Crítica

En un mundo mejor – Susanne Bier

posted by Manel Carrasco 5 abril, 2011 0 comments
Otra vez será

En la pasada edición de los Oscar, en medio del aburrimiento más absoluto en que nos sumió la Academia (al menos a partir del minuto en que Kirk Douglas abandonó el escenario), hubo lugar y tiempo para esa pequeña reivindicación del cine realizado más allá del ombligo de Hollywood que es el Oscar al mejor filme de habla no inglesa. En pasadas ediciones la terna finalista en esta categoría despertó más de una suspicacia y no pocas críticas: A menudo, aquellas películas multipremiadas en festivales y mundialmente reconocidas como las mejores de su año eran sistemáticamente ignoradas, ya fuese por desconocimiento, por una desafortunada carambola en las votaciones preliminares, o incluso, dirán algunas malas lenguas, por no ser del agrado ideológico de algunos académicos… Hartos de protestas, y quizás conscientes de que se estaba devaluando el Oscar al filme foráneo, la Academia prometió reformar el sistema de voto en esta nominación en particular a partir del año pasado. Puede que lo hayan hecho, pero las críticas aún se dejan oír, y muchos no entienden que, por ejemplo, El tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas (Apitchapong Weerasethakul, 2010), ganadora de la palma de oro en el Festival de Cannes, ni siquiera esté entre las cinco finalistas. Sea como sea, a pocos sorprendió que, llegado el momento, la danesa Susanne Bier se alzara con el Oscar en esta categoría por su filme En un mundo mejor (2010), y los que apuntaron a ella en las quinielas tenían sobradas razones:

Para empezar, En un mundo mejor plantea un díptico de pretensiones humanistas que recoge algunos de los grandes temas de la sociedad actual y los planta en dos ambientes tan contrastados como pueden ser una localidad mediana de la Dinamarca más europea y lo que parece un campo de refugiados de alguna intestina guerra en el corazón de África. En estos ambientes se mueven los miembros de dos familias que arrastran sus heridas y sus carencias a través de las dos horas que dura el filme.

Por un lado tenemos a Anton, un cirujano sueco afincado en Dinamarca que pasa buena parte de su tiempo ejerciendo la profesión en África, donde ha tenido que presenciar auténticas salvajadas cometidas por grupos de paramilitares que él intenta solucionar desde su posición de médico blanco que convive con el horror y el hambre sin formar parte de éstos. Por el otro tenemos al hijo de Anton, el pequeño Elias, el mayor de un matrimonio divorciado que vive la mayor parte del tiempo con una madre con la que no se entiende y con un padre en África al que echa de menos. Elias tiene aún otro problema: En la escuela, en ese supuesto templo del saber primero situado en un páramo de civilización europea, el pequeño sufre esa cabronada que marca a fuego las relaciones sociales de todo niño y que los expertos llaman hoy en día bullying, o lo que es lo mismo acoso escolar, maltrato por el más bruto, condenada perversión de la ley del más fuerte traspasada a las aulas, llámenlo como quieran. Un día, a la complicada cotidianidad de Elias llega un niño nuevo, Christian, callado, endurecido por la muerte de su madre, cabreado con el mundo y en especial con su padre. Entre los dos niños se establece una relación de amistad que libera a Elias de sus acosadores y proporciona a Christian un compañero para su amarga soledad. Pero todos en esta película andan perdidos, y el extravío de Anton lo confrontará a sus principios éticos y deontológicos en tierras africanas, mientras que los dos chavales llevarán su amistad y su rabia a terribles consecuencias para ambas familias…

Con estos mimbres, puede que hace poco tiempo tuviéramos una más que destacable aportación del guionista Guillermo Arriaga, llevada a la pantalla con la contundencia habitual de Alejandro González Iñárritu, pero hace escasos años el tándem se rompió y cada uno tomó su rumbo, con desigual fortuna hasta el momento. Susanne Bier, experimentada directora danesa habituada al retrato íntimo de personajes marcados por el drama, muestra su asimilación de los mecanismos del cine de los anteriormente citados y logra el Oscar que a los dos mexicanos siempre se les escapó. Irónicamente, una de las principales rivales de la cinta ganadora era Biutiful (2010), primera incursión en solitario de González Iñárritu. –Ni contigo ni sin ti podría haberle dicho el director de Amores perros (2000) a su antiguo guionista… En fin. En cualquier caso, Bier traza un retrato de las dos familias, la de Christian y la de Elias, marcadas por la ausencia y por una cierta incapacidad a la hora de expresar su emociones que parece muy en boga en nuestra sociedad y que, no podemos obviarlo, es muy del agrado de los académicos. En un mundo mejor es capaz de congraciar el cine europeo con las audiencias más o menos masivas, y lo logra a través de una historia con potencial para emocionar y tocar hueso pero que en ocasiones se queda en una estética y confortable visión epidérmica de los problemas. El drama es evidente pero le falta contundencia, los traumas son reconocibles y asumibles pero no incomodan en exceso, la resolución, enmarcada en un tercer acto un poco blando, es satisfactoria pero le falta empaque. Todo funciona pero poco destaca, exceptuando unas notables interpretaciones (la escuela nórdica, sea contenida o desatada, es excelente) y un gusto en la realización que se centra en solo algunos tramos pero lo hace con delicadeza.

Susanne Bier es una buena realizadora, y su futuro en Europa o en Hollywood está bastante asegurado, pero todo en esta película parece confundir las inquietudes y las buenas intenciones de sus autores con lograr el mejor vehículo posible en la carrera hacia los Oscar. No es ajeno a ello el hecho de que la productora sea la potentísima Zentropa, comandada por Lars Von Trier, un director con tanto talento como olfato comercial, capaz de inventarse un estilo supuestamente revolucionario, el Dogma, para promocionar sus producciones y las de su generación. Zentropa, con la lección bien aprendida, es quizá consciente de que la legitimización de su política comercial a través del Oscar no vendrá de los productos del citado Von Trier, de Thomas Vinterberg o de Kristian Levring… No por el momento al menos. Su camino, el más rápido y también el más seguro, es a través del trabajo de Susanne Bier y de un guión pensado para destacar en la gala de los premios americanos. Una gala, no sé si lo había dicho, especialmente aburrida. Y no me malinterpreten, no pretendo decir que En un mundo mejor me parezca una mala película, ni que no haya sentido momentos de auténtica y vívida identificación con sus personajes y sus carencias afectivas. Algunas secuencias tienen poderío y el conjunto avanza con soltura e interés pese a desinflarse un poco hacia el final. Pero otra de las características que sumaban a favor en las quinielas es su parecido con El discurso del rey (Tom Hooper, 2010) la gran ganadora de la pasada edición de los Oscar; ambas funcionan, ambas tienen gracia y están más o menos bien hechas, pero también ambas están fabricadas pensando en los galardones, reproduciendo un esquema conocido y poco arriesgado. Puede que la cinta de Hooper les parezca mejor, puede que lo haga la de Bier, no lo sé. En cualquier caso, con semejantes mimbres, con este material y esta directora, ante la posibilidad de producir una excelente película europea que dejara huella en la audiencia, se ha optado por la consagración ante el Hollywood más indulgente. Y si ya no es posible conjugar estos elementos, cine con profundidad emotiva y con el reconocimiento de la Academia norteamericana, pues qué quieren que les diga, es una pena. Zentropa ya tiene su Oscar, la película hará su recorrido y todos los implicados se centrarán en otros proyectos, ojalá con más libertad de la que trasluce este filme. Otra vez será.

6,5

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