Crítica

La gran apuesta – Adam McKay

posted by Marc Muñoz 21 enero, 2016 0 comments
Subprimes para dummies

La gran apuesta

Hay ciertas autoridades en Hollywood ocupadas en remover las placas de lo a contracorriente para no alterar el status quo vigente. Voces que apuestan por vender la imagen de un Hollywood comprometido y “liberal”, ese fiel votante del partido demócrata, como si eso fuera garantía de entereza o virtud. Y de vez en cuando eso se refleja en ciertos films que parecen transgredir y cuestionar el establishment pero que no son más que una prolongación de su existencia. A uno le viene esa idea tras el visionado de La gran apuesta, un film que insinúa ser afilado, rompedor a nivel formal, pero que en el fondo (y la forma) no es tal.

Hasta la fecha el nombre de Adam McKay estaba asociado a la de comedietas con Will Ferrell, hasta que el pasado 14 de enero dió un salto considerable cuando fue seleccionado como uno de los directores compitiendo por el Oscar, precisamente por el trabajo que aquí se intenta diseccionar. La gran apuesta sigue los pasos de un grupo de inversores, economistas, chiflados y especialistas de la finanzas que intuyeron el colapso de la economía mundial antes de la recordada fecha del 2008. La película se interesa por la frenética actividad de esos cuatro genios atrevidos que vieron venir el derrumbe financiero, apostaron grandes sumas contra los bancos, y asistieron con perplejidad al descrédito interesado que les dispensaron bancos, medios de comunicación, agencias de calificación e instituciones gubernamentales desoyendo sus gestos de alarma.

La propuesta del director estadounidense se establece más como una captura del clima frenético, enrevesado y contradictorio de esos días que como un retrato de los tiburones de Wall Street que propiciaron el colapso. Y eso pese a mirarse constantemente en su principal referente, un El lobo de Wall Street del que copia ademanes estilísticos, y obviamente un  interés por ese microcosmos blindado que rodea esa materia inmaterial que se mueve día a día por los mercados y cuyo efecto fue tajante y sangrante para los que vamos al trabajo en transporte público o bicicleta.

La gran preocupación de McKay, y de los productores que lo contrataron, parece radicar en la asimilación de conceptos financieros y ecónomos sesudos, en acomodar y hacer lo más digerible posible el trayecto del espectador por ese mundo ajeno y marciano del diseño financiero, compuesto por fórmulas, paquetes e invenciones basura que escapan del conocimiento y el entendimiento de los propios ingenieros de la finanzas. En esa línea el film absorbe una dinámica ágil, aparentemente original si uno no ha seguido la filmografía de Martin Scorsese desde sus inicios; parlamentos a cámara, explicaciones de los conceptos financieros por parte de celebrities como Selena Gomez o el cocinero Anthony Bourdain que se prestan al cameo, ciertos tics del género documental, montajes picados, etc.

Una carcasa llamativa que reluce en esta comedia adaptada al gran público, y sin un epicentro dramático suficientemente atrayente como para haber prescindido del vistoso continente. Una carencia de valor nutritivo que, en cierto modo, y pese a ser un film coral que propicia la actuación destacada, desperdicia el gran talento reclutado: Christian Bale, Steve Carell, Ryan Gosling, Brad Pitt, Marisa Tomei, etc.

Viendo La gran apuesta uno no puede quitarse de la cabeza el referente sobre el mundo de las finanzas que perpetró Martin Scorsese hace dos años. Ese Lobo de Wall Street que parece estar en la génesis de la obra de McKay, como queriéndose aprovechar de la inercia ganadora de ésta. Sin embargo, eso le juega a la contra, el destello lumínico de la película del neoyorquino está tan cercano que le desfavorece. Si uno busca divertimento afilado y punzante sobre los orígenes de la última gran crisis económica debería seguir los pasos de Scorsese, o incluso los de documentalista Charles Ferguson y su Inside Job si se busca un perfil más serio y analítico. Por el momento La gran apuesta funciona como comedia entretenida, pero salvando su última frase antes de los títulos de crédito, no logra apelar al odio mientras divierte o ilustra como sí lo logran sus dos principales espejos. Pero quién sabe, quizás haya caído en un mal momento, y en unos años, su cotización aumente. La de McKay así lo ha hecho.

6,5

 


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