Crítica

Heli – Amat Escalante

posted by Marc Muñoz 21 noviembre, 2013 0 comments
Tierra inerte

Heli

Forjado en el Centre d’Estudis Cinematogràfics de Catalunya (CECC), protegido y amigo de Carlos Reygadas (co-productor del film) , el barcelonés Amat Escalante recibió el pasado mayo uno de los máximos galardones a los que puede aspirar un cineasta, el premio al mejor director en el Festival de Cannes. Un reconocimiento que alcanza con una trayectoria breve, con apenas 3 películas a sus espaldas.

Se premiaba así la labor desempañada en Heli, su último filme que aterriza mañana en nuestras carteleras. Con ella, el director de Los bastardos, ha querido acercarse, en su máxima crudeza, a la violencia narco que asola parte del territorio mejicano. Y lo transmuta en una historia de tragedia y dolor, cuyo desencadenante es el amor naif y primerizo que surge entre la hermana pequeña de Heli (protagonista del relato)  y un joven adolescente en pruebas para entrar en las fuerzas especiales. Para llevar a cabo sus planes de fuga, que implica casarse y vivir sin la presión familiar, el chico decide robar un fardo de cocaína. Hecho que desencadena una serie de infortunios que terminarán por involucrar a Heli, y a  toda la familia, en el turbio y peligroso mundo de los narcos.

Con un estilo seco y abrupto, Escalante consigue atizar la mente del espectador mediante una representación cortante y visceral, rehuyendo del uso de filtros que suavicen los momentos de mayor crudeza. De hecho la película presenta varias secuencias escalofriantes, de esas que provocan un nudo en la garganta asfixiante. Una de las más atroces es aquella en que reproduce con detalle la tortura que llevan a cabo los narcos sobre los dos jóvenes, imágenes descarnadas, que al igual que ocurría con Kinatay de Brillante Mendoza, lo que más horroriza, no es tanto el ensañamiento sobre la piel o los órganos de las víctimas, sino la naturalidad con lo que esto se lleva a cabo por parte de los verdugos. En eso sentido, Escalante lleva el paroxismo la situación plantando la propia escena en el comedor de un hogar, donde unos chavales interrumpen su partida a la Wii para presenciar el juego macabro que practican los mayores, con la mirada cómplice de la madre de éstos. Una yuxtaposición entre la violencia ficticia (la recreada en el videojuego) y la real, y de cómo la paleta de emociones y sentimientos que aviva se mantiene inalterable de la una a la otra, para incredulidad y dolor del espectador.

De hecho esa secuencia se enmarca en uno de los temas más acertados y recurrentes que propone su director en su mirada al conflicto: lo cotidiano de la violencia, tanto en el lado narco, como en las corruptas fuerzas de élite y sus prácticas salvajes desde las fases de entrenamiento. Aunque no es el único, igual de interesante y valioso resulta el trabajo que ejerce en la composición de un paisaje desolado, seco y árido, representado como una losa insalvable para los personajes, dibujado como ese landscape capaz de extirpar cualquier atisbo de felicidad o sueño, que encrudece a la par las facciones del rostro y los sentimientos, y que al fin al cabo, se presenta como esa traba fronteriza (a nivel físico y a nivel conceptual) a la que la pareja adolescente pretende hacer frente con sus planes de evasión. Más estimulante resulta aún la secuencia con la que cierra la película, un derroche de discurso soterrado bajo líneas formales sobrias, elegantes, que desprenden afecto y cariño sobre los personajes juveniles que pueblan la historia, y que ponen de manifiesto el talento y el sentimiento refinado que el director es capaz de volcar sobre las imágenes.

Si bien es verdad que Escalante cumple con su función de sumergir al espectador en el infierno cotidiano, en esa lacra incrustada en una parte de la sociedad mejicana, mediante un tratamiento de corte realista, la película topa con una tara considerable en la dirección de actores. La cual resulta desmedida, de líneas gruesas, que descentra  la mirada aturdida del espectador.

Pequeños detalles de un director que le queda recorrido para pulir su estilo, pero que ya ha demostrado una solvencia envidiable en su puesta en escena, y poseer una mirada cargada de matices y valor que vuelca con toda intencionalidad en un discurso fílmico potente y que deja poso. Como demuestra esta pieza hiriente, salvaje, visceral, cuyos únicos brotes de belleza afloran de los mecanismos formales con los que se articula, y desde la humanidad y la pena que desprenden esos personajes con heridas que nunca cicatrizarán del todo. Un relato, que junto al excelente documental Narco Cultura, compone una tragedia en dos actos (uno desde la ficción, el otro desde la realidad) de la mancha sangrienta que asola Méjico, y más grave, su asimilación en los pilares resquebrajado de su sociedad.

marco 75

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