Crítica

Hereditary – Ari Aster

posted by Marc Muñoz 21 junio, 2018 0 comments
Los rincones oscuros de la familia

hereditary poster

Tras acumular loas a tutipleni en una premiere que dejó a Sundance tiritando, Hereditary rehuye encajar en ese producto a rebufo de la suerte cosechada en un festival de renombre como el que, por ejemplo, dirige Robert Redford. La creación de Ari Aster se eleva por encima de esas obras que podríamos llamar coyunturales (Get Out, por ejemplo), favorecidas por un contexto propicio, para colocarse como una de las claras vencedoras de la cosecha del género en 2018,  apuntando sin contemplaciones hacia el rango de nuevo clásico del terror.

Parabienes más que justificados para el debut de este joven realizador (también el guionista de su obra) que foguea la mente del espectador con algunas de las secuencias más devastadoras y estremecedoras vistas en varias temporadas, esas mismas en las que el terror ha ido recuperando respetabilidad fuera y dentro de la temporada de premios. Aunque valga aquí la primera aclaración, Hereditary no es un filme de terror puro, sino un drama familiar con demoledoras incursiones al género. Un filme que versa sobre la historia de una familia de clase media-alta norteamericana que, tras enterrar a la abuela, se ven golpeados por una cadena de sucesos de signo diabólico y fatídico para desesperación de una madre debatiéndose entre la cordura y la locura.

Porque lo que apuntala la cinta de Aster desde su arranque es ese trasunto familiar que sienta el pilar temático desde el que se adopta la carcasa del terror, permitiéndole alejarse de la cooperativa de artificios hollywoodiense (esa retahíla de sustos de efecto inmediato pero pasajero) para abrazar la creación de atmósferas inquietantes y turbadoras que se instalan con firmeza a la piel del espectador. Una sensación de angustia generalizada de la que es difícil desprenderse. Aster maneja esto hábilmente  a través de la impecable realización, el diseño de guion, la desasosegante banda sonora de Colin Stetson – brillante el uso aterrador que hace de un sencillo efecto de sonido (cloc)- , y especialmente, las espeluznantes secuencias que relampaguean con insistencia terminado incluso el visionado ( en concreto, tres de ellas) y las excelsas interpretaciones que saca del reparto: ese impagable hallazgo de casting (Milly Shapiro), pasando por el muy correcto Gabriel Byrne, a dos trabajos que deberían pujar fuerte en la temporada de premios; Alex Wolff en la piel de este adolescente torturado y sobrepasado por las más infernales situaciones, y una Toni Collette en el rol de una madre de intenciones dudosas, una ambigüedad del que el film saca gran tajada dramática.

Con todos estos elementos a su alcance, Aster controla una tensión asfixiante y perturbadora, cocinada a fuego lento, insinuándose desde todos los rincones de plano (incluso los desenfocados), convirtiendo así la espera del momento de “terror” en igual de desarmante, en lo espeluznante, que el propio acto en sí. Una anticipación del horror que arranca desde el propio travelling  inaugural hacia ese inquietante diorama y que encuentra su instante más aturdidor con el clímax del primer acto. Tras ese giro aplastante, el ritmo se vuelve a ralentizar para ajustarse de nuevo al corsé familiar y al misterio alrededor de esa herencia maldita de una familia arrastrada a lo siniestro y lo fatídico, descubriéndose al espectador mucho más fracturada y oscura de lo que se intuía.

Se ha hablado, y se hablará, de las referencias de la obra. El propio Aster no esconde su deuda con alguna de estas, pero siempre logra emancipar su criatura de la referencia o el homenaje para convertirlo en un producto duradero de un impacto sin fecha de caducidad para las  generaciones venideras. En ese diálogo con La semilla del diablo, El exorcista, El resplandor, Amenaza en la sombra, La profecía habría que añadir el cine de Bergman (Gritos y susurros), el de Haneke y el de Von Trier en cuanto a la modulación de un quiste, prácticamente un tumor, familiar como precipitación del conflicto dramático, aquí, de connotaciones satánicas.

Y precisamente en la ardua tarea de dar una explicación a los fenómenos paranormales presentados y a las extrañezas y tragedias volcadas en el cuerpo del espectador, Aster da una respuesta decente, muy al contrario del grueso de la producción de terror. Una respuesta satisfactoria que, sin embargo, quizá mantiene, en su modo explicativo, durante un tiempo excesivo en el tramo final .

Mínimas desviaciones (junto algún recurso reiterativo y algú plano risible), de una obra llamada a perdurar, tanto en su parcela dramática como en el raíl del drama demoledor sobre una familia descompuesta por secretos inquietantes e hirientes.  El traslado de este mal enquistado en la familia al cine de terror, tanto el más visceral (de nuevo esas tres secuencias grabadas a fuego), como al más psicológico que, poco a poco, a través de grandes hallazgos técnicos y de las sobresalientes interpretaciones, se clava en la epidermis de un espectador exudando en la butaca.

marco 75


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