Crítica

La forma del agua – Guillermo del Toro

posted by Marc Muñoz 15 febrero, 2018 0 comments
Criatura complaciente

La forma del agua

El fantástico ha servido históricamente como refugio para alegorías cuyos reflejos se posaban en el presente. Desde la reciente Get Out (con la que la obra aquí explorada compite en los Oscars), a las no tan recientes, pero memorables acercamientos: Take Shelter o District 9. O ya saltando a otras décadas Wicker Man, La cosa, Aliens, y un largo etc. La articulación de un discurso político y social, o el simple comentario en ese aspecto, ha encontrado un encaje fluido con las formas del fantástico, ya sea por la ganancia temática o narrativa del doble sentido, por dispensar una fórmula cómoda para esquivar la censura o simplemente por ofrecer un trato más o menos explícito al zeitgeist de la época en que se ubica la obra en cuestión.

 quizá encaja excesivamente en el último grupo. En este peligroso período de enarbolar la bandera de lo políticamente correcto, la nueva criatura del mexicano parece moldeada por estas corrientes de pensamiento. Mientras que internamente, el relato de esta mujer de la limpieza muda que entra en contacto con un monstruo anfibio en las instalaciones de una base científica militar de los Estados Unidos, funciona como una alegoría de las fechorías internas y externas de las administraciones norteamericanas y de esa pérdida de la inocencia en los meses previos a la intervención en Vietnam,  externamente, por decisiones extra cinematográficas  – y uno intuye que por injerencias del estudio y los productores –  La forma del agua es una hija demasiado adeudada  con nuestro tiempo y sus luchas.

El cineasta mexicano recurre de nuevo a la monstruosidad – completando así la trilogía abierta con El espinazo del diablo y seguida años después por El laberinto del Fauno, su mejor trabajo hasta la fecha – como reflejo vital, humanista y puro, todo aquello antagónico a una sociedad avariciosa, moralmente repudiable y vil que tiene su representación en el villano de la función, en este caso, el personaje que Michael Shannon da lustre y que a su vez simboliza todo el aparato militar de los Estados Unidos. El elemento fantástico, esta vez, lo inscribe en una historia de amor aparentemente imposible. Y es ahí donde el mexicano extrae sus acordes más valiosos, la pureza del amor como reflejo de la pureza del alma,  esa desprovista de prejuicios y bajezas morales,  capaz de romper hasta las limitaciones físicas. Algo que sabe acomodar bajo el marco más adecuado:  la América a punto de despertarse del sueño para perder la inocencia por una bala en la cabeza. Ese traje de cuento de hadas en un universo reconocible es uno de los puntos fuertes de la travesía. Algo que liga con otro sustrato que fortalece el visionado, una mirada cristalina y pasional hacia el cine colorista y mudo del viejo Hollywood, con constantes homenajes  – y una nota disconforme: esas  salas vacías con la que parece recriminar las actitudes del presente – al cine mudo, pero también al musical de Stanley Donen y a la serie B.

Aunque toda esta comunión acertada – donde también hay que incluir los trazos de visión feminista adulta que incorpora el personaje de Sally Hawkins – pierde fuelle cuando el film deja ver en exceso las costuras del porqué de su arquitectura.  Su aparente fluido natural queda trastabillado con esta intencionalidad obvia (por parte de  Del Toro u otros agentes implicados) por contentar las preocupaciones sociales más rabiosas y dar espacio a las cuotas marginadas y discriminadas. Y es ahí, donde el filme pierde el empuje. La fábula como espejo de la deshumanización se resquebraja cuando esta viene tan premeditadamente diseñada para contentar y dar voz a todos los sectores discriminados y en lucha estos días. El mensaje de intolerancia contra lo distinto que riega todo el fondo de la película pierde pegada cuando uno casi  se ve forzado a  otorgar voz a un personaje negro, a un personaje homosexual, a dibujar un malo racista, homófobo, retrógrado, machista, y a dar el protagonismo a una mujer que, para más inri, trabaja de limpiadora. Hay un exceso de intencionalidad bonista en el diseño del dispositivo que acaba haciendo perder fuelle al propio discurso y al efecto emocional que lo abraza. Casi dejando la sensación de que la intención es contentar a todos los espectadores y a  los academicistas, aunque por ello, el espíritu de la obra desfallezca.

Pese a ese diseño cerebral y oportunista, la película compensa con jugosos y burbujeantes momentos; Del Toro no solo sigue siendo un director capacitado, sino, y si cabe, aún más importante, un cineasta entusiasmado  que no ha perdido la ilusión con el medio que representa.  La pena es que para lubricar su encaje definitivo en el sistema de estudios haya cedido ante tantas presiones directas o indirectas.

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