Crítica

La habitación – Lenny Abrahamson

posted by Marc Muñoz 25 febrero, 2016 0 comments
Escapismo íntimo

La habitación

El séptimo arte ha abordado con cierta asiduidad el rapto como un elemento indispensable para construir thrillers de alto voltaje y tensión dilatada. Aún hay reflejos de Prisioneros en las retinas de varias cinéfilos, aunque la sombra más alargada la componen clásicos como El silencio de los corderos, El coleccionista, Mystic River o El coleccionista de amantes.  La gran mayoría de películas articuladas alrededor del rapto lo plantean como el condimento necesario para alimentar la tensión. A través de éste tienden un puente empático entre el espectador y la víctima, un personaje, o especialmente sus familiares o allegados que lo buscan, que en realidad apuntalan el perfil detallado del secuestrador, un personaje que sin duda da más  juego dramático y permanece más anclado en la memoria del cinéfilo que esa víctima que muchas veces permanece en off para no obtener pistas sobre su estado o paradero que diluyan el misertio y/o la tensión.

Por eso sorprende – aunque relativamente, tampoco sería el primer caso – el planteamiento optado por Lenny Abrahamson en La habitación, producción canadiense-irlandesa que se ha convertido en la única sorpresa entre las candidatas al Oscar.  La propuesta de Abrahamson se encamina hacia el punto de vista de la víctima, en el caso, una madre, y su hijo nacido en el cautiverio de esa reducida habitación a la que alude el título.

Si en la primera parte el film se centra en explorar ese reducido espacio, no a un nivel físico, sino a través de los códigos de conducta y fantasías que la madre inculca a su hijo para intentar alejarlo, en la medida de lo posible, del drama en el que viven atrapados, la segunda opta por un cambio de eje considerable al abordar las consecuencias duraderas de ese enclaustramiento forzado.

Es durante su primer acto en que la película adquiere su mayor complejidad dramática, abordando la relación de esa madre e hijo atrapados en contra su voluntad en un único espacio. La manera en que se deshace de esas limitaciones físicas es a través de la imaginación, que consiste en desvelar al espectador el proceso que ingenia la madre para ocultar a su hijo de cuatro años la realidad de su entorno, y la de un mundo exterior que la criatura desconoce más allá del televisor y la imagen del cielo al otro lado de una claraboya. Todo el esfuerzo de la madre por ocultarlo y por cuidar de su hijo en esas circunstancias remite a un Canino a la inversa, o al documental The Wolfpack,  donde la realidad del hijo viene configurada por el proceso de aprendizaje (protector) que lleva a cabo su madre. Como en las películas citadas, los hijos son víctimas de la realidad subjetiva impuesta por sus padres, aunque aquí la diferencia, ésta en que la madre lo hace con las mejores intenciones. Sin embargo, los conflictos arrancarán cuando ésta empieza a derrumbar conscientemente el relato inventado, y se empieza a desvelar el verdadero funcionamiento de ese reducto de un mundo inmensamente más grande y  complejo que el conocido por el chico. Una parte en que la película defiende la fábula como única vía de escape ante una situación horrenda.

Mientras que la segunda fase,  pese a perder la punzada propia de la tensión – una que realmente se reduce a dos o tres secuencias, siendo la del camión la más intensa-, opta por concentrarse en las secuelas de ese largo encierro. Y al contrario de lo que pueda parecer, el trabajo de Abrahamson se adapta entonces con facilidad al drama familiar intimista que navega alrededor de los conflictos que genera una nueva situación para el hijo, y especialmente para la madre, ante los nuevos códigos, las nuevas realidades, los nuevos problemas resultantes y la difícil adaptación a éstos. Un tramo que a la postre resulta igual o más interesante que el primero y que puede recordar a El pequeño salvaje.

Todo ello conforma un material sensible del que su director logra extraer ternura, tensión, repudio, comprensión, emotividad y terror. Y que da cancha a una soberbia actuación de Brie Larson en el papel de madre. La habitación es un trabajo de apariencia mínima, de reducida pompa estética, pero que ha ido calando hasta convertirse en una de las revelaciones de la temporada hasta el punto de abrirle las puertas de la mayoría de premios.

7


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