Crítica

Interstellar – Christopher Nolan

posted by Marc Muñoz 26 noviembre, 2014 0 comments
Agujeros interestelares

interstellar cartel

La ciencia-ficción parece vivir un momento dulce en la cosecha cinematográfica anual. Tras Orígenes, la prodigiosa El congreso, y la sorprendente y admirable Coherence, le llega ahora el turno a la más ostentosa de ellas, el Interstellar de Christopher Nolan. Aunque la propuesta de Nolan queda más encarrilada en la sci-fi espacial, mismo terreno, aunque diferente orientación, que el satélite Gravity comandado por Alfonso Cuarón, que el año pasado estuvo a punto de impactar de lleno en la ceremonia de los Oscar – al final Doce años de esclavitud le arrebató el Oscar a la mejor película.

Si la intención de Cuarón con aquella era la de proponer un trayecto vertiginoso al abismo existencial, a través de la exploración física de las profundidades, angustiosas y asfixiantes, del espacio, la de Nolan pretende erigirse como un viaje intergaláctico hacia los límites del universo, y a su vez, material para predisponer la odisea personal de un padre al encuentro de una paternidad perdida en la relatividad del tiempo.

Si en Cuarón el impacto emocional salía reforzado por el prodigio técnico de su puesta en escena – esa metralla de la nave impactando en las retinas del espectador de forma casi literal, gracias al milagroso 3D  -, desprendiendo a sus personajes prácticamente del relato íntimo (más allá del breve y olvidable episodio de Sandra Bullock) para centrar la atención en la majestuosidad del viaje (el cine como espectáculo colosal), el anhelo de Nolan pasa por mezclar lo íntimo con lo metafísico, lo familiar con lo existencial, lo ordinario con lo extraordinario. Y eso resulta un material delicado, incluso para alguien como Christopher Nolan.

Un director que acumula los mismos detractores que adoradores, y en ese sentido, Interstellar no supondrá una tregua entre las partes. Porque el director de Memento sigue indagando en su voluntad grandilocuente, aparatosa y trascendente, y aunque la historia lo permite, al fin y al cabo, relata la aventura espacial de cuatro exploradores para salvar el destino de la humanidad, Nolan vuelve a recurrir a una forma poco honrada, a una emoción impostada, a esa falsa ilusión de gran cine que tanto le gusta subrayar a mi compañero Alberto Varet.

Y recurre a ella haciendo uso de los mismos mecanismos de los últimos largometrajes, con la clara voluntad de epatar al espectador con ellos. Sin bien diluye considerablemente el peso de ese montaje en paralelo que le permitía imprimir mayor velocidad y trasunto a sus clímax, no renuncia, sino más bien potencia, el estruendo con el sonido, ya sea a través de los subrayados musicales de la banda sonora de Hans Zimmer, o mediante esos atronadores efectos de sonido que pretenden impulsar el efecto de lo que las imágenes por si solas no evocan. No faltarán tampoco los clásicos giros de guión en las diferentes fases, en esta ocasión tan de cajón, en parte por las referencias a las que recurre, que el efecto queda reducido, o prácticamente anulado.

Si todo su dispositivo funcionaba en Origen y El caballero Oscuro, por citar sus dos películas más populares, al estar éste al servicio del espectáculo cinematográfico (entendido en su sentido más lúdico), que podía emocionar o no (ahí la disposición de cada espectador), pero que electrificaba su visionado sin mayor pretensión que la de destacarse como un genio técnico, aquí la diferencia radica que pretende revestir el discurso de trascendencia, apoyado por apuntes científicos, físico, y quizá lo que peor se filtra en su historia,  espirituales: el amor (paterno) como  combustible irrenunciable para salvaguardar la humanidad. Todo ese discurso late entre los fotogramas, y probablemente no jugaría en su contra, de no existir referencias que lo abordasen de manera más sublime, propia de los genios que las engendraron, estatus al que no creo que llegue nunca el inglés. Y me refiero tanto a El árbol de la vida como a 2001: una odisea en el espacio.

