Crítica

La gran estafa americana – David O. Russell

posted by Marc Muñoz 5 febrero, 2014 0 comments
El golpe sordo

La gran estafa americana

Resulta sintomático que Hollywood pretenda encumbrar como el nuevo paladín del cine norteamericano a alguien tan mediocre como David O. Russell. Un director con una trayectoria irregular y pobre bagaje cinematográfico, que ha visto como en pocos años, su caché se triplicaba a la par que le caían nominaciones en los Oscar, tanto a él por la dirección como a sus películas. Un reconocimiento desproporcionado tal y como indica su última incursión, La gran estafa americana, una de las favoritas para el 2 de marzo.

En su último largometraje el Tres Reyes pretende enarbolar la bandera de un cine chispeante, moderno y magnético, pero el resultado dista mucho de sus pretensiones. A través de la historia de dos estafadores que son obligados a trabajar para el FBI después de ser cogidos con las manos en la masa, O. Russell intenta levantar un artefacto vistoso, calórico y anfetamínico, mediante un relato en el que mezcla sin pudor un triangulo amoroso, la intriga criminal y el relato gangsteril.

Sin embargo esa intención se ve de entrada reducida por un guión pusilánime, cuyos derroteros narrativos no consiguen captar suficientemente la atención del espectador. Algo que intenta equilibrar con un estilo en el que se aprecia claramente la marca de agua de Martin Scorsese por todos los costados, pero en lugar de filtrar su Casino o Uno de los nuestros con fluidez y cierto acierto como ya probaron Ted Demme en Blow o Mike Newell en Donnie Brasco, O. Russell impregna su metraje de imágenes volátiles, efectos de postín, tics perezosos, que en lugar de imprimir ritmo y captar interés, terminan por maltraer su visionado, creando secuencias vacuas y pasajeras. En definitiva dispone un material inerte e insustancial con el que dificulta el apego del espectador a éste.

Un estado al que llega por una sobre exposición de elementos en pantallas puestos a disposición, no ya del relato, sino de mitigar la ausencia de la fluidez de éste. Y en ese sentido, se aprecia con demasiada insistencia ese vacío cubierto por materiales prefabricados: una voz en off desaliñada e impenetrable, diálogos acelerados, vestuario y caracterización excéntricos, que acentúan esa sensación de superficialidad, cámaras lentas sin sustancia, e incluso sin impacto, o el uso y abuso de la música. Un apartado que resulta paradigmático del cine sin personalidad de su autor. Una vez más intentando cubrir las deficiencias de sus secuencias con canciones elegidas sin sentido dramático, solo valorando el valor contextual de éstas como mera ambientación,  sin sacarle nunca un jugo expresivo, llegando incluso a la saturación con ellas.

Los defensores alaban las actuaciones de su elenco: Christian Bale, Amy Adams, Jennifer Lawrence, Bradley Cooper, Jeremy Reener y el cameo especial de un Robert De Niro que muestra con O. Russell, en lo que éste puede atribuirse como su mayor mérito como director, chispazos de lo que llegó a ser. Y razón no les falta, porque es conocida la valúa de sus intérpretes, pero también es cierto que existe una desvinculación del espectador con esos personajes, ninguno de ellos está suficientemente bien perfilado o atesora suficientes valores dramáticos (o al menos cuesta reconocerlos) como para que el espectador se preocupe por su destino. Algo que sumado, al estilo desmesurado sin sentido, y a un guión sin garra ni gancho, por muchos giros que elucubre y que pretenda descubrir como brillantes, encamina a entender el poco respeto profesional que genera su máximo artífice.

A pesar de todo esto, La gran estafa americana no es una película totalmente fallida, tiene sus momentos, la mayoría cómicos (aunque la balanza entre lo cómico y el drama tampoco resulta muy equilibrada), y entretiene, nunca llega a aburrir, pero no deja de ser un entretenimiento vacío. El falsificador, en este caso, no es Elmyr de Hory, sino un burdo cineasta, que aunque se nos pretenda vender lo contrario, le queda una gran distancia por recorrer para poder compararse con Scorsese.  Sin ir más lejos, y sin salir del Kodak Theatre  (ahora Dobly Theatre) , su última baza, agudiza esta distancia entre ambos.

5,5


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