Crítica

La guerra de los botones – Christophe Barratier

posted by Manel Carrasco 15 noviembre, 2011 0 comments

Días de un pasado inventado

Bien, antes que nada un aviso: Aquí este humilde (bueno, no tanto) plumilla no ha podido ver la primera versión de La guerra de los botones, que realizó Yves Robert allá por el año 1962 sobre una novela de Louis Pergaud. A decir verdad, a todo lo que llegué fue a sostener en mis manos en un par de ocasiones una copia en VHS en aquellos tiempos en los que no había ni Fnac en Barcelona y yo me iba al Corte Inglés a ver carátulas (mejor eso que drogarse ¿no? ¿no?). Me hago viejo…

Aunque bueno, decir que es la versión del 2011 tampoco aclara mucho las cosas. Curiosamente, el cine francés estrena este año dos adaptaciones del mismo relato, algo insólito en el panorama europeo, y casi mundial, a menos que nos pongamos estupendos y empecemos a buscar paralelismos, que sé yo, entre Cleo de 5 a 7 y Agente 007 contra el Dr. No (ambas de 1962), que hay gente para todo… En el caso que nos ocupa, parece ser que en el despacho A decidieron hacer una nueva adaptación de la novela de Pergaud, y se olvidaron de preguntar en el despacho B si no estarían pensando en adaptar de nuevo, por ejemplo, alguna novela de Pergaud… Algo de unos niños… y unas guerras… y unos botones… Ah, y otra cosa, en el despacho A pensaron que el 14 de septiembre era una buena fecha para estrenar en Francia. ¿Y el B? el 21 de septiembre. Siete condenados días de diferencia. Bravo. Para estudiarlo en las escuelas. No sé en qué escuelas, pero en algunas.

Al grano: La guerra de los botones que nos ocupa hoy lleva la impronta de Christophe Barratier, cineasta galo que adquirió notoriedad con Los chicos del coro y que para su nuevo trabajo ha optado por trasladar la acción de finales del siglo XIX a la Francia ocupada por los nazis. El planteamiento, a grandes rasgos, es el mismo: En la campiña francesa, los niños de dos pueblos se enzarzan en una de aquellas guerras que solo pueden desarrollarse en la infancia: armas de madera, estrategias de pacotilla, enemistades especialmente pueriles y los botones de la ropa del adversario como trofeo. Más o menos como los mayores (si se me permite en comentario fácil) pero sin tener que aguantarlos dando mítines o voceando en los medios de comunicación. Ya sabéis, la infancia es un tesoro y todo eso…

Barratier se sirve de la recontextualización de la historia para introducir elementos que aportan (o podrían hacerlo) un tamiz diferente al relato. Más allá de la evocación nostálgica que Pergaud despliega en la novela, su reubicación en 1944 le permite hablar del nazismo, la persecución de los judíos y la Resistencia como icono que no necesita mayor explicación que la que ofrece la imagen de un grupo de campesinos limpiando armas a la luz de un quinqué. La propuesta constituye de por sí un loable intento, pero su planteamiento se hunde irremisiblemente por su propio peso.

Para empezar, Barratier tiende a levantar narraciones enmarcadas en la primera mitad del siglo XX, pero siempre con la nostalgia y el buenismo estilizados por bandera. De por sí, eso no es malo. Si la propuesta de un cineasta es sólida, podemos objetar que no se ajusta a nuestros criterios estéticos o a nuestra manera de ver la vida (que al cabo son casi lo mismo) pero no le podremos restar legitimidad. El universo de un narrador siempre se mueve entre la necesidad de un público y la resistencia a renunciar a una visión personal y casi intransferible, y en ese equilibrio nacen cosas muy hermosas. Pero las historias de Barratier son enclenques, sus soportes se resquebrajan cuando uno se para a pensarlo y muchos de sus recursos suenan a trillado. Parecerá raro, pero su cine me hace pensar en un trozo de tarta terriblemente empalagosa metida en un calcetín afelpado.

Vale, sí, ya voy a buscar la medicación, pero solo servirá para que diga lo mismo con otras palabras.
Ya en Los chicos del coro los elementos que integraban la historia parecían perfectamente emplazados y utilizados para generar una reacción en el espectador. El problema es que el manual del buen guionista sirve de poco si nada lo acompaña. La emoción, aquello tan difícil de lograr en cualquiera de sus formas y que nos arrastra al cine, nunca se encuentra por el camino más fácil. Si la música toca la fibra sensible, si el volumen está alto y si tenemos uno de esos días hasta puede que lloremos, o riamos, o suframos, pero al salir de la sala lo habremos olvidado. Y ese contraste, esa emoción de usar y tirar, descubre a menudo las carencias de un film.

La guerra de los botones se vale de muchos de esos recursos. Hay un niño canijo y resultón que siempre aporta la coletilla graciosa. El profesor de escuela tiene buen corazón, está enamorado de la chica y en el fondo es un valiente. El padre cascarrabias tiene un lado tierno y lo sacará a relucir en el momento justo. Maldita sea, hasta el enemigo también es persona y echa una mano si hace falta. El problema es que en este caso el niño resulta irritante, el profesor y sus amores no salen del cliché, el padre es bastante convencional y el cambio de talante del enemigo es simple y carece de fuerza.

