Crítica

Knight of Cups – Terrence Malick

posted by Alberto Varet Pascual 22 agosto, 2016 0 comments
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Knight of cups

La belleza está en el ojo del que mira, pero, ¿y si ya nadie mira? (Holy Motors)

Encuentra la luz que conociste en el Este de pequeño. La luna. Las estrellas. Ellas te sirven. Te guían en tu camino. Busca la luz en los ojos de los otros. La perla. (Knight of Cups)

Hasta ahora, sólo la película francesa Holy Motors había sido verdaderamente capaz de representar en cine un universo de la imagen hecho añicos por el que pulula perdido el hombre contemporáneo. Y decimos ‘hasta ahora’ porque Knight of Cups puede presumir, en exclusiva y desde ya, de jugar en esa misma liga. Dos cintas visionarias que, como tales, han tenido que soportar el desprecio de una crítica generalista demasiado pagada de sí misma en estos tiempos de juicio digital democratizado donde la incomprensión de un nuevo lenguaje es automáticamente catalogado de soberbia de autor. Pero, a diferencia de Leos Carax, Terrence Malick también ha recibido palos desde el seno de una opinión especializada acaso tendente a confundir sin rubor teología con militancia cristiana, ambición con pretensión, virtuosismo con amaneramiento y poesía con cursilería. Semejantes epítetos no han mellado, sin embargo, la originalidad ni la fuerza de la obra del tejano. Más bien todo lo contrario.

 

LA LUNA

La conclusión de El Árbol de la Vida fue tildada por muchos de anuncio de seguros y postal de monjitas, aunque Malick no hacía allí algo que no estuviera ya en el arranque del film: tomar un pasaje religioso como andamio narrativo sobre el que cimentar una experiencia cinematográfica que vaya más allá de un relato hecho añicos. De modo que la promesa de la resurrección de la carne y  El libro de Job funcionaban como los paréntesis necesarios para entender el conflicto interno del tramo intermedio, el más pulido y cálido de los tres, que no se levantaba alrededor de un texto ajeno, sino en torno a unas experiencias personales que bien podrían ser las de cualquiera de nosotros.

Contra toda ‘lógica’, el director no continuó por la senda más cómoda, la de la historia central, sino, precisamente, por la que marcaban los episodios más polémicos en lo que, seguramente, él sienta como un gesto ético. Así, y como bien explicaba Josh Timmermann en el extraordinario escrito Terrence Malick, Theologian: The Intimidating, Exhilarating Religiosity of ‘The Tree of Life’ and ‘To the Wonder’, su siguiente trabajo debía ser interpretado como una muy peculiar mirada a El Cantar de los Cantares, donde una inolvidable Olga Kurylenko daba cuerpo al personaje del original en sus paseos por el interior de un huerto a la vera del monte Saint Michel según clamaba su amor en off por Ben Affleck, en presente y pasado, masculino y femenino, ya que tanto se podía referir al amado como al amor, a Dios o a su alma (que vienen a ser lo mismo), con ecos, asimismo, de la arrolladora La noche oscura, de San Juan de la Cruz. La prueba irrefutable de que la presencia de la teología en el cine del responsable de La delgada línea roja se había hecho mayor en el transcurso del tiempo.

 

EL COLGADO

The Pilgrim’s Progress.
From this World to That Which is to Come,
Delivered Under the Similitude of a Dream.
Wherein is Discovered,
The Manner of His Setting Out,
His Dangerous Journey
And Safe Arrival at the Desired Country.

 

Al igual que To the Wonder, Knight of Cups no tiene relato. No hay una historia que contar, lo que obliga al autor a buscar un andamiaje narrativo nuevo, y resulta fascinante que esta información flotante en imágenes sea orquestada por un texto religioso. La función que desempeñaba El libro de Job en la Opus Magnum del de Días de Cielo, la ejecuta ahora El progreso del peregrino, de John Bunyan, vertebrando el recorrido de Rick (Christian Bale) de principio a fin en una arriesgadísima operación que lleva al protagonista a no soltar ni una sola palabra durante todo el metraje (sólo escuchamos su voz en over). Esta operación magnifica su ‘resbalar’ por un mundo/cultura de la imagen y clarifica a la vez lo que en el recorrido de Sean Penn en El Árbol de la Vida únicamente se podía intuir.

En este sentido, cabe señalar que es ésta la película que más y mejor nos sirve para entender tanto la reciente deriva tomada por el director como su personalísima compresión del universo en el que vivimos. Para él no hay conexión, porque no hay lenguaje. No hay palabra, porque ésta ha sufrido una corrupción similar a la de la ciudad de Los Ángeles, que ya no refleja un paraíso caído, como ocurría con los espacios de sus realizaciones anteriores, sino un lugar perdido de principio a fin en la ambigüedad de una imagen-Instagram que ha llevado a Rick a vender su alma, una variante muy interesante del héroe (o heroína) malickiano, pecador en la incomprensión del dolor.

