Crítica

La mujer de la montaña – Benedikt Erlingsson

posted by Sebastián Blanco Portals 7 marzo, 2019 0 comments
La música que acompaña a la revolución

La mujer de la montaña

Tras sorprendernos con su debut hace ya 5 años, De caballos y hombres (2013), Benedikt Erlingsson vuelve a la ficción con un film certero, bello y necesario. Halla es la mujer de la montaña, una profesora de canto de 50 años que ha decidido declararle la guerra, desde el anonimato, a la industria del aluminio que está contaminando Islandia. Como una suerte de superheroína, recorre los campos a las afueras de Reikiavik atacando con su arco el tendido eléctrico que proporciona energía a su enemigo. Sus continuos sabotajes activan la alarma del gobierno de Islandia, el de EEUU y el de China, que se ponen en marcha para capturar a su misteriosa rival.

La comedia y el drama se entrelazan con naturalidad desde los primeros minutos de la película, formando una trenza en la que a veces una está arriba y la otra abajo, otras veces al contrario, y en ocasiones se solapan y cohabitan la pantalla, manteniendo en todo momento un ritmo ágil que nunca pierde la atención del espectador. Partiendo del discurso ecologista que vertebra el film, Erlingsson pone en evidencia las taras de la sociedad neoliberal con gran ingenio, en un guión inteligente en el que caben una multitud de temas: las dificultades en los procesos de adopción, la responsabilidad intrínseca a la maternidad, la manipulación ideológica de los medios de comunicación…

Uno de los puntos fuertes de la película, además del guión en su totalidad, es la construcción de sus personajes. En primer lugar, la protagonista. Halldòra Geirhardsdòttir se entrega plenamente ante la cámara y nos ofrece una interpretación intachable. Su rostro, sus palabras y sus carreras por la montaña crean una conexión con el espectador difícil de explicar. Consigue llevarnos de la mano bien agarrados en un vaivén emocional, logrando que nos sintamos partícipes de su cruzada contra la industria. En segundo lugar, la montaña. El espacio no solo funciona como un personaje más, sino que comparte protagonismo con Halla. Cuando la heroína (o antiheroína) necesita un escondite, la montaña se lo proporciona. Cuando necesita correr, le ofrece la llanura. Cuando está al borde de la hipotermia, la guía hasta las piscinas naturales de agua caliente. Es un paisaje vivo, dinámico, que respira y lucha por su vida.

Por último, no podemos dejar de destacar el uso magistral de la música. Una banda compuesta de trompa, acordeón y percusión, y tres coristas vestidas con la indumentaria tradicional islandesa, acompañan a la protagonista en el camino a la revolución. Estos curiosos personajes se encuentran en un plano aparte entre la realidad y el inconsciente. Es imposible determinar si se trata de música diegética o extradiegética. Los músicos aparecen sin previo aviso en el arcén de una carretera, en el salón de Halla o en el tejado de un edificio. Su presencia hace referencia clara a la tradición, buscando una conexión del espectador con las raíces del pueblo islandés frente al brutal azote del capitalismo y la globalización. Pero, además, aporta una atmósfera de extrañamiento, de realismo mágico, cercana al Surrealismo, ideal para ilustrar las incongruencias que critica el director y para envolver el viaje de la protagonista en un tono casi onírico.

En definitiva, encontramos en La mujer de la montaña un retrato sensible y muy inteligente de la lucha ecologista, con una convicción plena en su discurso y una ejecución formal brillante. Su guión no deja puntada sin hilo, y su plano final es probablemente uno de los mejores cierres que hemos visto en los últimos años, tanto por su valor simbólico como por su composición, su estética, y su delicadeza. Uno termina la película con la enorme satisfacción de haber asistido a la proyección de una obra, como mínimo, necesaria.

marco 75


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