Crítica

Jurassic World – Colin Trevorrow

posted by Alberto Varet Pascual 25 junio, 2015 0 comments
Clonar para no inventar

Jurassic World

 

La escena inicial de Jurassic World es aclaratoria de lo que Colin Trevorrow ha perpetrado en su segundo largometraje. Allí, un bebé dinosaurio terrible hace aparición desde un huevo en lo que a) es una repetición de algo que ya vimos veinte años atrás y b) resulta un intento inútil por captar un determinado misterio ya que, más allá de la poca originalidad del instante, el tiempo no se dilata lo suficiente para que acabemos siendo parte de ese misterio. Se trata de las dos operaciones principales que articulan lo que se antoja un plagio sin vergüenza de ideas que rápidamente son mutiladas como quien coge algo y lo suelta para que no le llamen ladrón. Por eso, la tensión sexual entre los protagonistas es como un sucedáneo de lo que ocurría entre Laura Dern y Jeff Goldblum. Como lo son, igualmente, la desesperación del experto en dinosaurios, los gemidos de los dos hermanos que lo están pasando mal por la situación cercana al divorcio que atraviesan sus padres, la avaricia de la propietaria que sólo piensa en sí misma, la locura del malo y del traidor de turno o la aparición estelar del T-Rex. Porque en Jurassic World tenemos todo, absolutamente todo lo que ya teníamos en la primera entrega, aunque sin el carisma que ha hecho del film de Spielberg una cinta de culto.

Por tanto, el aburrimiento está garantizado. Qué decir, si no, de los treinta interminables minutos iniciales sobre la naturaleza del parque donde todo parece un barato déjà vu. ¿No habría sido mejor resolver todo esto con un plano secuencia de diez minutos quebrado, de repente, por el horror sin explicación? Pues, ésa es otra: ¿de verdad era necesario aclarar por qué los animales se escapan? ¿Tenía que existir de fondo una conspiración? Uno no pide una abstracción máxima, pero si todo eso ya lo vimos hace 20 años, ¿no hubiera sido mejor ir directos al grano?

Y es que estamos ante una película de un nivel cinematográfico paupérrimo. Y no hablamos sólo de un guión escrito de aquella manera (¿cuándo van los responsables del parque a enchufarle una bomba al corazón de esas máquinas de matar? ¿Sabiendo lo ocurrido en el pasado, nadie ideó un plan de emergencia para hacer que los bichos volasen en pedazos llegado el fatal momento?), sino de la inexistencia de secuencias que verdaderamente marquen, de la falta de originalidad en una planificación de academia, del anticarisma de los personajes y sus raquíticas motivaciones, de las patéticas interpretaciones, de los diálogos (serios o supuestamente divertidos, da igual) metidos con calzador y, muy especialmente, de un montaje parido con los pies que no puede transmitir ni ritmo ni emoción algunos. Así, las escenas son mutiladas y se agolpan sin sentido (los niños salen de un lugar y acto seguido allí están los adultos que los buscan), y la edición busca desesperadamente la cohesión a través de una banda sonora demencial de puro funcional (está claro que es difícil estar a la altura de John Williams, pero de ahí a esta desgana hay un trecho).

Los problemas con el raccord van también en esa línea. Memorable es, en este sentido, el instante en el que, de buenas a primeras, se ha hecho de noche para que el regreso del Rex a la gran pantalla tenga lugar bajo la luz de la luna, justo como hace veinte años, aunque, en esta ocasión, nuestro satélite sea más falso que un duro sevillano. Porque, cuidado, Jurassic World sí tiene en cuenta el poder de la nueva tecnología. De hecho, un holograma ha sustituido un antiguo esqueleto en el hall de entrada al parque. La fisicidad de entonces tornada en mentira digital. La pena es que los autores de esta pesadilla de juguete no se hayan parado a pensar que con semejante material podían haber inventado en lugar de clonar.

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