieza mayor que habla de la grandeza de la frustración como algo inherente a la humanidad, que atrapa lo invisible para iluminar la condición trascendente del hombre en sus debilidades, que luce insólita en el despojado retrato de esa mirada del turista que busca en los rituales culturales y sociales extranjeros un asidero para la comunicación. Una obra de arte, en resumidas cuentas, que, como tal, nos hace sentir libres.

marco 9,5


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