Crítica

La enfermedad del domingo – Ramón Salazar

posted by Marc Muñoz 21 febrero, 2018 0 comments
El perdón como enigma

La enfermedad del domingo

El español Ramón Salazar, tras una carrera en la dirección de largometrajes discreta, se adentra en terreno maduro y fértil para materializar La enfermedad del domingo, su cuarto trabajo  como director. Un esfuerzo que presenta estos días en la sección Panorama de la Berlinale.

Partiendo de un guion propio, la película plantea el reencuentro de una madre y una hija treinta cinco años después de que la primera abandonara a la segunda. La reaparición de esta descendiente apartada del clan familiar no solo trastabillará la vida acomodada y plácida de la matriarca, sino que llevará a los dos personajes a compartir unas jornadas lejos del mundanal ruido marcadas por los secretos devastadores y las cargas emocionales más hondas.

Este es el sugerente tapete que dispone el director de Piedras para armar un caudaloso melodrama familiar sobre la redención, los lastres definitorios del pasado y las deudas a cobrar en un presente incómodo. Ejes temáticos sobre los que pivota un relato definido por su acento ambiguo;  claramente, la nota que marca todo el conjunto.  Aspecto estrechamente ligado a esa ambivalencia que el personaje de Chiara (Bárbara Lennie) lleva hacia el extremo, para desconcierto del personaje de la madre (Susi Sánchez), y con ella, del propio espectador. Y es que esa indefinición de los objetivos y las intenciones de la víctima de la historia, resaltada con magnífico pulso por el rostro de Lennie, es la bisagra para que el relato fluya con sumo interés durante buena parte del metraje.

De hecho el guion resplandece en el primer acto, cuando los planos acentúan una tensión latente a punto de desplegar el punto de partida de la historia. Y no palidece con un segundo acto lleno de secuencias poderosas, abocado a la cascada de preguntas incómodas fuera y dentro de la pantalla, y en definitiva, agrietando las paredes de intriga emocional que cubren un melodrama con ramificaciones al thriller e incluso al terror. Salazar es tan hábil moldeando esa atmósfera de tensión irrespirable – majestuosos y primorosos resultan los movimientos de cámara, la fotografía y la puesta en escena de la fiesta que la madre organiza en su palacio al inicio del film – e insertando preguntas dolorosas, que cuando el filme se ve obligado a responderlas, pierde parte de ese hechizo primerizo. Contrapunto lógico, cuando el misterio a resolver está tan bien planteado y tan bien llevado durante más de dos tercios de la obra. Las respuestas desequilibran las expectativas previas generadas,  y los enigmas que resguardaban  los personajes se descubren en su plano más obvio, exteriorizando todo ese dolor introspectivo que aflige a la hija con diálogos algo trillados y exuberantes.

Pequeños derrapes en el mapa narrativo que sin embargo resultan insuficientes para arrastrar las monumentales interpretaciones que configuran los cimientos de hormigón de este duelo entre madre e hija que capitaliza el foco de la cámara. Tanto Susi Sánchez como Bárbara Lennie componen dos trabajos portentosos, dando forma a dos personajes repletos de matices, oscuridad, y secretos devastadores que logran fascinar más cuando los expresan con la mirada y los surcos de sus arrugas que con el texto. Un duelo colosal entre actrices que debería asegurar sendas nominaciones en la próxima gala de los Goya, junto a otras categorías merecedoras de nominación en esta primera película española importante del curso. Salazar se gana la madurez como cineasta con una obra que respira el tacto del cine de Ophüls, Tourner, Sirk o ya más contemporáneos, los melodramas familiares  agrios y monocromáticos del ruso Andrey Zvyagintsev.

7


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