 

EL ERMITAÑO

Once the soul
was perfect and had wings…
Brave.
it could soar into heaven
where only creatures with wings can be.
But the soul lost its wings
and fell to Earth.
There it took an earthly body.
And now, while it lives in this body,
no outward sign of wings can be seen.
Yet the roots of its wings are still there.
And the nature of wings is to try to raise
the earthbound body
and soar with it into heaven.

 

Porque no se trata en esta ocasión de pecar al tener el alma rota por el sufrimiento (como Marina en To the Wonder o los O’Brian en El Árbol de la Vida), sino de hacerlo tras perderla en la búsqueda de una cima material que nos aleja de la verdad. Un ligero cambio de ruta que descubre a Knight of Cups como la obra social y comprometida del autor de Malas tierras en su complejísima mirada al universo neocapitalista que Occidente ha orquestado en complicidad con los petrodólares árabes, formulados aquí en clave de exótica esencia oriental.

Un peligroso territorio que no le es ajeno a otros radicales y valientes creadores. Ahí está, por ejemplo, el último Miguel Gomes, dispuesto igualmente a desvelar el perverso encantamiento que ha sometido a la sociedad occidental contemporánea. O la poderosa estrategia de Apichatpong Weerashetakul en Cemetery of Splendour, donde se aleja de los sueños y la noche para centrarse en la diurna realidad, contenedora de una tragedia en estado latente. El ensueño en sendas películas es una llamada al despertar. Un signo cinematográfico de los tiempos del que también es partícipe un Malick que toma cual despertador una señal apocalíptica (un terremoto filmado de manera insólita).

Si las imágenes de Knight of Cups están construidas sobre lecturas religiosas, el gesto en cuestión se antoja perfecto para situar el comienzo de un desengaño que, como todos, será amargo: la caída de Rick es la de nuestra alma, perdida en su ambición materialista. ¿La esperanza?, un ángel (la misteriosa y sensual Isabel Lucas) que nos preste sus alas cual espejo donde reconocernos y recuperar nuestra identidad a expensas de los triunfos materiales conquistados en nuestra deriva.

El film entronca de este modo con la idea motriz del sublime final de Carol (Todd Haynes, 2015), donde Rooney Mara ya no daba cuerpo a un relato de iniciación, sino a la terrible figura del ángel desde el punto de vista laico que artistas como Rilke o Paul Klee tan bien retrataron. Un interés por la mitología de la alada criatura trazada desde perspectivas muy diversas que le lleva a Malick incluso a citar a Platón. Para que luego le caiga el sambenito de meapilas…

 

EL JUICIO

When we see a beautiful woman, or a man…
the soul remembers the beauty
it used to know in heaven.
And wings begin to spout,
and that makes the soul want to fly,
but it cannot yet.
It is still too weak.
So the man keeps staring up
into the sky like a young bird.
He has lost
all interest in the world…

 

El monólogo platónico proviene del Diario de un seductor, de Kierkegaard, cuyo personaje necesita, al igual que Rick, una continua excitación para sentirse vivo. De todos los textos leídos acerca de este asunto, es Kierkegaard in L.A., de Trevor Logan para la página CURATOR, el que me parece más hermoso y atinado. Allí se explica bellamente tanto la influencia del filósofo danés como la de otros autores del porte de San Agustín, Nabokov o Dante en la cinta. Un poso cultural bestial que irritará a muchos en su ignorancia mientras que disparará la capacidad crítica del resto, aún a sabiendas de que sólo podrán raspar la superficie (pues qué es hacer crítica de cine, sino la imposible labor de tratar de escrutar el alma de un artista).

Se podrá cuestionar, entonces, el hecho de que Malick ya no se dirija tanto a las emociones en su búsqueda del misterio como a la edificación de un discurso desde su profunda cultura, pero no su talento creativo ni su originalidad. Tampoco el trabajo en una edición que hace a las imágenes y al sonido entrar y salir de las escenas con una agilidad sin parangón que es capaz de generar una multitud de capas e ideas. Valga por ejemplo el arranque de la obra, que hibrida de manera alucinante el Exodus, de Wojciech Kilar, con fragmentos de El Himno de la perla, del Apóstol Judas Tomás. Sin relato, Malick monta su película sobre sus conocimientos literarios, filosóficos, teológicos, musicales y vitales, y la sostiene sin que se caiga una sola carta de este particular castillo de naipes tornado en monumental mirada a un universo capitalista que sigue sin aceptar su derrota en nuestra propia vanidad.

