Crítica

La ciudad de la estrellas (La La Land) – Damien Chazelle

posted by Alberto Varet Pascual 10 enero, 2017 3 Comments
El agujero negro hollywoodiense

La la land

La La Land puede leerse como un pulso sensacional entre la película que un autor quiere hacer y la que unos estudios sueñan con distribuir. Por un lado, tenemos un diálogo asombroso entre el cine de Jacques Demy y el de Nicholas Ray que difícilmente nos imaginamos dentro de los cálculos de un productor de Los Ángeles. Por otro, la obra no deja de apelar falsa y tímidamente a una nostalgia por el musical clásico americano que sí entraría de lleno en los deseos de la maquinaria hollywoodiense. La pregunta entonces es si todo lo que vemos en este trabajo le pertenece a Damien Chazelle o si por el contrario tuvo que asumir ciertas debilidades autorales para poner imágenes a su encantador film.

El crítico de Indiewire Eric Kohn atinó al comentar que La La Land  atrapa la alegría de aquellos musicales clásicos pero no su grandeza. Efectivamente, el acercamiento a esas realizaciones existe sólo desde la superficie (los números de baile son pobres). Y lo hace en dos direcciones: la invitación a cantar, soñar y danzar de gente normal (como Gene Kelly) y el virtuosismo formal de un director que, acaso, está más dispuesto a evocar el polvo que dejaron aquellas estrellas en el tiempo que su intensidad dramática. De hecho, el responsable de Whiplash no parece tan pendiente del referente cinematográfico a la hora de generar imágenes como de su gran amor, el jazz, que juega una partida decisiva tanto en la ligereza formal de la obra como en una más que discutible variación final que se antoja más pegada (de nuevo) a los designios de un productor que de un autor.

Por tanto es el jazz y no el Hollywood clásico el que mueve el espíritu de una película que, sin embargo, sí desvela una filiación cinematográfica sorprendente que liga, como dijimos al principio, a Jacques Demy con Nicholas Ray. Es ahí donde se gestan las escenas más conmovedoras de un film en verdad extraño: tan dulce y ágil por fuera como melancólico y emocionante en un interior que parece vertebrado alrededor del potencial romántico de Johnny Guitar.

Si la imposible dualidad entre una belleza externa y una tristeza interna nos lleva a Demy y, en especial, a Los paraguas de Cherburgo (el eco es tan claro como poderoso hacia la conclusión del metraje), la emotiva y delicada corriente subterránea evoca en sus tonos (los verdes oscuros del comedor), su romanticismo (la erosión que provoca el tiempo en las emociones) y su musicalidad (la canción principal comienza de manera muy similar a como lo hacía la de Sterling Hayden) a aquella historia de amor que sólo existía en el recuerdo de los amantes de Johnny Guitar.

Damien Chazelle se apropia con extrema lucidez de aquel romance de Ray donde dos fuera de la ley estaban obligados a cruzar una cascada para dejar atrás un universo de violencia generado por su odio, lo que les permitía regresar al mundo en el que la música existe, allí donde los enamorados cantan canciones. La cinta da cuerpo a aquella memoria feliz y la ampara bajo un dispositivo demyano en lo que se antoja como uno de los gestos cinematográficos más fascinantes del último año.

La La Land reivindica así la modernidad de estos dos autores dentro de un film sobre el Hollywood clásico. Toda una declaración de intenciones que no oculta tampoco una clara servidumbre con la maquinaria hollywoodiense ni una incoherencia clamorosa en su esclavitud: el cine de Jacques Demy construía un potentísimo discurso en torno a la dualidad felicidad/tristeza al embellecer desde las sensaciones de los personajes ciudades tan feas como Cherburgo. ¿Qué pinta entonces esta obra situada en Los Ángeles?

La respuesta es clara: fuera de la ciudad angelina no se podría haber hecho un musical alrededor del género musical para un público mayoritario. Chazelle, significativa e hipócritamente, se sitúa en la línea del protagonista (un outsider con vocación de llegar a unos pocos) mientras levanta acta de la oquedad hollywoodiense. El problema es que este agujero negro no puede sino engullir gran parte del poder de la puesta en escena del film: La La Land no es tan buena como dicen porque el espacio sobre el que se construyen las citadas emociones no significa casi nada a ningún nivel (social, político, material, espiritual…), lo que le resta una brutal densidad a una película, por lo demás, tan ligera como melancólica, tan disfrutable como romántica.

marco 75


3 Comments

Marc Muñoz 10 enero, 2017 at 10:06

Es fabulosa. De lo mejorcito que ha entregado Hollywood en esta década. Una actualización del musical esplendorosa. Los números musicales pueden ser regulares, que ni tanto ella ni como él se les da demasiado bien el baile y el cante, bien. Pero para mí es lo de menos en un film que recupera una emocionalidad perdida. Nos quejamos del producto que entrega Hollywood a las masas, pero cuando hay uno que recupera un cierto sabor añejo también lo menospreciamos. Entiendo que no gusten las concesiones que hace Chazelle en la película, pero es suficientemente inteligente para justificarlas con una capa de autoreferencialidad, que no solo apunta sobre este fin de ciclo en el cine y en la música (para él van de la mano) , sino también sobre el papel que ejerce una película como la suya en esta crisis global de valores. Me encanta también su mensaje de que en estos tiempos, los sueños (especialmente la concepción romántica vendida por Hollywood), solo tienen cabida en una pantalla de cine.

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Alberto Varet Pascual 10 enero, 2017 at 21:34

A mí lo de los sueños me da un poco de yuyu, porque pienso que son tiempos de poner los pies en la tierra y encontrar soluciones reales a problemas reales. Hollywood muy frecuentemente ha sido relacionado con una mentira (Knight of Cups) o una pesadilla (Mulholland Drive). Aquí no tiene un peso específico. Poner cafés se ve que es malo dependiendo de a quién se los sirvas. Está claro que hay cosas sociales, pero el acercamiento es tímido y el espacio no implica prácticamente nada ni en este sentido ni en el del referente del musical americano. Pero negar que hay algo poderoso bajo el virtuosismo del director es engañarse. Jonathan Rosenbaum la compara con Too Late Blues de Cassavetes. No deja de ser fascinante.

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Marc Muñoz 12 enero, 2017 at 23:40

No digo que no, pero encuentro logrado que enfatice esa idea de que el romanticismo como lo entendía el Hollywood clásico no es que haya quedado caduco, sino que no tiene lugar en nuestros días, quizá por una crisis de fe, por una crisis de valores, por una pérdida de inocencia, u otros, no lo sé la verdad, pero me gusta que un producto de estas características haga esa reflexión, a través de ese final vibrante, sobre la imposibilidad de reproducir esos modelos y códigos en la actualidad, o al menos, en cierto tipo de cine donde se inscribe la propia película.

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