Con la primera comparte la dicotomía entre lo íntimo y lo metafísico, pero quedan distanciadas por la manera de insertarlo en el discurso y en la exposición formal. Mientras que con 2001, además de homenajear o plagiar (siempre difícil distinción), remite por su anhelo de trascendencia. Mientras que Kubrick componía el significado con la yuxtaposición calculada entre imagen, música y un poderoso discurso filo existencial, así como sus códigos intrínsecos, aquí Nolan pretende alcanzar el mismo nivel, pero en realidad lo suyo se encamina más a ensordecer el envoltorio que en presentar una base de significado sólida y elevada, por muchos apuntes científicos consistentes que aporte. Tampoco resulta equiparable el viaje intergaláctico propuesto por Kubrick casi 50 años atrás (aún me hago cruces del impacto que tuvo que suponer verlo por primera vez en una sala de cine) con el que propone Nolan.

Una vez más lo más valioso es la puesta en escena que plantea el director de El truco final.  Indiscutible resulta su habilidad para imprimir intensidad en ciertos parajes, especialmente los clímax de cada fase (el de Matthew McConaughey dejando atrás a su familia con los ojos vidriosos por esa carretera es brillante). De hecho son varias las secuencias, que desde  un punto de vista técnico, deslumbran, como la del personaje de Cooper (Matthew McConaughey)  atrapado en la quinta dimensión o el paso por el agujero negro, pero sí que se echa en falta una mayor virtud e inspiración en los aportes del diseño de la película: naves, trajes, artilugios, (algo más en la línea del diseño de los robots, por ejemplo), así como la configuración de los lugares que visitan, sin ir más lejos, la última estación recicla una idea vertida en Origen.

Aunque su principal traba sobresale cuando se ofusca en humanizar el relato, en llenarlo de sentimiento, muchas veces cursi… sino fuera por los grandes actores involucrados tanta presencia lacrimógena, acompañada de diálogos cargados de clichés, rozaría el ridículo. Otro signo de su obsesión por epatar a toda costa, mediante métodos poco honrados. Y puede que haya sido una sensación personal, pero viendo algunas de las escenas se tiene el impulso de verter alguna lágrima por unos personajes que, en los primeros parajes, no han tenido ni el tiempo para ganarse el aprecio para que eso ocurra, con lo que no queda otra que atribuirlo a la forma predeterminada con la que Nolan busca, encarecidamente, lograr ese efecto.

Si bien todo el fragmento en el espacio parece apoyarse en una base científica sólida, la que proporcionaron a todo el equipo de la película eminentes especialistas en la materia, no se puede decir lo mismo del universo emplazado en la Tierra, el familiar a nuestra existencia (choca ver a Michael Caine sobrepasando años sin sufrir alteraciones aparentes en su rostro, o que el personaje de Jessica Chastain sobreviva, se supone, una infinidad de años, hasta el punto de habitar en la nueva colonia de la tierra). Un guión que presenta varios flecos, o cómo mínimo, detalles difíciles de explicar. Como por ejemplo las motivaciones del personaje de Matt Damon: ¿por qué quiere matar a Cooper?, ¿de dónde salen tantas naves de repente en su fragmento? Pequeños agujeros de un guión que al procurar aportar consistencia a la vida en el espacio, descuida la verosimilitud de la realidad más familiar.

En resumidas cuentas Interstellar se construye como un trayecto intergaláctico poblado de virtudes y decepciones. A ratos fascinante, a ratos almibarada, pero desprovista de un engranaje emocional que fluya de forma natural a través de su historia y de los arcos de los personajes, en lugar de un mecanismo forzado mediante un continente elaborado pero sumamente intencionado. Y esto termina por dificultar el goce en todo su recorrido, ya que en lugar de volcarse en lo extraordinario, en el espectáculo total, pretende seguir la dialéctica entre lo íntimo y lo universal, y sacar una mezcla explosiva de su confrontación. Es precisamente esa descarada pretensión  de querer crear una obra maestra la que lastra su apreciación final.

6,5

 


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