Crítica

La alta sociedad – Bruno Dumont

posted by Alberto Varet Pascual 22 abril, 2017 0 comments
Ideas aisladas

La alta sociedad

Siguen llegando a nuestra cartelera las películas mejor valoradas del pasado Festival de Cannes… y continúan las decepciones. Tras Paterson y Aquarious, La alta sociedad (Ma Loute), lo nuevo de Bruno Dumont, supone otro bluff que nos hace pensar que, al final, las denostadas Personal Shopper y The Neon Demon se encontraban entre lo más destacable de aquel evento.

La obra que nos ocupa sitúa la acción en una costa francesa en 1910, a cuatro años del estallido de la Primera Guerra Mundial, cuando la alta sociedad vivía inmersa en su burbuja de felicidad mientras algo bullía bajo las apariencias de la Belle Époque. Estos personajes adinerados miran con repelente curiosidad a las clases trabajadoras del lugar (como si fueran habitantes colonizados), que resultan ser seres grotescos que practican el canibalismo.

Con semejante material, uno puede pensar lo mejor de un cineasta con una inmensa facilidad para trabajar los rostros de los actores en consonancia con un duro paisaje. Además, el punto cómico (que ya abordó en P’tit Quinquin) le podría servir para obtener una distancia irónica con la que alejarse del vulgar maniqueísmo. Unas ilusiones que, desgraciadamente, se desvanecerán pronto.

Porque Dumont no es capaz de controlar en absoluto el tono grotesco que empapa su obra. Muchos de sus personajes devienen caricaturas a las que los actores no pueden insuflar ni un gramo de verdad, especialmente aquel al que da vida una penosa Juliette Binoche que demuestra que vivió hace treinta años mejores tiempos. A las ideas se las ve venir en la escritura de un ejercicio inobjetablemente ortopédico. Así, las actitudes de los ricos en plan ‘a Dios rogando con el mazo dando’ en el citado ambiente pre-bélico o sus ingenuos juegos en la costa con los vehículos del momento se antojan acciones aisladas incapaces de cristalizar en un discurso pleno.

Por otro lado, no olvidemos que estamos ante una comedia. Se podrá venir con el cuento del post-humor, pero lo cierto es que aquí, ni reír, ni llorar. No se genera suficiente ritmo interno a través de la extrañeza que desprenden las imágenes. Tampoco se puede decir que el discurso acerca de la situación de Europa por aquel tiempo obtenga el cuerpo o la complejidad deseados, aunque exista una cierta fuerza en la puesta en escena.

Una fuerza que demuestra el gran creador de formas que es Bruno Dumont: su uso del espacio es loable, así como el de los silencios y las miradas, o su manera de filmar un rostro. Por ello, acaso, lo mejor del film yazca en esa historia de amor prohibido entre dos personajes separados por una cuestión no sólo económica, sino también social: es imposible que alguien condenado al canibalismo pueda hacer vida con la clase que, de algún modo, le ha forzado a ello. En esa lucha de clases, mostrada desde una cuestión de género, está lo más notable de un film complejo en sus ideas pero con lagunas en su elaboración formal.

Porque La alta sociedad hace buena la frase aquella de Maurice Maeterlinck que decía que ‘tener ideas es un Paraíso, pero elaborarlas es un infierno’. El material de partida es fascinante y el talento de Dumont no se discute (no cesa jamás esa sensación de banalidad frente al horror que surge de la relación entre rostro y paisaje tan habitual en la filmografía del director), pero nada acaba de funcionar del todo. El humor hace aguas; las acciones de los personajes, a excepción de las de los más protagónicos, no implican demasiado (a veces nada) a nivel narrativo, poético o emocional; y las ideas, aún siendo buenas, no dejan de verse venir en su escritura (como esa distancia que se vertebra entre la imagen del policía gordo rodando al principio del film y volando hacia su conclusión), lo que propicia la imposibilidad de generación de un discurso pleno a través de la puesta en escena.

4,5

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