Tras todo ello, la realización se muestra correcta pero carente de brío, la música delata la necesidad de ganarse el favor del público por la vía del pañuelo, y el montaje revela lagunas que, sean del director o del montador, parecen más propias de un telefilme francés (todo un género, os lo aseguro) que de un estreno cinematográfico con estrellas del Hexágono como Guillaume Canet, Laetitia Casta o Kad Merad.

Si analizamos el contexto, el tema se vuelve aún más sangrante. El filme de Barratier parece vivir al margen de la larga y enriquecedora evolución del cine francés, capaz de aportar historias frescas centradas en los niños y su percepción del mundo. Truffaut lo hizo magistralmente en un par de ocasiones a través de Antoine Doinel y del colectivo infantil de La piel dura, pero si nos trasladamos a la misma época que ilustra La guerra de los botones Louis Malle plantó un árbol de raíces inquebrantables con sus recuerdos de infancia. Y si queréis ver muestras más recientes, acercaos a un cine y echad una ojeada a Stella de Sylvie Varheyde. Y podría seguir, pero la conclusión siempre sería la misma: el caso que nos ocupa vive de espaldas al cine infantil, siguiendo unos cánones inexistentes de cursilería mal elaborada, como si hubiera fagocitado 116 años de cine con (y para) niños y lo hubiera digerido fatal. Pero hay un punto contra el que me rebelo, y que poco tiene que ver con la forma del filme y mucho con el fondo. Al centrarla en los años de la Francia ocupada, la narración se permite radiografiar todos los estamentos de un pueblo de provincia y su reacción ante el terror del nazismo. El tema es complicado, y pese a que todos tenemos referentes culturales de sobra para entender qué pasaba a grandes rasgos, es cuando rascamos la superficie que el filme nos muestra su peor cara. Tras un primer acto en que se sientan todos los ítems del contexto histórico (judíos perseguidos, represión por parte de los colaboracionistas, la sombra casi mítica de la Resistencia) Barratier opta por la autocomplacencia: Aquí todos somos antinazis. Tras cada casa, en cada pajal, se esconde un resistente que cuando cae la tarde y regresa con las vacas saca la ametralladora y confabula contra el invasor. Si el siglo XX está aún hoy lleno de tabúes, el papel de la sociedad francesa en los tiempos de la ocupación es uno de los mayores. En Francia, como en muchos otros países, más de uno hizo su agosto con la ocupación, medrando socialmente o simplemente poniéndose a disposición de los que en ese momento tenían más dinero o, al menos, la sartén por el mango. Durante 50 años, la conciencia colectiva francesa apuntó a una Resistencia masiva, de la que solo se apeaban algunas ovejas descarriadas que recibieron su merecido en 1944. Solo en los últimos años se empiezan a encarar viejos traumas para desmontar ideas preconcebidas y colocar a cada uno en el sitio que le corresponde. Es un proceso arduo, que toda sociedad debe hacer y en el que la cultura juega siempre un papel básico. El problema es cada vez que se da un paso adelante, cada vez que tenemos a Jacques Audiard en Un héroe discreto, o que publicamos Suite francesa de la pobre Irène Némirovsky, surgen contrapesos como La guerra de los botones, especialmente dañinos en su insistencia en los viejos relatos, los que barren bajo una alfombra a sujetos como René Bousquet o Maurice Papon. Si el cine puede ayudarnos a mejorar, a nivel individual y colectivo, no es a través de este tipo de narraciones, que convierten la actitud heroica de una parte en un todo social inexistente, reduciendo el papel de los colaboracionistas a un par de majaderos con problemas de personalidad. Existe un terreno neutral: el de filmes como El último metro de Truffaut o Salvoconducto de Bertrand Tavernier, que se centran en la actividad de personajes concretos en este mismo periodo. Pero cuando jugamos la carta de la generalización de una actitud, y más en este caso, nos metemos en terrenos pantanosos, contraproducentes y, si no nocivos, al menos estériles.

Y no me malinterpretéis: Tras este rapapolvo, La guerra de los botones puede funcionar como entretenimiento para los más pequeños (algunos, no todos) pero falla en todo lo demás. No solo no aporta nada nuevo sino que constituye un paso atrás en el cine infantil. Un producto pensado para conectar con un público que, fuera del circuito francés, ya no está allí. Sin ninguna voluntad de permanecer en el recuerdo, lejos de aportar un granito de arena a la memoria cinematográfica de futuras generaciones. Un producto para pasar por caja y a dormir temprano. Quizá hace años funcionase, pero en pleno siglo XXI, saturados de estímulos visuales, sospecho que no hará historia, como mucho una recaudación potable. Y eso a estas alturas del partido es un problema. Cine antiguo. No, perdón, cine viejo. Yo aún diría más: cine viejuno.

3,5

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