Crítica

La muerte de Luis XIV – Albert Serra

posted by Alberto Varet Pascual 21 noviembre, 2016 0 comments
Una presencia en fuga

La muerte de Luis XIV

La humilde y cercana naturaleza de lo último de Albert Serra le ha sorprendido hasta a su autor, quien asegura no saber encajar muy bien que una película suya haya tenido tan buena aceptación general entre la crítica. A diferencia de sus anteriores trabajos, La muerte de Luis XIV no provoca espantadas monumentales. Acaso sea su marcada humanidad la responsable. Puede que ella aleje en parte un cinismo marca de la casa. Sin embargo, y con todo, esto sigue siendo un film Serra, con sus largos planos secuencia, su montaje a la búsqueda de una abstracta sensualidad, su descaro para la desmitificación y su peculiar sentido del humor. Un ejercicio de slow cinema, en resumidas cuentas, que, eso sí, jamás sucumbe a un solo lugar común del género.

Con este panorama es posible que el espectador medio encuentre tediosa una cinta que aprovecha la obviedad de la historia a relatar (basta con leer el título) para construirse sobre pequeños y radicales gestos que alejan la realización de términos tan manidos en el cine de cámara como ‘exquisita’ o ‘deliciosa’. Es como si el autor se dedicara a desvincular por sistema su cuidada representación de lo preconcebido. Lo consigue gracias a una personal manera de rodar (sin guión y con filmación simultánea) acompañada de pintorescas decisiones estéticas (la enorme peluca de Luis XIV) que nos alejan definitivamente de la imagen y la percepción comunal que del monarca y la Historia tenemos respectivamente.

Historia, por otro lado, que se cuela en el film a través de sus set pieces (todas ellas basadas en sucesos reales) y el sonido que llega del fuera de campo (si la fuerza de lo que ocurre más allá de los márgenes siempre es importante para Serra, aquí abraza una mayor dimensión al ser una evocación del exterior surgida desde un permanente interior). Mediante estos dos elementos, y sin pretenderlo directamente, el autor de Crespià ha logrado una película política cimentada alrededor la figura de la que fuera entonces la persona más poderosa del mundo al diluirla en el tiempo, al tornarla en mera carne al punto de putrefacción en su tránsito hacia la muerte. Su presencia en fuga afecta a un pueblo sin representación en palacio en lo que se erige, sin duda, como una de las más originales manifestaciones que haya dado nunca el cine a la hora de tratar el valor de la monarquía.

Con claros, mas nunca meditados, parentescos con Rembrandt y Sokurov, La muerte de Luis XIV crece, como toda obra del de Bañolas, en la acumulación de momentos que nada le deben a un guión convencional (aquí no hay marcados clímax ni puntos de giro). Se trata de filmar una rutina alejada de cualquier épica para desplegar una particular poesía que tiene en la impresionante interpretación de Jean-Pierre Léaud (alabada con insistencia por el director) su centro de gravedad. Sobre su cuerpo y su rostro pivota un mundo donde todo, desde el decorado hasta la última frase, le pertenece. Su fragilidad es entonces la de ese universo presto para su desaparición, abocado a la incertidumbre.

Quizás sea ahí donde yazca la fuerza de esta película de imágenes tan ligeras como siempre en la filmografía del director, aunque acaso más penetrantes que nunca. Bien lo glosó Jean Douchet cuando habló de ‘la dramaturgia de la presencia’ en su defensa de Història de la meva mort. Una dramaturgia de la presencia que ya estaba, sí, en aquel trabajo, pero que cobra aquí un significado mayúsculo en los gestos de un personaje cuya soledad ante la muerte es la de cualquiera, sin importar las joyas ni los sirvientes. Porque no hay mito mayor que la grandeza terrenal, el cine de Albert Serra ha encontrado en la figura de Luis XIV el material perfecto para esculpir su universo desmitificador.

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