Crítica

Ghost in the Shell – Rupert Sanders

posted by Alberto Varet Pascual 29 marzo, 2017 0 comments
Del montaje inexpresivo

Ghost in the shell

El arranque de la versión de acción real que Rupert Sanders ha hecho de Ghost in the Shell es aclaratorio de por dónde irán los tiros a lo largo del metraje. Se trata de la perfecta puesta a punto vía post-producción de los créditos iniciales del anime de 1995 mutilada, a continuación, por una conversación entre la doctora Ouelet (Juliette Binoche) y su superior con la insana intención de sobreexplicar y reducir a lo básico los significados del original. O sea, que la americanización de la obra maestra de Mamoru Oshii basculará entre los impresionantes efectos especiales capaces de recrear la imaginación japonesa y la banalización de ese hipercomplejo universo.

Para lo segundo, el guionista William Wheeler se empapa de lo que Ghost in the Shell ha dado de sí hasta la fecha (desde la cinta fundacional a la serie de televisión, pasando por Innocence) con el objetivo, a priori, de extender las posibilidades de un film al que la hora y diez de duración primigenia se le antojaba, por lo visto, corta. El resultado es un trabajo que parece diseñado para que respire el fan de capilla, aquel que reza para que el destrozo no sea mayúsculo, pues da la sensación de que el equipo al completo se ha esmerado para no decepcionar en su aproximación al mito, lo que no significa que haya logrado una buena película.

Porque Ghost in the Shell adolece del mayor mal del cine hollywoodiense actual: un montaje inexpresivo. Como si de los artistas que los precedieron se hubieran olvidado, el grueso de los autores de la industria americana actual no usa el ensamblaje para expresar, sino para hacer pasar lo más rápidamente posible una información que creen inútil. Acaso todo ello sea una consecuencia de lo insustancial de la mayoría de sus propuestas, pero lo cierto es que el montaje en Hollywood pasa la trilladora por cada escena, la despieza destrozando la continuidad de la misma, elimina cualquier atisbo de un ritmo interno (sobre todo cuando se intuye mínimamente contemplativo), le añade música electrónica para que pase el trago y se prepara para hacer lo mismo con la siguiente.

Así las cosas, la monotonía es la dominante de todo este cotarro, lo que nos lleva al tedio. La obra de Oshii nos introducía en un mundo donde los humanos y los cíborgs se anhelaban mutuamente, donde la comunicación y la incomunicación formaban parte de una misma moneda, donde la frontera entre lo real y lo virtual se había difuminado… desde su compleja puesta en escena, repleta de silencios, de pillow-shots hiperpoéticos (aquel plano cenital de la lluvia cayendo sobre el tanque), de miradas que decían sin decir (el paseo en barca de la protagonista) y de palabras que se escuchaban sin que unos labios se moviesen. Una sensación de extrañeza invadía las imágenes mecidas bajo los acordes de la inolvidable banda sonora de Kenji Kawai.

En esta ficción en acción real vemos algunos de aquellos rasgos. El problema es que, como pasara en la mediocre Ghost in the Shell: Innocence, no significan. Las escenas marchan una tras otra sin poder alzarse autónomas, lo que perjudica claramente a un conjunto marcado por una aburrida frialdad expositiva. Y hay conocimiento de causa, pero el guión fabricado a conciencia (demasiada, pues no dejan de vérsele algunas costuras) no deja de hacer que uno se pregunte si ha sido escrito para expandir el universo o para cubrir las dos horas de producción hollywoodiense de turno.

Visualmente es una gozada (este crítico recomienda verla en 3D), en lo que se antoja más un mérito de los muchachos de post-producción que de un director-oficinista bastante incapaz de cimentar espacios novedosos. Se echa de menos una mayor creatividad, presente en detalles como el reflejo en un charco de Scarlett Johansson sobre una azotea (un plano inventado que surge de una persecución del original) o el diseño de unas geishas en el ataque pre-créditos que mezcla con habilidad el producto de base con la serie e Innocence.

Poca cosa dentro de un film que juega (por desgracia) su mejor baza en la mímesis del patrón inicial, que lo mira con demasiado respeto como para serle fiel en espíritu y que acaba por hacer buena la máxima del nuevo Hollywood: los espacios en el cine ya no se generan para ser habitados, sino para ser mutilados en el montaje, pues no se privilegia la imagen real, sino la virtual procedente de una post-producción que funciona como mero barniz de aquella. Ghost in the Shell podría haber reflexionado acerca de esto en lugar de abandonarse a la complicidad. En ese caso, quizás, sí hubiéramos estado ante la película que muchos queríamos haber visto.


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