Crítica

Joven y bonita – François Ozon

posted by Alberto Varet Pascual 6 marzo, 2014 0 comments
La ambigüedad como un disfraz de las carencias

Joven y bonita

La cartelera languidece estos días y ni las reposiciones de las oscarizadas películas (sobrevaloradas todas) ni el aterrizaje de supuestos grandes filmes va a mejorar el panorama. Más que nada, porque lo que nos está llegando de los festivales importantes del año pasado es, verdaderamente, poca cosa.

El nuevo trabajo de François Ozon es un perfecto ejemplo de esto. Partiendo de un relato interesante (la decepción del amor en tiempos del sexo), Joven y bonita hace bueno aquello de que ‘el que mucho abarca poco aprieta’ al tratar de introducir dentro de una historia de iniciación una compleja trama de prostitución que se le queda enorme. Por si no fuera suficiente, el director divide la narración en cuatro partes que hace rimar con las estaciones del año (y los sentimientos inherentes a éstas) mientras motea ridículamente las transiciones con la música de Françoise Hardy.

Lo que construye aquí Ozon tiene un parcial parentesco con aquella tetralogía fantástica de Rohmer, con quien comparte igualmente un gusto por la confección de unas extrañas imágenes siempre basculantes entre lo simple y lo enrevesado. Ahora, el responsable de Ángel es bastante menos sabio que el de La rodilla de Clara y, lejos de dedicarle una obra a cada estación, concede, tan solo, veinte o veinticinco minutos a cada etapa, lo que condena irremediablemente el film a la superficialidad.

Una propuesta fallida que, no obstante, presenta un espléndido arranque en el que se enseñan, elegantemente y sin tapujos, algunos de los miedos y anhelos propios de la adolescencia como, por ejemplo, un cierto voyerismo, la extrañeza ante la apertura sexual de una hermana, las preguntas acerca del deseo que del físico imponente de ésta emanan, la primera relación carnal, la frustración que brota tras la colisión entre lo soñado y lo real… Unas reflexiones que surgen de una manera poética y original cuando la mirada se cuela a través de unos prismáticos o de una puerta entreabierta, o cuando es cegada por la oscuridad de la noche (antecedente del peligro y del placer desarrollados posteriormente) o por las hermosas luces de la feria de un pueblo.

Un comienzo notable que, desgraciadamente, no dura. Así, el tiempo de la narración nos arrastra hasta el otoño, donde somos testigos de cómo la protagonista siente la necesidad de abrir su sexualidad. Asidua a la pornografía, da la sensación (ya que nunca se explica del todo) de que los vídeos eróticos que visiona han generado en su memoria (y en la colectiva adolescente) unas determinadas ilusiones que su primer encuentro amoroso no logró satisfacer. Decepcionada, decide introducirse en el peligroso mundo de la prostitución (tras encontrarse a la salida del instituto con un siniestro adulto en lo que se antoja un torpe antecedente) en busca de lo sublime.

Hasta aquí la producción exhibe algunas taras (una escena espectral en la playa, el citado antecedente en el colegio…), pero son nimias. Es más, la narración es sutil e inteligente. Lamentablemente las alegrías pronto se evaporan, y la elegancia deja lugar a una carencia de matices que lastrará definitivamente la cinta. Y es que Ozon debió trabajar mejor los pasos entre los estados de ánimo, pues resulta patético ver como de una escena a otra la protagonista cruza del placer al llanto o de la sonrisa picarona a la lágrima sin pestañear. Son unos instantes que engloban, en principio, unos sentimientos elaborados en los que, sin embargo, no se aprecia una edificación acorde a esta complejidad. Tal es así que, cuando termina la película, uno no sabe muy bien si tener por hija a una prostituta es bueno o malo. Es como si la ambigüedad tan propia de las imágenes de Ozon hubiera sido trasladada al texto con fatales efectos.

Esta indeterminación no es momentánea, sino que va en aumento en el metraje hasta tocar cimas de lo infame en dos secuencias muy concretas. La primera tiene lugar en un encadenado, bañado memamente por una cursi canción de Hardy, en el que unos hombres adultos (y algún viejo) tienen sexo con la joven. La segunda sucede en una fiesta, dentro de una casa, en la que el director crea un ignorante catálogo de las miserias adolescentes.

El último de estos dos instantes citados pone de relieve algo que es una sospecha constante durante la proyección: que Joven y bonita es el film de un adulto que creer saberlo todo respecto a la adolescencia actual. Una mirada soberbia que trata inútilmente de desmitificar un rico universo cargado de detalles (más le hubiera valido a Ozon echarle un ojo a The Bling Ring de Sofia Coppola o a Paranoid Park de Gus Van Sant antes de abordar su trabajo). Quizás, el mayor pecado de esta producción.

Por tanto, podemos decir que estamos ante una pobre mirada acerca de los problemas juveniles de hoy en día. Lo malo es que tampoco nos encontramos ante una buena película erótica, pues sus escenas subidas de tono son de esas hechas ‘para todos los públicos’. Como en prácticamente toda la cinta, el autor juega aquí a la confusión al hacer bascular estos momentos íntimos entre lo explícito y lo sutil sin decantarse por ninguna de las dos formas. Un ejemplo de cobardía y de vejez cinematográfica en un tiempo en el que grandes artistas como Seidl o Malick, por decir uno de cada esquina, han demostrado que hay que elegir bando.

O sea que, sí, Joven y bonita es un film entretenido y rebosante de magnetismo en sus bipolares imágenes marca de la casa Ozon, pero su construcción, como dijo Joseph Conrad sobre la vida, no aguanta una mirada profunda. Y ya empieza a ser más que mosqueante la tendencia de tanto artesano de la imagen contemporánea de refugiarse en lo embarrado para, en teoría, entregar una realización luminosa. Spring Breakers, El caballero oscuro, Her, Bestias del sur salvaje o la obra que nos ocupa son excelentes modelos de esta falsaria actitud.

4,5


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