Crítica

Història de la meva mort – Albert Serra

posted by Alberto Varet Pascual 5 noviembre, 2013 0 comments
Una corrida de toros invertida

Historia de la meva mort poster

Història de la meva mort es la película más importante que ha dado el cine español en los últimos treinta años. Y lo es tanto por sus logros meramente cinematográficos, donde Albert Serra se libera por fin de la sensación de ‘quiero y no puedo’ tan obvia en sus anteriores títulos; como por su implicación social/política, que dibuja un sugestivo y turbador panorama mundial, nacional y regional. Empecemos por lo primero.

La gran mayoría de los creadores actúan de dentro a fuera, es decir, parten de una idea o un pensamiento para generar una forma. Tan sólo unos pocos viajan en dirección contraria, componiendo primeramente unas imágenes que terminan encontrando su razón de ser en la conclusión. Jean-Luc Godard sería el puntal de este privilegio del continente sobre el contenido.

En este sentido, el mundo de Albert Serra transita ambos carriles. Por un lado tenemos toda esa idiosincrasia catalana, una peculiar representación de la amistad y los referentes literarios, como el núcleo de unas escenas que consiguen ser auténticas desde la conmovedora humildad de los personajes que las habitan y sus acciones, o desde el contacto entre el texto original y la mirada deforme del autor sobre el mismo.

Por otro están las decisiones meramente estéticas, situadas, por lo general, en exteriores (aunque inclinadas hacia los interiores recientemente), que parecen presentarse por su cuenta o haber sido descubiertas por alguien con mucha paciencia en el rodaje, y que modelan un determinado concepto mediante su propia acumulación. El arranque de Honor de cavalleria o prácticamente todo el metraje de El cant dels ocells, sustentado en una serie de planos muy largos de cariz pasoliniano y enmarcados cual retablos, serían unos paradigmas perfectos de esto.

Pero era precisamente ahí, en ese viaje de fuera a dentro, donde no acababan de carburar los anteriores títulos del de Banyoles. Y no lo hacían porque él se empeñaba en vaciar ese tránsito. Es decir, usaba una herramienta godardiana a la que le aplicaba una estrategia contemporánea de vaciado cortocircuitando su funcionamiento. Así, Honor de cavallería iba de menos a más, pues alcanzaba la entereza al reescribir ciertos pasajes del Quijote. Igualmente, El cant dels ocells sólo lucía músculo en los diálogos de los protagonistas, donde se hacía patente, a través del sentido del humor, una complicidad conmovedora que demostraba que levantar una película sobre unos personajes sin apenas historia, utilizando semejante modus operandi, era un error.

Este fallo, repetido en los dos trabajos, es enmendado  en Història de la meva mort, al actuar justo de modo contrario: no por sustracción sino por adición de temas. De esta manera, el director mezcla nociones muy diversas que encuentran una coherencia en el montaje-performance de sonido, imagen y formato a las que Serra las somete. Una compleja labor con la que el cineasta consigue finalmente lo que antes se le escapaba: que no haya ni un solo instante en toda la proyección en el que uno tenga la sensación de impostura.

El otro gran triunfo de la cinta reside en su matiz social/político, lo cual resulta chocante si tenemos en cuenta que al autor de Crespià le importa más bien poco todo lo relacionado con estos asuntos. Sin embargo, parece imposible decir que una pieza que empieza siendo culta y luminosa en los interiores, que se va perdiendo en su propia verborrea en un periplo fluvial, y que termina delirada en la oscuridad de un bosque, no sea política. Es un trayecto que, como otros títulos de este año (El desconocido del lago o Sólo Dios perdona, por poner un par de ejemplos), sugiere la existencia de un mal latente. Sin duda, una respuesta artística (consciente o inconsciente) al estado de desasosiego mundial en el que vivimos.

Pero en Història de la meva mort esta idea también funciona a un nivel nacional y regional, pues su metraje parece estar dibujando una deforme y opaca piel de toro que habitan tergiversadores aprovechados y engañados inocentes, incapaces de enfrentarse a sus terroríficos y despreciables pastores. A su vez, el recorrido del film hacia una tenebrosa animalización, su desplazamiento en pro de lo sensorial y en detrimento de lo racional, rima significativamente con una de las consignas más repetidas por el nacionalismo, tan de actualidad en España: lo nuestro es un sentimiento que los demás no pueden entender. Un privilegio de la pasión que es señalado por un catalán (muy puro, además) como una forma de suicidio.

Así, en una escena casi postrera, vemos cómo un grupo de personas está descuartizando una alimaña enorme. Si entendemos la película como un viaje de regresión o de involución, la insólita lucha que presenta este trabajo entre lo cerebral y lo irracional, con victoria para lo último, nos hace entender que esa bestia ha terminado tomando cuerpo y que las víctimas son los humanos. De hecho, la sangre de la fiera es reemplazada por la de un padre. La asombrosa estrategia podría leerse como una especie de corrida de toros invertida. Si en la tauromaquia el hombre tiene que lidiar lo salvaje (dominar el caos), aquí ocurre justo lo contrario: la anarquía se impone a la razón ante el desprecio hacia lo que, precisamente, nos hace humanos. Oscura y enorme, cual toro zaíno, la cinta termina por engullir a todos esos personajes perdidos en su desvarío emocional.

Con todo esto en mente, uno sólo puede pensar que a Dalí le habría subyugado Història de la meva mort. Del mismo modo, da la sensación de que un pasodoble en la recta final de la realización (Amparito Roca o Suspiros de España, por dar dos ejemplos) hubiera supuesto la guinda al pastel. No ha podido ser. Sin embargo, ya que estamos ante una obra-performance, Albert Serra podría incluir estas canciones justo antes de la proyección. Y el himno de España en la conclusión. Al genio de Figueras le entusiasmaría. Quizás no tanto a Joel Joan.

marco 9,5


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