Crítica

Foxcatcher – Bennett Miller

posted by Marc Muñoz 23 diciembre, 2014 0 comments
La insoportable levedad del hombre rico

Foxcatcher cartel

Tras acercarse al drama biográfico con  Capote (pasaporte con el que Philip Seymour Hoffman conseguiría el Oscar al mejor actor), y volcarse en el drama deportivo con Moneyball, el director estadounidense Bennett Miller transita ambos terrenos en su última tentativa. Un Foxcatcher, que como los ejemplos mencionados, y sin aún conocerse los nominados a los Oscar, presenta todos los números para ser una de las obras que acaparen flashes y estatuillas el próximo febrero en la gala que albergará el Dolby Theatre.

Con un background construido en el campo de la televisión y los videoclips, sorprende la acumulación de distinciones en forma de premios y nominaciones que amasa el neoyorquino teniendo en cuenta que su filmografía no sobrepasa las tres películas, cuatro si contamos el documental The Cruise de 1996. Sorprende, pero a la vez no del todo. Hasta la fecha Miller ha imprimido a su obra un estilo adscrito a un molde de corte académico muy afín al criterio de los académicos de Hollywood. Un pulso que denotaba falta de personalidad, temeroso ante el riesgo, y demasiado preocupado en ajustar sus obras a los cánones imperantes en el seno de la industria. Por ello, sorprende, y congratula, la nueva versión de Miller en Foxcatcher, donde aflora cierta personalidad como cineasta – probablemente de ahí su premio al mejor director en Cannes.

Sirviéndose de un material real: el millonario John Du Pont contrata a los hermanos Schultz, medallistas olímpicos, para que le ayuden a formar el equipo norteamericano de lucha libre que competirá por el metal dorado en las Olimpiadas de Seúl, Miller teje tres fascinantes retratos correspondidos por tres interpretaciones magníficas. Empezando por la de un Steve Carrell alejado de su registro cómico para dotar de vida a este poderoso personaje (Du Pont) que acapara buena atención del metraje.

Un carácter que personifica la decrepitud más terrorífica de las clases dirigentes del entonces y el ahora de los Estados Unidos. Un John Du Pont, que en la piel de Carrell, y bajo la óptica de Miller, representa a ese millonario extravagante, patriota enfermizo, solitario, aislado, incapaz de empatizar con lo demás, amparado siempre en los miles de 0 de sus cuentas corrientes,   y desconocedor e indiferente con lo que ocurre más allá de los límites físicos de sus propiedades. Si el dibujo no diera de por sí suficiente escalofrío, Carrell presenta una aparatosa caracterización (una napia con ayuda de prótesis) que aún lo presenta como un personaje más siniestro, pero a la vez, penoso y triste. Y es precisamente por esas dos cualidades, que Du Pont logra tender lazos emocionales con el espectador pese a las distancias obvias que separan la vida de él con la del común de los mortales. Seguramente ayudado por esa subtrama de complejo edípico, de un Du Pont intentando sobresalir a ojos de una firme, terca y controladora matriarca a quien interpreta con igual aplomo Vanessa Redgrave. Es quizá una salida simple y fácil a la personalidad de este carácter central, pero resulta útil a la hora de tender puentes de comprensión a su forma de actuar, y especialmente a sentir lástima por él. Quizás no resulte del todo oportuno hablar de los Simpsons, pero ver a Du Pont es como presenciar una versión en carne y hueso, quizás más tierna, del Sr. Burns de la serie de Matt Groening.

El film no se detiene absorto en ese valioso y complejo personaje, al contrario, Du Pont es el enlace perfecto para poner en conflicto la relación entre los dos hermanos luchadores. Un Mark con un temperamento imprevisible, depresivo, de vida errante, cuyas penas y males parecen tener su origen en una situación familiar complicada, y por haber estado siempre a la sombra de su hermano Dave. Mientras éste es el personaje honesto de la trama, el que vela por la familia y procura el bien y el entendimiento entre las partes. Y a la altura de la interpretación de Steve Carrell está un Channing Tatum que carga parte del peso dramático de la historia sobre su fibrado cuerpo, y un Mark Ruffalo, en un papel secundario, pero en el que vuelve a demostrar su talento actoral en un papel que en principio no le permite destacar como a los demás, pero en el que convence por igual o más.

Otra de las decisiones acertadas, y arriesgadas, que acomete Miller está el trazar carriles paralelos al drama deportivo, sin nunca acoplarse a ellos, pero si utilizando ciertas vías y entramados del género para revertirlos en favor de la historia y el lugar de los personajes en ella. En ese sentido, el film se presenta vaciado de la épica del triunfo. El deporte no es dibujado aquí como un espectáculo vistoso y adrenalítico, no hay ni un ápice de valor, de seducción ni de aprehensión en las secuencias deportivas. Para nada. La mirada de Miller es mucho más oscura, alejada de tópicos, lugares comunes y triunfos sobre la campana. Especialmente desgarrador resulta por ejemplo uno de los últimos planos de la película, cuando Mark participa en campeonatos de lucha libre no olímpica, y Miller los captura con un tono deprimente y grotesco que recuerda a El Luchador de Darren Aronofsky.

Una atmósfera apesadumbrada, grisácea y deprimente que se reproduce a lo largo de todo el metraje, cayendo como una losa sobre el carácter de los personajes, sus impulsos vitales, y sus sueños, pero cuya elaborada construcción (gracias al magnífico trabajo de fotografía de Greig Fraser ) termina por contagiar al espectador, incluso horas y días después del visionado, cuando el deprimente y solitario ambiente que rezuma la película sigue incrustado en el ánimo.

Con Foxcatcher parece que por fin vemos a un Bennet Miller liberado de las vestimentas más convencionales y aptas para el gran público para sumergirse en este elaborado, profundo y enigmático retrato de tres personajes que te persiguen una vez terminada la proyección. Miller es su principal responsable con una dirección de actores inmaculada, pero el mismo entusiasmo merece su trío protagonista y otros aspectos que intervienen en el largometraje, especialmente una fría fotografía que atrapa al espectador y lo sumerge en ese mundo desalmado, triste, solitario, y en el caso malsano, en el que viven recluidos algunos millonarios desnutridos de alma, y de contacto humano.

marco 75


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