Crítica

Flic Story – Jacques Deray

posted by Manel Carrasco 10 abril, 2012 0 comments
El gato y el ratón

Flic Story

Bendita sea la gente de Avalon. Ya lo sé, dicho así suena a corporativismo barato, pero no lo es, y a los hechos me remito. Y los hechos son su catálogo que aún en tiempos de crisis no deja de ampliarse, siempre rescatando clásicos medio olvidados o apuestas de primer nivel. Si el DVD no muere, puede que sea también gracias a ideas como ésta.

“¿Y esto ahora a qué viene?” Se estará preguntando nuestro querido lector. Pues miren, puestos a recuperar títulos de calidad, celebramos como agua de mayo la aparición de una pequeña delicia para los amantes del mejor noir francés. Con la complicidad de Alain Delon, erigido alegremente en presencia obligada de toda muestra del género que se enorgullezca de su condición.

Al trapo: Flic Story (1975) recoge las memorias de Roger Borniche, un policía de la posguerra que persiguió durante 9 años a uno de los mayores criminales dela Francia del siglo XX. El clásico juego del ratón y el gato cobra cuerpo y profundidad bajo la forma de los dos protagonistas, Borniche y el asesino Émile Buisson, tan opuestos en sus caracteres que es inevitable que surja entre ellos una cierta forma de camaradería. El duelo entre Alain Delon y un inmenso Jean-Louis Trintignant está servido, aliñado por una colección de rateros y policías de barrio surgidos de las entrañas del París de 1947.

Un argumento así nos podría retrotraer a 80 años de producción de la Warner, a títulos del calado de Al rojo vivo (Raoul Walsh, 1949) o Heat (Michael Mann, 1995), pero a este lado del charco la cosa cambia. El cine francés ha levantado un género propio, a caballo entre la propia tradición cultural y las influencias literarias y cinematográficas de la gran superpotencia norteamericana. El polar incide en el retrato de los personajes y lo baña del carácter galo, de sus escenarios, de sus ritmos, de sus talantes y de la musicalidad específica de su idioma. A esto se suma que la mayor parte de la producción de su cine negro tiene lugar a partir de los 50 (cuando el equivalente americano se encuentra en plena agonía) y se impregna de la estética de las nuevas generaciones. Jean-Pierre Melville, José Giovanni, Henri-Georges Clouzot o Henri Verneuil cimentan las bases del género, no siempre con la aprobación de la Nouvelle Vague. Para el caso que nos ocupa, Jacques Deray no es ni por asomo uno de los mejor conocidos, pero Flic Story es su merecida punta de lanza.

Salpicado de elementos históricos, entre los que no falta algún guiño cinéfilo, Deray retrata una Francia convaleciente. Anegada en excombatientes, ladrones de poca monta, putas, camioneros y policías, pero aún con el recuerdo clavado de la ocupación nazi. Una Francia que intenta olvidar, herida desde dentro. El hexágono reprime sus fantasmas, y pese a sus años de delincuencia Buisson parece encarnar en ese momento el estallido violento y homicida de todos los traumas barridos bajo la alfombra. O puede que el que vea fantasmas sea yo, pero llama la atención la cantidad de referentes históricos que los guionistas van sembrando en todo el relato, como si fueran el marco de un espejo social en el que el asesino no es solo un elemento más, sino la conclusión lógica de un sentir colectivo, de un espíritu de estado.

Deray traza un retrato de las andanzas de Borniche y Buisson desprovisto de toda épica y más alejado de moralismos de lo que parece a primera vista. Todo asomo de histrionismo maniqueo queda neutralizado, sirviéndose de una sobriedad narrativa y formal tan impecable que acerca a Deray al Melville menos hermético. El trasfondo del criminal nunca se explicita. El espectador tiene tanto derecho como estímulos para trazar las líneas que faltan del dibujo del asesino múltiple en perpetua huida hacia adelante. La fascinación que despierta el personaje de Trintignant (entre James Cagney y John Dillinger) es una de las mejores bazas del relato y se exprime al máximo. Solo así se entiende que, cuando llegamos al clímax, la inquietante afinidad que sentimos por el antagonista se desboque en uno de los pocos momentos de auténtica intimidad, perfilado con elegancia al son de un piano. Paralelo a él, la evolución de Borniche es una pincelada contundente, expresada en un par de escenas suficientemente ambiguas, capaces de sugerir una transformación en la personalidad del policía que lo acerca un peldaño más a su Némesis. Alain Delon, también productor, abandona el tipo de papeles de lumpen trágico al que nos tenía habituados, y en su construcción del policía parece haber aprendido más de una cosa de Jean Gabin, uno de los compañeros de cartel más relevantes de toda su carrera.

En el diálogo entre ambos personajes encontramos el alimento de toda la trama, el efecto hipnótico que nos mantiene pegados a la silla ¿Qué mueve al asesino? Una suerte de temeridad anárquica bañada en sangre, que se contrapone a la ordenada y gris cotidianidad de un despacho policial. ¿Cómo vive el policía? Anquilosado en su silla, sometido a las exigencias de sus superiores. Borniche llega a envidiar al criminal, consciente de que es poco más que un funcionario empeñado en no servirse de la fuerza bruta para lograr sus objetivos. Uno y otro son algo más que caras de una misma moneda: son la representación de la naturaleza contradictoria del espectador medio. Ya en el cine de gángsteres clásico nuestras simpatías están con el que rompe las normas, con el que se opone a la ley, pero en todos los casos nuestra fascinación debe sosegarse en un final del relato que muestre la perdición del rebelde. Flic Story, como ejemplo de la evolución de un género, va un poco más allá. Aunque sea de modo velado, el delincuente se convierte en una figura trágica, más romántica que el aburrido policía, más empática pese a su extrema crueldad y a su evidente hermetismo. Hasta Bornichon parece consciente de ello, y aunque sus principios no son puestos en duda la atracción de los polos opuestos lo lleva a ver la frontera que delimita el territorio de la ley, aunque sea de lejos. Y de repente, palabras duras y descorazonadoras surgen del policía infatigable. Se abre una pequeña brecha que cuestiona todo un modelo. Él mismo reconoce, en una escena especialmente reveladora, que se da asco. Dinamita para la moral imperante. Atrapar al malo es la base de su trabajo, pero nadie dice que vaya a ser satisfactorio… si es que lo coge.

marco 75

 Flic Story está editada por Avalon y distribuida por Cameo


Leave a Comment

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.