Crítica

Joker – Todd Phillips

posted by Marc Muñoz 8 octubre, 2019 0 comments
¿La broma revolucionaria?

El Joker de Todd Phillips ha aterrizado en las salas con la estampa de artefacto incendiario: una película de peligroso visionado. Tal es el paroxismo de la alerta que en cines norteamericanos han puesto a policías a las salidas de los cines, temerosos de que la proyección incite a estallidos de violencia. Donde sí los hay, y casi a diario, es en Hong Kong, ciudad en la que este servidor disfrutó de la película sin advertencias ni refuerzos policiales.

Situación sintomática de los tiempos presentes y que queda imbricada en el discurso que formula Phillips en su obra, especialmente cuando esta alcanza una dimensión social cuyas imágenes evocan directamente a disturbios recientes o en presente continuo, y cuyo mensaje implícito parece ir dirigido a derribar convenciones, pero también los límites del humor, el sinsentido de lo políticamente correcto, y, en definitiva, un sistema en grietas. Aunque, a su vez, este mensaje subversivo, como ocurría con V de Vendetta, se formula desde una óptica paradójica y conformista, en definitiva, inserta y acomodada en una lógica de mercado: ¿es de verdad Joker una película de alto voltaje?, ¿no es su pretendido mensaje político y revolucionario parte de un engranaje marketiano como apuntaron Joseph Heath y Andrew Potter en su “Rebelarse vende”?, ¿No es quizá esa pretendida transgresión y radicalidad lo que convertirá la cinta en un taquillazo? Son preguntas que, como mínimo, abordan a quien escribe mientras desarrolla este texto.

Porque la película de Phillips no resulta ni tan revolucionaria, ni tan provocadora, ni tan agitadora como se hace creer. Es eso sí, un filme atípico, arriesgado en su planteamiento como en su desarrollo. Su arranque como relato de un perdedor maltratado por un entorno hostil, enquistado en las cepas empobrecidas de Gotham y traumatizado por un padre ausente y una madre que lo descuidó y permitió incluso abusos siendo este un niño, se entronca en una variable explotada por Hollywood en distintos géneros. La forja de una carácter diabólico y violento como consecuencia de un acoso hacia una víctima constante y alargado, inducido por un entorno social y personal despiadado, es algo ampliamente transitado por el cine. Sin embargo, el giro novedoso y atrevido (otros lo definirán como revolucionario) es ese componente de injusticia social, de indiferencia (esa falta de empatía a la que Joker alude en uno de sus parlamentos), de burla (el payaso humillado), en definitiva, de crítica hacia los valores neoliberales, lo que convierte al perdedor en villano, pero también lo que lo humaniza y hace despertar el factor empático con el espectador, e, incluso, en una última instancia, lo convierte en un líder involuntario de su tiempo; un símbolo de los tiempos del sinsentido.

La película se edifica así como la construcción de un personaje DC más profunda y detallada que exista. Lo hace a través de la construcción del villano por antonomasia, pero lo hace con una profundidad y relieve atípica en el universo superhéroe. Algo a lo que contribuye en sobremanera un pletórico Joaquin Phoenix acariciando el Oscar. El actor de En la cuerda floja es capaz, mediante el rostro, pero también con un angustioso e impresionante trabajo con el cuerpo, de causar una zozobra de sensaciones y emociones en el lapso de una escena. De la risa nerviosa e irritante al miedo, de la compasión a la pena y de nuevo al terror en cuestión de segundos, poniendo así de relieve el talento de un actor sin igual a día de hoyl.

También en la puesta en escena Joker apunta alto. A pesar de que Phillips no impulsa una mirada propia sino prestada de ese influyente (y político) cine de lo sesenta en que busca su reflejo (los paralelismos políticos cohesionan la apuesta), la película despliega con precisión el  termómetro atmosférico como caldo de cultivo de los impulsos nihilistas, destructores y de odio que avivarán la mutación de su protagonista. Es obvia así la principal referencia y comparación del filme, el Taxi Driver de Martin Scorsese. Ambos protagonistas comparten ese demencia canalizada en violencia en tiempos de crisis, políticos pérfidos, basura mediática y agitación social. Ambas siguen las evoluciones y metamorfosis de un anti-héroe.  De hecho, Phillips no esconde sus guías, y se marca no solo un homenaje a la más famosa escena de la película de Scorsese, sino que elige a Robert De Niro para un relevante papel que señala otros de los dos principales espejos temáticos y estéticos del film: Network y El rey de la comedia (de nuevo Scorsese). Así su trabajo es más un cuidado e intencionado patchwork del cine político y aguerrido de los setenta que la puesta en escena y realización de un director emancipado y con mirada propia. Algo que apenas repercute en una cinta cuyas principales bazas son la construcción del personaje central y su efecto en la dimensión social. Sí que se le puede discutir cierta simplicidad en el guion, en el desarrollo de algunas secuencias, en cierta reiteración innecesaria (esas secuencias que subrayan que lo visto con anterioridad era fruto de la mente enferma de su protagonista), así como ciertos diálogos que recuerdan la condición hollywoodiense de la cinta.

Nada que afecte especialmente un notorio filme, cuyo valor y trascendencia escapa las salas de cines al conectar no solo con el estado actual de las cosas y el humor indignado generalizado, sino por atreverse a modular una formulación nueva, o como mínimo, refrescante, no ya en el fatigoso campo del cine de superhéroes, sino en el procedente de Hollywood. ¿O acaso no resulta arriesgado (a día de hoy) una obra sobre el archienemigo de Batman sin efectos digitales ni explosiones, con tres sacudidas violentas crudas, un desarrollo pausado y bastante anticlimático, siempre dando preferencia a la construcción del personaje por encima del relato o la acción (mínima por otra parte) y centrando la cámara en la mente enfermiza de un personaje que inquieta, perturba, aterra, pero con el que el espectador termina lanzando un incómodo lazo de empatía? Solo por esto, se merece toda la caja que va a recaudar y las bendiciones (algo exageradas, todo sea dicho) que está acumulando. Un filme retorcido, perturbador, incómodo y provocador. Una anomalía surgida del corazón de Hollywood en estos tiempos de corrección política, he ahí, tristemente, lo revolucionario del asunto.

7


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