Crítica

La mujer del chatarrero – Danis Tanovic

posted by Alberto Varet Pascual 20 febrero, 2014 0 comments
Identidad, nacionalismo, guerra

La mujer del chatarrero

Dos importantes premios en Berlín avalan, esta vez sí, una producción pequeña pero de gran calado cinematográfico, humano y social. Su nombre es La mujer del chatarrero, la dirige el serbio Danis Tanovic y propone, a través de un angustioso retrato de las miserias del nuevo capitalismo en Europa del este, una mirada a los males íntimos (el egoísmo) y a los globales (la guerra civil) de su región.

La cinta arranca con unos treinta minutos que privilegian los espacios y los silencios sobre el relato de los protagonistas. Apenas dialogado, este inicio se divide en tres bloques. Un primero que nos muestra la vida doméstica de los personajes (que son las personas reales que padecieron el drama que se nos cuenta), un segundo centrado en la labor del chatarrero (en la que cobran mucha relevancia los ruidos de un hacha que sirve tanto para cortar madera para la calefacción del hogar como para desguazar el metal que le aporta a la familia los pocos beneficios que tienen) y un tercero que narra el día a día de una madre en casa con sus dos hijas.

En este tiempo, como decimos, lejos de centrarse en los aspectos dolorosos de la existencia de los sujetos filmados, Tanovic destaca el ambiente en el que viven. Así, la nieve y el frío tienen un calado vital que multiplica el valor del acto de cortar y recoger leña, o la rima entre el dinero que gana el marido y la comida que prepara su mujer se antoja enormemente rica y conmovedora.

Esta rutina, rodada de forma veraz y salpicada por valiosos detalles invisibles (el vaso de licor en el bar, la mano que echa el vecino para romper el metal o quitar el hielo del vehículo), es quebrada drásticamente hacia la media hora por una enfermedad que emerge como el primer punto de giro de la historia. Desde aquí, la trama se convierte en una fascinante road movie interpretada por unos tipos que viajan en su coche por una autopista transformada en la línea que separa los universos de la ciudad y del pueblo. Apoyado simplemente en unas imágenes muy sugestivas, Tanovic construye una relación entre una Europa del este que trata de modernizarse y otra lastrada aún por su belicoso pasado.

En ese periplo, que parece posicionar a los personajes en una tierra de nadie (el nombre del más famoso título del director), el tiempo se suspende mientras los protagonistas pululan en su interior sin poder resolver su problema. Son unos sujetos que han perdido su identidad. Unos seres colocados en los márgenes de un mundo que ignora su existencia. Por eso encuentran la solución a su contratiempo en la falsificación de un carnet. Una mentira mediante la cual burlan una ley alejada de lo verdaderamente justo: la defensa de la vida de todo hombre por encima cualquier circunstancia.

Superado este punto de crisis, la película cae en una cierta condescendencia propia de esta clase de relatos, tan tendentes a la exaltación del compañerismo rural en detrimento de un determinado egoísmo urbanita. Afortunadamente, esta sensación es leve ya que, con muy buena mano, el realizador la esquiva con la ayuda del lenguaje documental (el episodio de la electricidad) y de una reflexión interesantísima que traslada la acción del presente al pasado, del hoy a la guerra civil, para arrojar, así, luz sobre la cercanía en las relaciones personales dentro de los pueblos.

De esta manera, y a través de un potente monólogo, nos enteramos de que los habitantes de la zona tuvieron que ver cómo  sus familiares y amigos volvían de la guerra dentro de unos pequeños ataúdes que contenían sus cuerpos hechos pedacitos. ¿Establece Tanovic una conexión entre esos muertos fragmentados y la situación de la ex Yugoslavia? Parece que sí, que la potente idea baña esta película es la de que Serbia se desangra desde el estallido de un conflicto que no ha servido para mejorar las cosas a ningún nivel. Una buena lectura para un país, el nuestro, balcanizado y desnortado, donde ningún político es capaz de alzar la cabeza para mirar al pasado y diagnosticar un  posible futuro.

marco 75


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