 

LA TORRE

Porque, aún con la que está cayendo, nuestra meta sigue siendo el ascenso material. Una ambición que no hace sino alejarnos de la verdad, como le ocurría a Jack O’Brian en El Árbol de la Vida. Su ascensor, recordemos, subía al comienzo del metraje para bajar en la conclusión, tras la revelación y la reconquista del espíritu. El capitalismo, que lo apremiaba a medrar, no hacía más que desdibujar su lugar como hombre entre nosotros, convirtiéndolo en un muerto en vida.

Algo similar le ocurre a Christian Bale en la realización que nos ocupa (‘Oh, Bill, morí… de otra manera’, le escuchamos pensar acerca de su hermano). El actor pulula por la ciudad cual títere mientras su alma peregrina por el desierto a la caza de un amor que la eleve (A QUEST, leemos en el póster). Su existencia está vacía (los ladrones se desesperan cuando intentan robarle). Los paisajes que transita también (las Vegas son un solar).  

Si las imágenes de Malick nacen quebradas, las de Knight of Cups, en particular, son tan traviesas y falsarias en su ambigüedad como un foto Instagram, que debe ser renovada cada semana en su limitado y corrompido significado. Una imagen perversa, capaz de portar a la vez, en su juego entre fondo y forma, riqueza y pobreza, elevación y bajeza. Ya no nos enamoramos de lo real, parece decirnos el director de El nuevo mundo, sino de este tipo de imágenes; y su mano maestra cincela bajo esta idea uno de los mejores personajes de su carrera: la mujer-imagen interpretada por una bellísima Freida Pinto que flota sobre la tierra a la que ha descendido desde uno de los carteles publicitarios de una noche angelina de textura digital.

Rick busca poseerla, pero es inútil. Sus gestos se evaporan, ya que no es real. Como no lo son tampoco esas inhabitables casas que parecen salidas de una revista de decoración. O la ciudad de Los Ángeles vista desde el mirador de un casoplón que no nos permite nada más que admirarla en la lejanía. Para encontrar vida hay que bajar al lodo. Para ver a Dios hay que humillarse. ‘La perla está en algún lugar en el fondo del mar’, nos señala la voz en off de un viejo relato paterno cuando creíamos haberla hallado en el ostentoso comedor de la mansión de Antonio Banderas. El recuerdo familiar desvela nuestra mirada y la posa sobre esos planos-llamada (fijos) de la playa que apuntalan un metraje rodado casi en su totalidad cámara en mano.

 

LA SUMA SACERDOTISA

Rick y Elizabeth (Natalie Portman) andan por el interior de un museo de arte contemporáneo. El encuadre les abandona para centrarse en la escultura de unos platos azules puestos unos sobre otros desafiando la ley de la gravedad. La cámara da vueltas a su alrededor antes de volver a los protagonistas, quienes trenzan sus manos frente a la imagen digital de unos dedos. ‘Have I found you? Can it be?’, piensa Rick. Un corte nos lleva a la sección de arte sacro del museo. La pregunta ha encontrado su respuesta.  

La perspectiva, nos dice Malick, la perdimos el día que glorificamos lo material: las magníficas carreteras angelinas no son más que un gran scalextric; la casa de diseño que habita Rick en medio del desierto, poco más que plástico. A través de su barrotes, cual prisionero, mira el hombre una libertad anhelada que lleva la forma de desierto, de conciencia de muerte y duro peregrinaje a la vida.

La conclusión de El Árbol de la Vida no nos hablaba, pues, únicamente de la promesa de Cristo, sino de un sentido, un rumbo que tomar en el mundo. Una búsqueda que es también la del autor, siempre dispuesto a poner su prestigio en cuarentena. Porque, como dijo Tarkovsky, ‘no es el arte para el artista, sino el artista para el arte’.

 

LA MUERTE

Fue Tarkovsky, asimismo, quien aseguró que el objetivo último del arte era preparar al hombre para la muerte. Ésta, como en el Tarot, no supone para Malick tanto un final en sí misma como el principio de una nueva etapa. La superación de todo dolor. La obra del tejano, un tipo de sensibilidad extrema tras el fallecimiento de su hermano, se bate el cobre en la desesperada puesta en imágenes de esta difícil asunción. El resultado es la creación de un lenguaje donde la repetición se alza a modo de único acceso a la verdad.

