Crítica

Expediente Warren: El caso Enfield – James Wan

posted by Marc Muñoz 16 junio, 2016 0 comments
Víctimas de la gentrificación londinense

The Conjuring 2

James Wan se ha ganado una plaza privilegiada en el Hollywood actual. Con una carrera cimentada en el campo del terror, el malayo ha compaginado saga exitosas que alimentan cada dos o tres años las arcas de las majors, con cierto respaldo de la crítica que ve en él algo más que un cotizado mercenario al servicio de la industria.

Ahora vuelve a escena con la secuela de uno de sus trabajos más notorios, y que mayor comunión entre público y crítica acaudaló. Un Expediente Warren: The Conjuring que incidía en el terror posmoderno absorbiendo referentes clásicos (especialmente del cine de terror de los 70s), así como subgéneros diversos, para dar salida a un dispositivo inteligente, seductor y endiabladamente aterrador, con además, una despliegue en la puesta en escena impecable.

Con un referente prácticamente inalcanzable, Wan asume la responsabilidad de mantener el pulso de la saga Expediente Warren con esta secuela que gira alrededor de otro sonado caso en el que se vio involucrado el matrimonio Warren. En esta ocasión, al norte de Londres, donde una madre soltera cuida de sus cuatro hijos en una casa poseída por espíritus malignos.

El esquema es el mismo: fenomenos paranormales en casa encantada. Y el procedimiento es similar, pero sin alcanzar las cotas de la obra original. Aquí vuelve a expeditar su terror con ese maridaje entre el subgénero de casa de terror, el de la posesiones, y en última instancia, esa investigación que incumbe a la pareja de demonólogos, dejando como una de las patas de suspense la posibilidad de que todo el asunto sea una estafa programada por la familia afectada, una decisión argumental que le hace perder fuelle en lugar de añadírselo.

Pero es cuando se sumerge en el terror de casa encantada cuando recoge sus mejores frutos. Especialmente en el tramo inicial, cuando la tensión es suministrada en dosis controladas y espaciadas, a veces de recorrido sostenido, a veces arrastrada hasta desencadenar el grito profundo que emiten los personajes pero amortiguan los estómagos de los espectadores. De ahí que la deriva del film, prácticamente desde que los Warren se trasladan a la casa, y la película se recauchuta con el susto menos elaborado, el estruendo que te golpea en seco pero sin dejar estrías, y con las marcas más visibles del terror contemporáneo – diluye el clasicismo del relato con las irrupciones de los personajes de la monja y el gigante retorcido del zoetrope, elementos que te sustraen de la realidad angustiosa para llevarte a estadios más propios del fantástico colindante con el terror – no pueda acogerse más que como un paso en falso.

Otro inesperado contratiempo en esta secuela se da inesperadamente en su puesta en escena. A pesar de que el laborioso trabajo de cámara de Wan sigue brillando – en ocasiones incluso buscando en desmedida señalar su talento en este apartado – el recorrido del filme se ve afectado por las dimensiones de esa casa de la zona 3 de Londres. Lo limitado de sus paredes, en contraposición con el amplio escenario de la primera parte, en la que Wan sacaba punta a cada uno de sus rincones, aquí reduce no solo los tiros de cámara, sino la capacidad de Wan de extraer valor narrativo y terrorífico del espacio. Tampoco su ubicación en una barriada con vecinos, ayuda a golpear con el mayor efecto, pero su principal, y paradójico problema, es que en su voluntad de representar la realidad de esos hechos ocurridos a finales de la década de los 70’s, la película se ve atrapada por la escasez de movimientos escénicos y narrativos de ese reducido espacio en el que acontece toda su acción.

Pese a estas decisiones no del todo afortunadas, El caso Enfield sigue siendo una edificación elaborada con algunos de los mejores materiales del cine de terror de los 70’s (El exorcista, La profecía), con recursos manidos, pero planteados con frescura por su principal artífice, y que cumplirá con sus dos principales objetivos – aterrorizar al personal y sacar una tajada en taquilla considerable – aunque no pase a engrosar la lista de clásicos del género como lo hizo instantáneamente su predecesor.  

6,5


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