Crítica

Kingsman: El círculo de oro – Matthew Vaughn

posted by Marc Muñoz 21 septiembre, 2017 0 comments
El Bond hiperbólico

Kingsman: el circulo de oro

Orientado por el cómic homónimo de Dave Gibbons y Mark Millar, Matthew Vaughn exhaló una bocanada de aire fresco al cine de acción de cometida cómica con Kingsman: servicio secreto. Un filme que alteraba los códigos del cine de espionaje y el arquetipo del british gentleman – con James Bond a la cabeza pero también la serie Vengadores o Superagente 86 – para elaborar un producto acorde a las nuevas generaciones: parodia, cinismo, irreverencia, violencia agudizada y desatada, ritmo frenético, montaje acelerado y acción hiperbólica.

Una fórmula definida y resolutiva que han vuelto a usar en esta secuela que se presenta en los cines tres años después del arreón inicial. Kingsman: El círculo de oro plantea un argumento de escasa originalidad dentro del marco del cine de acción de espionaje: la destrucción de la base de operaciones de la agencia secreta obliga a los únicos supervivientes a cruzar el charco y unirse a la agencia homóloga norteamericana. Juntos lucharán por un enemigo común, una villana (Julianne Moore) recluida en un villa retropop en medio de la selva camboyana donde lleva a cabo un maléfico plan de alcance mundial.

Bajo este planteamiento argumental básico, suficiente para desplegar las verdaderas fortalezas de la película y la saga, se incorporan tímidas pullas a la política norteamericana, y se recupera el viejo y manido conflicto entre la cultura norteamericana y la británica; dos modos de vida, dos modales y tratos, dos morales que Vaughn contrapone e incluso incorpora como conflicto añadido con ingenio, no exento de cierto humor británico.

Y lo hace envalentonado por su capacidad de dotar al conjunto de su criatura de unos atributos superiores a la media de la actual producción hollywoodiense que se inscribe en el género de la acción. Si la película arranca con una espectacular escena que ni el palpable CGI hace desfallecer, no se queda corto con la frenética secuencia final. Vaughn se consolida así como un maestro de la planificación y ejecución de las escenas de acción, buscando siempre un ángulo poco usado, estimulando los resortes cinematográficos más comunes y más ajenos de esos instantes de aceleración del miocardio, y en general, primando ese factor sorpresa que sigue encontrando en el campo de batalla, tanto por el uso del espacio, las acciones desempeñadas en este como el continente empleado para capturarlas. En ese sentido, Kingsman: el círculo de oro presenta alguna de las escenas de acción más brillantes e intensas en tiempo.

Es una lástima, sin embargo, que las suministre en cuentagotas. El relato, durante la mayor parte de su desarrollo, se pega a un núcleo narrativo de escaso margen dramático. Pequeños giros, avances narrativos previsibles, y especialmente sucesión de cameos – algunos con cierta gracia, los de Elton John aumentan el sonómetro de las risas- y apariciones de actores de primer nivel que el director incorpora con gancho y golpe cómico. Sin embargo, todo este amplio y dilatado desarrollo para una historia que no da canje para recrearse en la narración queda entorpecido y ralentizado con la ausencia del motor principal del filme, la acción adrenalínica. Parece como que los guionistas se obcecaran en aportar mayor profundidad, y con ello, algo de pretensión a la trama, cuando uno de sus valores, es precisamente, la falta de esta, su aire desprejuiciado e irreverente.

Kingsman: el círculo de oro puede haber perdido algo de frescura, quizá su atrevimiento en el fondo y el contenido ya no resulta tan novedoso ni estimulante, y definitivamente, carga con un exceso de minutaje, pero por el otro lado, sigue siendo un reconfortante encuentro con el cine de acción de músculo, un aviso de la industria cinematográfica británica al Hollywood  (fábrica de clones) de que un divertimento puro y duro queda reforzado cuando se ejecuta con astucia, habilidad técnica y este atrevimiento que permite deslizarse por encima de esquemas prefijados. A excepción de Deadpool, cuesta encontrar un maridaje tan gustoso entre la acción y el humor de cariz irreverente. En esa batalla simbólica entre británicos y estadounidense que insinúa la película en algún paraje, Gran Bretaña se lleva la partida esta vez.


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