Crítica

Frances Ha – Noah Baumbach

posted by Alberto Varet Pascual 1 agosto, 2013 0 comments
Una cuestión de puesta en escena

Frances Ha

Aunque unas estén filmadas en color y otras en blanco y negro, las imágenes de la última (y la mejor) película del neoyorquino Noah Baumbach y las de Mapa, de León Siminiani, cuentan con varios puntos de contacto: ambas relatan un periplo vital que lleva a su personaje principal lejos de su casa, incluso a otro continente, hasta que se da cuenta de que su hogar está en el espacio que siempre ha habitado. Las dos, también, elaboran una narración paralela imaginaria sobre la figura de una mujer querida. O, por poner otro ejemplo, tanto en una como en otra, cobra fuerza la presencia de un diario a modo de testimonio vital (si bien es cierto que en Mapa ésta es mucho más explícita). Sin embargo, y a diferencia de la cinta española, Frances Ha es un ejercicio de una precisión conmovedora y su agradecida ascendencia francesa no es tan solo un guiño cinéfilo fácil sino un elemento crucial dentro de una complejísima puesta en escena.

Podemos, entonces, decir que estamos ante un film de viajes; ante uno muy especial que tiene lugar en el ocaso de los 20, cuando los sueños de juventud se han hecho añicos, tu mejor amigo/a ha desertado, la soledad se ha hecho patente y las rutas ya no surgen por curiosidad o afición, sino por obligación. Así, Greta Gerwig (excelente en su papel, como todo el reparto) deja a un novio por voluntad propia para darse de bruces, a continuación, con una de las grandes decepciones de su vida. A partir de ahí, su existencia estará marcada por el vagabundeo forzado que la llevará a compartir piso en lo que se antoja como una decisión tardía que no fructificará, a regresar al nido familiar en un reencuentro imposible o a tratar de hallarse a sí misma en París para entender, en la conclusión, que su lugar siempre ha estado en un pequeño apartamento neoyorquino.

Un extravagante periplo que parece alimentar no sólo el trayecto de Frances sino, también, el del propio director quien desvela aquí, sin tapujos, las esencias de su obra, las cuales proceden tanto de la Nouvelle Vague francesa como de la tradición de los storytellers americanos, el underground neoyorkino y el mumblecore. Estamos, por tanto, ante un trabajo inmerso en el acto de contar historias pero que abraza una vertiente muy pulida, que brilla en su precisa escritura llena de diálogos chispeantes, y que se eleva en la reescritura con la cámara al mutar con las citadas tendencias para hacerlas palpitar bajo la superficie con la habilidad y el conocimiento de causa suficientes como para aislar cualquier homenaje de turno.

Así, resulta difícil no acordarse del Cassavetes de Shadows o del siempre inevitable (sobre todo en el cine urbano más hablador) Eric Rohmer. Por no hablar de Godard, presente en determinadas irrupciones musicales (aunque la más notable sea una evocación explícita a Mala sangre, del muy gordardiano Leos Carax), o de Truffaut, que se erige, sin duda, como la más marcada de las influencias tanto aquí como en la realización española (significativamente se escuchan algunas de las geniales melodías de Georges Delerue en ambas propuestas). Una mezcolanza notable, de una sugestión brutal, que, sin embargo, fluye con una agilidad y una frescura insólitas proporcionándole a la producción una estructura interna escurridiza muy alejada de la de Mapa, tan ortopédica que obligaba al film a mostrarse a trazos.

Porque Frances Ha es capaz de desplazarse sin obstrucción por su heterogéneo metraje como nada un pez en el agua mientras se abre ante nuestra mirada un elaborado universo surgido de la inspiración que una cinefilia, perfectamente asimilada, le ha brindado. Una cuestión, al fin y al cabo, de puesta en escena que, en un mundo perfecto, debería ser estudiada en todas las academias de cine.

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