Crítica

La decisión – Mohamed Al Daradji

posted by Sebastián Blanco Portals 28 noviembre, 2018 0 comments
El pueblo iraquí en tierra de nadie

La decisión

La nueva película del director Mohamed Al Daradji, rodada íntegramente en Bagdad, es un relato moral enmarcado en plena ocupación de Irak, y ha sido elegida candidata para representar a su país en los próximos premios Oscar.

El 30 de diciembre de 2006 se celebra la reapertura de la estación de tren de Bagdad, coincidiendo con el primer día de la celebración del Edi al-Adha. Sara (Zahraa Ghandour) entra en el recinto con un artefacto explosivo pegado a su abdomen, dispuesta a cometer un atentado suicida. Allí se encuentra, entre otros muchos personajes que asisten al evento, con Salam (Ameer Jabarah), un vendedor que trata de seducirla y que termina convirtiéndose en su rehén. A partir de ese momento, el conflicto moral de la joven terrorista se acentúa a un ritmo imparable.

Concentrando toda la acción en un único espacio, la estación de tren, y un momento concreto, la celebración de una de las festividades más importantes del Islam, Al Daradji logra dibujar a través de la mirada de su protagonista un esbozo de la sociedad iraquí del momento. En esta ratonera, inminente escenario de una masacre, caben todos: la pareja que discute, la madre soltera que huye con su bebé, la joven novia que no se quiere casar, los niños huérfanos que venden flores y tabaco, el padre que va a enterrar a su hijo… Todos los personajes representan distintas caras de las consecuencias de la guerra. Aun siendo una película fuertemente definida por su personaje principal, al que seguimos de principio a fin, es precisamente en esta amalgama de pequeños papeles perfectamente escogidos donde radica sin duda uno de los puntos fuertes de la película.

Otro de los mayores aciertos del film es su reparto. La actriz protagonista logra algo complicadísimo: emociona incluso en los planos iniciales de la película, cuando su personaje todavía se muestra deshumanizado e insensible. Desde el primer momento que aparece en pantalla, el espectador es capaz de adivinar el nerviosismo detrás de su mirada, y en apenas unos minutos se hace dueña sin ninguna dificultad de nuestro punto de vista. Parece increíble que este sea el debut en la actuación de Zahraa Ghandour. Además, merecen una mención especial los niños huérfanos de la estación, que ejecutan con una destreza asombrosa los roles más complejos de la película junto con el de la protagonista.

La decisión está formulada como un alegato pacifista con una conclusión dual: la ocupación de las tropas estadounidenses no es buena, pero el terrorismo islamista tampoco. A pesar de que se trata de una afirmación con la que cualquier persona que posea unos principios morales sólidos estará de acuerdo, su falta de posicionamiento en uno de los dos lados de la balanza es quizás el punto más débil de la película, que hace flaquear su discurso. Resulta sencillo comprender que el director ha querido situarse junto al pueblo, que se encuentra en tierra de nadie, aterrorizado por un lado y por el otro. Pero en su afán por explicar al mundo algo tan básico (aunque, por desgracia, todavía necesario) como que las primeras víctimas del terrorismo son los propios habitantes de los países árabes, Al Daradji se muestra excesivamente compasivo con sus personajes. El hecho de situar el punto de vista en una joven terrorista, la secuencia del encontronazo con los militares del ejército estadounidense, e incluso la decisión de presentarse a los premios Oscar, son elementos que la convierten en una película valiente y necesaria, pero con una grieta por la que se fuga gran parte de su fuerza y que toma forma esencialmente en el personaje de Salam.

Salam es un estafador que pasa de ser el rehén de Sara a convertirse en una especie de guía moral, en un viaje en el que la crítica no queda clara y hace perder solidez al discurso central. Casi al principio de la película, el hombre le dice a la protagonista una frase determinante: “soy un estafador, voy a los prostíbulos, pero yo no hago daño a la gente”. En un primer momento, esta afirmación se percibe plenamente como lo que debería ser: una exposición de la hipocresía de sus valores. Sin embargo, a medida que avanza la película esta crítica se diluye. Salam apenas cambia, pero sí produce cambio en la protagonista. Al final, cuando termina, tienes la sensación de haber asistido a un fuerte discurso detractor del terrorismo islamista, pero de haber perdonado la estafa, la explotación del cuerpo de la mujer, incluso la crueldad desmedida de los militares estadounidenses. En general, te vas a casa con la impresión de que el director podría haberse “mojado” un poco más.


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