Crítica

Grupo 7 – Alberto Rodríguez

posted by Manel Carrasco 4 abril, 2012 0 comments
Punto de inflexión

Grupo 7

Hará cosa de varios lustros, servidor de ustedes contaba diez años y estaba en un cine de su ciudad natal viendo pasar los tráilers que precedían a la película de rigor. El caso es que soy absolutamente incapaz de recordar qué puñetas fui a ver, pero en cambio tengo grabado uno de los anuncios como si fuera la ballena blanca en los sueños del Capitán Ahab: Sevilla Connection (Jose Ramón Larraz, 1992) era una comedia de trasfondo policial escrita e interpretada por, ejem, Los Morancos. Cada uno hace lo que puede con los fantasmas de su infancia, mi psicólogo sabe un rato de eso, pero si os cuento este recuerdo es básicamente porque el único momento en que oí reír al conjunto de la sala fue cuando el título del producto apareció en pantalla. Normal. Se conoce que en la España de las Olimpiadas y la Expo títulos como Miami Connection o Los Ángeles Connection sonaban rematadamente bien; pero Sevilla Connection era de chiste, de chirigota gaditana y poco más. De algún modo, cualquier pretensión de trasladar los códigos del policíaco norteamericano a la España cañí, por contraste, no podía proporcionar nada serio. Un título así mandaba un mensaje bien claro: ¿Harry Callahan o Tubbs y Crockett entre toreros y manolas? ¿Comiendo callos y cocido? ¿Persiguiendo a los malos en un SEAT Ibiza? Venga ya. No podía ser. No entonces. Pero mira, veinte años más tarde, resulta que ahora sí se puede.

Esa es, al menos, una de las múltiples conclusiones que se pueden extraer del nuevo trabajo de Alberto Rodríguez. Grupo 7 (2012) sigue el día a día de cuatro policías en las cloacas más íntimas de la Sevilla que se prepara para la Expo. En los estertores de los 80, la ciudad que se despliega sigue amarada por el estigma de las peores drogas. En los barrios más calientes casi ningún agente de la ley se atreve a entrar, y el tráfico de heroína y cocaína amasa por igual fortunas y víctimas. Es un universo de cadáveres ambulantes, de arrabales de arquitectura franquista, de imágenes de santos y de policías enfangados en el mismo lodo que pretenden limpiar. En medio de todo este tinglado Ángel, Rafael, Joaquín y Miguel se mueven como pez en el agua, y las decisiones que van tomando moldean sus caracteres en una espiral que amenaza con saldarse más de una cuenta.

La propuesta ya es de por sí notoria. A las voces que se quejan de un cine español apolillado, anclado en la guerra civil o en la comedia costumbrista, deberíamos poder responderles con una batería de propuestas de jóvenes realizadores, y Grupo 7 hace méritos para ser una de ellas. Alberto Rodríguez hace años que se hace un lugar a medida entre los nombres más destacados del cine autóctono. A la inquietud de sus primeros trabajos se suma una puesta en escena y un dominio de la narrativa audiovisual que crecen título tras título. Para el caso que nos ocupa, la ambición de la propuesta ya es encomiable: construir una ficción policíaca ambientada en el sur de la península, con unos personajes como poco ambiguos, una ambientación que suene creíble y un ritmo que sobreviva a las elipsis temporales de una narración que se extiende durante cuatro años.

Se podría decir que una parte del recorrido ya está hecho, pero Rodríguez busca una voz propia que solo se hermana con la de Enrique Urbizu en el dibujo de los escenarios, en la verosimilitud de los personajes y sobretodo en la seriedad formal de la propuesta. El universo de la droga y sus estragos es habitual en la producción española, especialmente durante los 80, pero el cine de Eloy de la Iglesia o de las 27 horas (1986) de Montxo Armendáriz es producto de una época. Grupo 7 evoca aquellos tiempos, pero con la distancia de los años esa España se ha convertido en un marco, sugestivo y poderoso, que reproduce el latido de una sociedad en un punto de inflexión. Suena un poco iluso pretender que solo en aquella realidad cuatro policías pueden dictar su propia ley, violenta y arbitraria, pero más allá de determinadas consideraciones lo cierto es que Rodríguez consigue transmitirnos la luz y el sonido de un país para el que Europa aún suena un poco lejos, y los años 80 demasiado cerca. Sevilla es su espejo, un avispero en el que todos han visto las drogas de cerca, y en cada familia se cuenta alguna baja. Escenarios de chabolas, calles empedradas, fachadas de blanco y enrejados contra la luz del Mediterráneo.

El calor húmedo sofoca y atenaza a cuatro personajes inquietantes y empáticos, encarnados por actores en estado de gracia, jóvenes promesas y consagrados. Pocas veces en este año veremos un casting mejor ensamblado, con caras nuevas que se vuelven inolvidables. Mario Casas batalla contra el encasillamiento de la industria, obligado a recordar en cada entrevista que su carrera ya va mucho más allá del fenómeno teen catódico. Su nuevo trabajo aporta un argumento más que contundente: medirse en escena con Antonio De la Torre, y salir con la cabeza bien alta. Porque De la Torre es una bestia parda, un actor que eleva la contundencia a la categoría de puro arte. Pocos como él son capaces de expresar tanto con el poder del lenguaje corporal. Pocos como él recogen la mejor tradición del star system clásico. Pocos como él llenan la pantalla con su sola presencia. Nadie como él puede ser Antonio De la Torre.

Grupo 7 auna la construcción de personajes de The Shield (Shawn Ryan, 2002-2008) con algunos ecos del universo de The Wire (David Simon, 2002-2008), pero ni estamos en el medio televisivo ni en los Estados Unidos. Más cerca de la tradición europea, en cada secuencia del film emerge la L.627 (1997) con la que Bertrand Tavernier sentaba las bases de un cierto retrato policial, exhaustivo y veraz, propio del viejo continente. Aquí, como en el ejemplo francés, la trama sigue a los personajes en su cotidianidad viciada y agobiante, que se sedimenta continuamente sobre sus espaldas hasta lo insoportable. Inclemente, sin tregua, la narración nos reserva estallidos de violencia imprevisibles y momentos de una rara intimidad. La calma es una parte más de la tormenta, y todo aquél que se acerca a su centro debe escoger entre huir o ser arrastrado. Cada uno toma sus decisiones. Alberto Rodríguez los sigue a todos, y lo queda en la pantalla es el síntoma de un cambio. Una propuesta como Grupo 7 ya no provoca risas en la platea. Tampoco el sonrojo. Y todo gracias a la solvencia que demuestra. Compacta y sólida. La prueba de que ya somos capaces de llegar a buen puerto. No sé qué dirá la taquilla, pero algo queda claro: Las cosas han cambiado. Y para bien.

marco 75


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