Crítica

Kinatay – Brillante Mendoza

posted by Marc Muñoz 20 agosto, 2011 0 comments
Caída al abismo

Nada hace presagiar en esas imágenes luminosas del bullicio de Manila, en las que se siguen los pasos de una joven pareja minutos antes de contraer matrimonio, que a la caída del sol, Brillante Mendoza lanzará al espectador hacía el abismo infernal de la mano de ese joven estudiante de criminología recién casado y la banda local por la que trabaja para ganarse un dinero extra.

A grandes rasgos este es el afluente narrativo, y el viaje emocional,  por la que navega Kinatay, premio a la mejor dirección en el festival de Cannes y en el de Sitges.

La cinta de Mendoza se despliega a su paso como un tortuoso descenso en picado hacía el infierno de la condición humana. El director filipino nos introduce en un mundo criminal nocturno, oculto en las luces de la ciudad, pero presente en cualquier mediana y gran ciudad, y lo explora a través de los ojos de ese joven estudiante de criminología, que como el espectador, se ve empujado por primera vez a un viaje desgarrador. Un trayecto que resulta agobiante desde el preciso momento que el joven se sube al asiento trasero de la furgoneta,  y que va adquiriendo envergadura dramática una vez recogen a la prostituta y se acercan a esa mugrienta casa de las afueras.

El acierto de Mendoza, y la razón por el que el filme sea indigestó, reside en ir poblando el metraje de pequeños elementos que van haciendo irrespirable esa furgoneta. Una atmósfera densa que logra mediante una fotografía granulada, con poca luz, y mediante el mínimo gesto y movimiento de unos personajes (los de la mafia local) que parecen actuar con la máxima normalidad. Una sensación agobiante, asfixiante y claustrofóbica que va aumentando a medida que el viaje avanza y llegamos a esa casa del horror.

Ahi Mendoza se regocija en el horror y el gore a tiempo real. No deja ni un mínimo respiro en forma de elipsis para que el espectador se recomponga. La atrocidad cobra espacio en el campo de visión de ese joven, y con ello, también es testigo el espectador. Somos testigos pasivos de un crimen salvaje, pero también del miedo, la pasividad y el aniquilamiento de un jóven que podría haber intentado la fuga, que podría mostrar despecho o condena hacía esos actos, pero que es incapaz dese el momento en que se sitúa en la oscuridad de ese asiento trasero de la furgoneta y es consciente de estar ante una prueba iniciática .A su vez Mendoza pone en evidencia algo más grave, y es la espontaneidad y naturalidad con la que esos personajes se mueven cometiendo tales atrocidades, como un acto mecánico sin mayor relevancia.

Igual, o más terrorífico, resulta ese plano final, en que volvemos a la ciudad diurna (y con ello el espectador respira en mucho tiempo), y vemos al joven ya en su casa limpiándose las manos y redescubriéndose el anillo de casado, en el fondo de la cocina la mujer y su hijo salen a su encuentro. Mendoza concluye así su película, igual de contundente cómo el paso del día a la noche. Pero lo que es peor, es que el espectador se lleva esa imagen, y con ella el terror de comprobar cómo el horror se instala con aparente normalidad y afabilidad en la cotidianeidad de una familia.

Con el brutal y extremo discurso de su director, y que subyace en las imágenes espeluznantes que pueblan el metraje, Kinatay no resulta un filme de fácil digestión para nada. No ayuda ni la dilatación con la que se nos cuenta el atroz crimen, ni el realismo sobrecogedor que logra con técnicas neorrealistas y mucha cámara en hombro siguiendo a los personajes. Es tal el sentimiento de agobio, la tensión vivida y el desprecio por los protagonistas, que uno abandona su visionado sin poder esclarecer una posición favorable o contraria hacía la propia obra. Es algo parecido a la sensación que dejan ciertas bombas incendiarias lanzadas a la platea por cineastas extremos e iconoclastas como Gaspar Noé o Michael Haneke.

6,5

Editada por Cameo en la colección Cahiers du Cinema


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