Crítica

J. Edgar – Clint Eastwood

posted by Alberto Varet Pascual 23 enero, 2012 2 Comments
Una nueva madurez

J. Edgar

Clint Eastwood regresa como cada año a nuestras pantallas y lo hace con otro film cargado de la elegancia y la negrura habitual de sus últimos trabajos. En esta ocasión, el octogenario cineasta se atreve con un biopic de J. Edgar Hoover, fundador del FBI, en una película marcada por la lucha entre la Historia y la memoria, que se revela extraña y sugerente por la fricción producida entre los escuetos datos reales existentes sobre el personaje y la enorme cantidad de referencias que ha generado el mito.

J. Edgar, insinúa, en principio, ser una cinta desmitificadora a través de un relato sustentado en las memorias escritas por el propio Hoover. Una propuesta que encontrará un sensacional giro en el guión hacia el final del metraje que hará replantearse al espectador lo visto y oído. Una vuelta de tuerca en perfecta coherencia con el asombroso planteamiento cinematográfico del autor que viene a decirnos que todo intento de desmitificación termina por renovar y agrandar la leyenda.

Como en la película que la antecede, la subestimada y excelente Más allá de la vida, el cineasta norteamericano vuelve a recurrir al montaje paralelo, aunque esta vez a través de diversos flashbacks que relatan la juventud y madurez del protagonista (su vida íntima, su ascenso al poder de la Oficina Federal de Investigación), unidos a un presente (ya pasado) que le exhibe como un obsesivo anciano.

La maestría calmada de Eastwood se hace patente en su manera de exponer los hechos, en lo sutil de su puesta en escena, pero también en un aspecto que ya era notorio en su anterior trabajo: un suave deslizamiento, casi invisible, a través de las tramas. Si en Más allá de la vida esto sucedía en el retrato de una vida que abrazaba una muerte que no se deseaba amarga, sino dulce y etérea, aquí ese anhelo está íntimamente relacionado con una vejez que es testigo de un pasado en permanente cambio.

Y si en aquella cinta el autor del Sin Perdón fue capaz de no estrellarse al transformar un peligroso argumento sobre los males del mundo en una película acerca de cómo el cine y la literatura (el arte) deben poseer una mirada contemporánea, en ésta toma un texto predestinado a ser una sobada meditación sobre la paranoia y la guerra de prevención post 11-S para entregar, finalmente, una lúcida reflexión audiovisual acerca del poder del cinematógrafo a la hora de capturar, fijar y reconstruir la Historia, pero, también (y esto es lo fascinante) de crear y reinventar mitos.

En este sentido, es como si el director hubiera llegado a una especie de nueva madurez que le permite convertir un guión alejado de sus temáticas habituales en una tierra sobre la que abonar sus preocupaciones. Pero, ¿cómo logran sus imágenes imponerse sobre escritos tan discutibles como los de sus dos últimas obras? ¿Tiene que ver, acaso, con una verdadera libertad alcanzada ahora que ya no tiene nada que demostrar?

Si atendemos al flashback que vertebra su nueva película, encontramos algo realmente inquietante según se despliega. Crece y multiplica sus tramas de forma ejemplar mientras conocemos a los diversos personajes que habitan su historia, pero lo realmente atractivo es el nacimiento en su interior, casi sin ser notado, de un pequeño relato que parece contener la respuesta a las susodichas preguntas. Se trata de un misterio en torno a una tragedia infantil (uno de los grandes asuntos en la filmografía del americano) que articula la primera hora y media del film sin aparentarlo.

La sutil manera en la que Eastwood utiliza esa información de temática tan propia como mera cuestión secundaria para llevarse un material ajeno al terreno de sus inquietudes, luce como la clave para entender como este viejo sabio carga de sentido y de densidad las tenebrosas escenas de su producción de forma ‘invisible’.

Paradójicamente, la genialidad del cineasta es también la tara de la obra pues hacia la media hora final, el susodicho enigma es resuelto y la película pierde compacidad tornándose reiterativa. Una falla que aleja a la cinta de la grandiosa pieza que pudo llegar a ser pero que no evita que su director logre una personal recreación histórica bañada por su mirada. Que consiga un fascinante trabajo capaz de cartografiar un territorio lleno de espectros que pertenecen al pasado, a la historia reciente de un país que muta a raíz de las obsesiones del californiano.

 8


2 Comments

Marc Muñoz 23 enero, 2012 at 22:10

No comparto del todo tu entusiasmo con la película, Alberto. Coincido en la elegancia que atesora Eastwood para abordar la puesta en escena (resulta admirable la facilidad y naturalidad con la que salta por la línea temporal), pero también es verdad que hacía el tramo final la película flaquea un poco en ritmo y tono (se podría haber cortado 20 minutos sin que el núcleo argumental se viera damnificado). Y para mi fallan los fragmentos en que Hoover se acerca a su fin; debido a un maquillaje que resulta desacertado, y porque la gestualidad de los actores no está bien ejecutada. Pese a todo esto creo que estamos ante un interesante acercamiento a la críptica figura del director del FBI, y que denota que el último clásico del cine norteamericano aún mantiene el pulso para contarnos según que historias.

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Alberto Varet Pascual 23 enero, 2012 at 23:45

A mí el final se me hizo largo. Son unos 40 min. un poco chapas. Creo que en el momento que se soluciona esa trama de la que hablo en la crítica, la película pierde densidad y se hace repetitiva, pesada e, incluso, cae en el didactismo y la sensiblería. Es una pena porque a mí sí me parece magnífica su primera hora y media.
Por otro lado, estoy contigo en lo del maquillaje. ¿No era más fácil coger a dos actores viejunos? Es una pena porque no se les ve ni interpretar.
Pero tampoco me importa tanto el resultado final del film como el (llamémoslo) ‘Itinerario Eastwood’, es decir, el lugar en el que se encuentra hoy el cine de Clint, pues pienso que tampoco tiene ya nada que demostrar. Por eso coge guiones arriesgados, para encontrar nuevos retos. Ya no necesita hacer obras mayores como ‘Mystic River’ o ‘Million Dolar Baby’. Lo que no quiere decir que algún día vuelva a marcarse otra peli redonda.

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