Crítica

La invención de Hugo – Martin Scorsese

posted by Manel Carrasco 23 febrero, 2012 1 Comment
La paradoja del nostálgico

La invenciön de Hugo

Hace unos años un tal Martin Scorsese se levantó inquieto de la cama, comprobó que no había sábanas manchadas de sangre ni cabeza de caballo, y se empezó a plantear la posibilidad de hacer una película que pudiera ver el público familiar. El motivo era evidente: padre (tardío) de un retoño, el director de Taxi Driver (1976), Toro Salvaje (1980) o Uno de los nuestros (1990) consideraba que su producción anterior no era, digamos, muy apropiada para los más pequeños. Bueno Martin, la clave del asunto pasaría por dejar de fichar a Joe Pesci. Quizá no bastaría, pero sería un buen comienzo…

El caso es que la solución al problema vino de la mano, precisamente, de su propio hijo, que en ese momento estaba leyendo una novela de Brian Selznick llamada La invención de Hugo Cabret. La historia captó la atención de Scorsese por su amalgama de motivos que iban como un guante a sus propias aspiraciones: niños protagonistas, una narración que coqueteaba con la fantasía, un escenario de ensueño, y un marco temático terriblemente estimulante y cercano. Esto es, el cine. Nadie que se haya sentado a ojear los trabajos del cineasta italoamericano puede obviar una de sus mayores obsesiones; la mitomanía que se deriva de su propio oficio al que, irónicamente él ha contribuido a engrandecer. Scorsese tiene la impagable suerte de pertenecer a esa clase de hombres que han hecho de su afición un trabajo (o viceversa), y con éxito incontestable. La novela de Selznick le permitía hablar de los orígenes de todo el tinglado del séptimo arte, y de hacerlo a través de la figura de uno de sus principales artífices, del inventor oficial de la ficción cinematográfica: Georges Méliès.

Más de uno debió de ponerse las manos a la cabeza, sobre todo cuando saltó la noticia de que el invento se iba a presentar en tres dimensiones. Los viejos directores han perdido la chaveta. Hollywood fagocita hasta a los más grandes. El mejor cine se hace en la televisión. El calendario maya no iba tan errado. Bla, bla bla.

El film de Scorsese se construye sobre la investigación de un niño, el Hugo del título, que pretende acabar el autómata que le dejó su padre. La figurita parece guardar una extraña relación con el propietario de una juguetería de la estación de Montparnasse, y en el marco de un París de fuerte carga cromática, Hugo y su amiga descubrirán que bajo el viejo amargado se esconde algo más extraordinario. El punto de partida es interesante, nos remite a un cine a medio camino entre el preciosismo formal casi disneyano y el estimulante lugar común del viaje interior, típico de la adolescencia. Hugo debe encontrarse a sí mismo a través de sus aventuras, la llave que persigue al principio del relato abre la metafórica cerradura que dará sentido a una vida que no acaba de encontrarlo.

Lo cierto es que La invención de Hugo ha levantado encendidos aplausos entre la crítica norteamericana. El público, algo más frío en términos de asistencia a las salas, también parece satisfecho. Los oscar, con once nominaciones del ala, y los globos de oro, con el premio al mejor director, rubrican esa tendencia. Pues miren, desde aquí vamos a aguar un poco el vino (y la fiesta).

