Crítica

La noche más oscura – Kathryn Bigelow

posted by Marc Muñoz 3 enero, 2013 0 comments
Cacería fantasma

La noche más oscura

Las interioridades de la CIA han sido radiografiadas por cantidad de cineastas norteamericanos a lo largo de su vergonzosa historia. Durante la eclosión del cine político en los años 70’s, en un clima sociopolítico propicio ( la guerra fría), fueron muchas las cintas que relataron la guerra invisible llevada a cabo por espías norteamericanos en todos los rincones del globo, siendo sus versiones más agudas y críticas las que mejor resultado supieron sacar. Con la caída del muro, y una cierta calma en el mapa geopolítico, los esfuerzos de la agencia norteamericana durante ese período pasaron prácticamente inadvertidos por Hollywood. Sin embargo tras el fatídico ataque a las torres gemelas y la posterior guerra contra la hidra del terrorismo volvieron a cobrar relevancia sus deleznables actividades: Guantánamo, Abu Ghraib, torturas, prisiones secretas, drones selectivos, vuelos secretos, etc. Y con ello parece haberse despertado de nuevo el engranaje de la ficción norteamericana ávido de historias conectadas con la realidad más actual.

Como la que ha auspiciado el éxito de público y crítica de Homeland, ficción televisiva del canal Showtime que se acerca al lado perverso de la América post 11S, mostrando un país cegado éticamente por la guerra al terrorismo, quien ha entregado las llaves de su seguridad interna y externa a la CIA y a sus métodos beligerantes. Pese a la proximidad temática con la serie, el nuevo vehículo de Kathryn Bigelow se aleja sustancialmente del producto de Alex Gansa y Howard Gordon. De entrada porque La noche mas oscura rehúsa de acotaciones genéricas para implantarse directamente en la crónica de sucesos, los  que relatan la búsqueda incesante y la muerte de la cabeza visible de Al Qaeda, el Gerónimo de la baraja del terror.

La nueva película de la directora de Días Extraños recorre el largo recorrido que abarca esos diez años que transcurrieron desde los terribles atentados en la zona sur de Manhattan hasta la muerte de su responsable ideológico en Abbottabad, a través de las operaciones encubiertas realizadas por la agencia de inteligencia norteamericana. Una década mascada por el terror constante ante la amenaza de un enemigo incontrolable, apátrida e imprevisible, pero también por la asimilación del terrorismo de estado como herramienta justificada para terminar con esa lacra global, y que en realidad fue el alimento para nuevas cepas de odio.

Y en esas es precisamente donde se zambulle el filme de Bigelow ya desde el primer instante, mostrándonos un horrible interrogatorio en una de esas prisiones secretas de la administración Bush. Filmado sin paliativos, con la crudeza que la opinión pública descubrió tras destaparse las torturas del ejército norteamericano y de la CIA sobre los supuestos terroristas. Bigelow lanza desde el inicio su voluntad de recrear el estallido mezquino vivido durante ese período turbulento con toda su visceralidad y atrocidad, pero también con todo el distanciamiento moral y político.

Y tal como ocurriera en su premiada y anterior En tierra hostil, se centra en un personaje especial y notorio, como punto de vista único para relatar esos hechos. Si en En tierra hostil, Jeremy Renner interpretaba a un adicto la adrenalina incapaz de desvincularse del horror de Irak y su campo de minas, aquí se acerca a la personalidad de la joven agente de la CIA, excelentemente interpretada por la actriz del momento Jessica Chastain.  Maya es retratada como una persona obsesionada con la captura de un fantasma, de un ser casi mitológico. La agente personifica la sed de venganza de un pueblo americano herido, pero también personifica la pérdida de los valores éticos por parte de la Administración norteamericana, con su máxima de “el fin justifica los medios”. Maya encarna el temperamento gélido que le exige un pueblo y unos gobernantes sedientos de venganza, y carga con toda la responsabilidad de encontrar esa sombra oscura personificada en un solo hombre, pese a los contratiempos (los diversos atentados que infringieron las células de Al Qaeda durante esa década) y las trabas políticas y burocráticas con la llegada de Obama al poder, para intentar limpiar la mala imagen dejada por el anterior gobierno, y aún con un último escollo… los recelosos de su juicio y teorías.

Con esa tenacidad por concluir el trabajo de diez años, y mediante ese hermoso y emotivo plano final, Bigelow nos vuelve a presentar un animal herido y desafectivo, una agente tan ensimismada por su objetivo, por la búsqueda enfermiza de lo que parece ser un fantasma (apenas se refieren a él por su nombre, y en ningún momento de la película se muestra su aspecto), que pierde de vista su capacidad para disfrutar de las otras cosas de la vida. Y lo articula de un modo parecido al que David Fincher empleo en Zodiac, la crónica periodística como espejo obsesivo de personajes agarrados a una única verdad posible. También hay reminiscencias al estilo documental adoptado por Winterbotton en Guantánamo o In this World, pero sin la carga crítica y antiamericana de éste. O incluso, por su fidelidad ante los hechos y el realismo extenuante de sus imágenes, podría remitir también a la reciente, y también favorita para los Oscars, Argo. Pero a diferencia del filme de Affleck, Bigelow no requiere de artificios de guión ni ganchos emocionales para atrapar al espectador en su historia, lo suyo es un esfuerzo cinematográfico sin trampa ni cartón, directa y sin filtros.

La directora norteamericana decide mostrase reticente a implicarse emocionalmente en su último relato, ofrece alguna pequeña pincelada mediante los sentimientos que abordan al personaje de Maya, la cual cada vez se va creando una coraza emocional más impenetrable (en ese sentido se percibe en su totalidad el arco evolutivo del personaje), pero en ese aspecto, se mantiene fiel a su no posicionamiento sobre el horror que presentan sus imágenes. Algo que sienta bien a la pretendida frialdad de la película, a ese descenso por el hedor que desprenden las alcantarillas de la guerra sucia e invisible, ya que las imágenes hablan por sí mismas, como lo hicieron en su día las fotografías de Abu Ghraib

Puede que lo que se cuenta, para el espectador más informado y más conectado con Wikileaks, ya estuviera asimilado, pero aunque así fuese, la película de Bigelow ofrece muchas virtudes que invitan a subirse a su trayecto. Una de ellas, una dilatada y tensa secuencia que muestra con todo lujo de detalles la cacería nocturna al por entonces hombre más buscado del planeta, y que complementa de significado esta emblemática foto.

La noche más oscura denota la madurez de una cineasta, hasta hace poco encasillada en el cine de acción evasivo, pero que ha empezado a demostrar con sus dos últimas propuestas, que es algo más que una sólida realizadora. Tiene la técnica controlada, y cada vez incide en personajes más laboriosos que le permiten explorar historias atractivas, adictivas, con pocas fisuras, y sin necesidad de poner el dedo en la llaga o de crear un panfleto, simplemente acercándose al resultado de una severa investigación.

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