Trevor Logan comenta algo fascinante a propósito de esto: ‘El movimiento de repetición, de fe, comienza con el recuerdo. (…) La fe, lejos de ser una infantil, fideísta adherencia a las cosas que sabemos que no son verdad, es, en cambio, el poder de vivir, moverse y tener a nuestro ser completamente en el momento, ausente de la ansiedad causada al estar encerrado en la prisión del tiempo, donde cada momento se pierde para siempre. Mientras que el recuerdo rememora lo perdido, recordándonos nuestra eterna conciencia, la repetición es el movimiento de restauración y recapitulación: el retorno de lo que se ha perdido no sólo en la memoria, sino también en la realidad. La fe, y, por tanto, la repetición, es el movimiento de resurrección, la paz que llega cuando uno acepta lo finito, y el sufrimiento que de ello deriva, bajo la promesa de que todas las cosas se harán de nuevo. (…) Este movimiento tríptico -la experiencia de ahogarse en el mundo, la llamada a remontar el vuelo y el regreso al mundo– es la estructura kierkegaardiana de Knight of Cups‘.  

Malick, que desde La delgada línea roja ha fundamentado su cine en el corte sincopado de la escena cuando ésta se va a conformar y en la repetición cual herramienta de búsqueda de la verdad y de una cadencia poética, encuentra aquí una asombrosa manera de reformular su estilo. Lo que tenemos ante nuestros ojos se antoja nuevo incluso en su inimitable carrera. Como bien señala Carlos Losilla en su texto ¿Cansancio del lenguaje o lenguaje del cansancio?, su cinta ‘echa raíces en una gran tradición de la historia del cine moderno’, pero éste ‘ha llegado a poseer un estilo que no se parece a ningún otro’. Y continúa: ‘En una escena de Knight of Cups y, por ejemplo, otra de La noche, de Michelangelo Antonioni, puedo ver el lugar desde el que aparecen ciertos elementos. Por ejemplo, la idea del vagabundeo del personaje, llevada al límite por Malick (…) Desde el momento en que no existe el plano, en parte gracias a Lubezki, tampoco tienen sentido las delimitaciones temporales que suele establecer esa unidad de sentido, y por lo tanto todo está permitido: más que aparecer, las personas que han tenido importancia en la vida de Rick son convocadas por su propio pensamiento, por una voz over que las llama, o que simplemente las menciona, y allí se hacen presentes, sin importar el tiempo al que pertenecen’.

 

LIBERTAD

 

El agotamiento del lenguaje del que habla Losilla no es el final de todas las cosas. Muy al contrario, y como ocurre con cualquier crisis, es la etapa idónea para alzarse y empezar otra vez. Begin, escuchamos antes del corte a créditos. La conclusión es un comienzo. La conciencia de muerte, un primer paso hacia la libertad. Mirar lo que fuimos para (re)conocernos. Como Rick, que no deja de volver sobre su familia a la caza de unas viejas pisadas en la arena. O Malick, quien echa mano de sus experiencias personales cuando parece que se le va a ir a pique la catedral cinematográfica que ha construido en torno a imágenes-concepto e imágenes-metáfora en pleno duelo con la imagen-Instagram. Que su película jamás sucumba al oscuro poder de esta última (lo que le ocurre en parte al Nicolas Winding Refn de The Neon Demon con la imagen-Vogue) se antoja un triunfo mayor que le otorga a la producción una valiosísima perspectiva crítica sobre la naturaleza de los elementos que trabaja.

Como resultado, el universo capitalista retratado es fragmentario. Un montaña de escombros del ayer. Un fracaso, no obstante, impermeable a nuestras materialistas aspiraciones. Pero el responsable de obras como Días de cielo o La delgada línea roja no se rinde. Su cine de aventuras insiste en dar cuerpo a la odisea de unos peculiares héroes en busca de lo inefable, como empujados por una ingenuidad que los carga de valentía. Pueden ser niños o madres, bellas mujeres o tullidos. Él los filma a todos por igual, ya que Dios está en los ojos de cada uno de ellos de la misma forma. Recuerdo sentir rechazo ante el modo en el que To the Wonder mostraba a los desheredados del mundo durante mi primer visionado. Me parecía inmoral retratarlos así. Tras ver Knight of Cups entiendo que no hay otra vía para exhibirlos. Deben ser mostrados como el resto de personajes, pues sufren una pena similar al tratar de salvar su alma colapsada. Lo lees en su mirada, triste, mas esperanzada. En ella yace la perla, ésa que Rick debe buscar en el fondo de un océano que no deja de llamarlo. Que le obliga a dejar las alturas materialistas para descender hasta el punto más humilde de la Tierra: la playa, el espacio terrestre más bajo, el más elevado en espíritu. Allá donde Dios (el mar, dador de vida) le grita a Rick en silencio a través de los hermosos planos-llamada. La orilla, claro, es el paraíso. El paraje idóneo para volver a ser. Para resucitar, como en El Árbol de la Vida.

Begin.

marco-10


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