Las buenas intenciones que despliega Scorsese son tan palmarias como insuficientes. Tras una obertura formalmente espectacular, que aprovecha a fondo el 3D en un vuelo de pájaro sobre los tejados de París, la narración se pierde en un batiburrillo de conceptos, tan ansiosa de abarcar que pierde concreción. Si bien la trama parece bien planteada, los personajes principales definidos (los secundarios corren peor suerte) y el tono más o menos equilibrado, a medida que avanzan las más de dos horas de metraje el conjunto pierde fuelle. El homenaje al cine, a sus pioneros, es un objetivo noble y siempre interesante, pero no sirve como coartada para construir todo un relato. Hace falta más. La ausencia de momentos de auténtica intensidad dramática es clamorosa. Scorsese parece más interesado en hacer didáctica del séptimo arte, en lograr que las legiones de chavales que (esta vez sí) irán a ver su película se interesen por los orígenes de su propio oficio y se empapen de ese primer y maravilloso cine. Lastrada por ese propósito, La invención de Hugo presenta pocos momentos en los que la historia de sus protagonistas logre tocar al espectador medio. El peso de la emoción se desplaza mayoritariamente al marco de la trama, a la reivindicación cinéfila que puede (insisto, puede) rendir al espectador más mitómano, pero no al resto. Y les aseguro que este plumilla es de esos que pueblan patéticamente las cinematecas y los más hediondos puntos de encuentro del cine clásico. Pero el primer objetivo de un film con vocación de narrativa canónica es el de ofrecer un relato que enganche al espectador a través de las vivencias de sus personajes. En este caso, todo asomo de humanización se pierde en callejones sin salida. Entiendo lo que nos cuenta Scorsese, pero la estructuración del guión es torpe y no siento las emociones que pretende despertar, ni tan siquiera en un clímax poco efectivo, obligado a contar demasiadas cosas, a remontar emocionalmente un largo trecho en el escaso lapso de una escena. Abstraído en su fascinación por el mundo de Méliès, el director parece ansioso por recrearse en las escenas de Ben Kingsley. El amor por el séptimo arte se tiñe de nostalgia, la misma que marca el idealizado París de entreguerras. La fabulación de ese periodo no escatima en iconos (a veces anacrónicos) como James Joyce, Winston Churchill, Django Reinhardt, o el famoso accidente de tren de la estación de Montparnasse ocurrido unos años antes. Pero el regalo, bien empaquetado y con un lazo, revela que el envoltorio es más atractivo que el contenido. La dirección es formalmente impecable, pero cuando hablamos de Scorsese este aspecto en concreto es como el honor al soldado: se le supone. Hace falta más. Necesitamos una historia que no reniegue del talento del italoamericano y de su amor por el cine, pero que al mismo tiempo se acerque un poco más a otro de los grandes. Necesitamos a Spielberg, o a cualquiera de sus discípulos con talento para retratar los miedos y las inseguridades de los niños, el mundo de fábula ligeramente adulterada en el que la magia y la fantasía (con Méliès como primer exponente) proporcionan respuestas ante eso tan complicado que llamamos vida. La romántica nostalgia del cinéfilo es insuficiente.

El domingo que viene se entregan los oscar. En la gala, decíamos antes, La invención de Hugo se cuenta entre las principales nominadas. Su mayor enemigo, curiosamente, es otro relato con los orígenes del cine de fondo. The Artist (2011) se centra en el paso del mudo al sonoro, y establece un curioso e inesperado diálogo con el film de Scorsese. Si el caso que nos ocupa es el de un norteamericano que habla del primer cine en Francia, aquella está dirigida por un francés que hace lo propio en Hollywood. Otro punto en común es la tendencia que ambas muestran, más marcada en La invención de Hugo, a apoyar el peso de la intensidad dramática en el mundo del relato, y no en el relato en sí. Ante estas carencias, y con semejante marco, surge la paradoja. Scorsese se pierde en su reivindicación cinéfila, en la nostalgia bien entendida de un mundo que no fue exactamente así, pero casi. Nosotros, algunos al menos, nos vemos en cambio embargados de nostalgia por otro mundo pasado: el de un cineasta fértil, con un nervio narrativo contundente. Me niego a creer que haya perdido su toque, que treintaytantos años de carrera en la cumbre se hayan apagado, pero La invención de Hugo está lejos de ser el retorno que esperábamos. Ni tan siquiera el 3D establece un paralelismo entre el cine del pasado y la (pretendida, y cada vez más desmentida) técnica del futuro. El propio Méliès lo sabía: con artificios y juegos de manos no se cimienta un relato. Falta una historia para enganchar al espectador, por muy rudimentaria que sea. Un principio que no ha cambiado en 116 años. La nostalgia no basta.


1 Comment

Marc Muñoz 25 febrero, 2012 at 04:27

Pues mira… te diré que has insuflado más contenido a este texto que todo el que se pueda sustraer de La invención de Hugo. Diré incluso que simpatizó más con tu opinión que con el soso niño protagonista. Y a diferencia del filme de Scorsese, aquí sí que veo un conflicto, que no es más que esa nota, para mí, benevolente con lo que ofrece un cineasta que en su día detonó la industria con sus Taxi Driver, Malas Calles y Toro Salvaje….sin rastro

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