Crítica

La suerte de los Logan – Steven Soderbergh

posted by Alberto Varet Pascual 13 octubre, 2017 0 comments
Sombras tenues sobre la patria baldía

La suerte de los Logan

A grandes rasgos se puede dividir el trabajo de Steven Soderbergh en dos grupos: las películas grandes y las pequeñas. Las primeras tienden a ser ruidosas y ambiciosas en su intención comercial; las segundas, al contrario, prefieren mantenerse en un discreto segundo plano. Personalmente este crítico ha disfrutado siempre mucho más estas últimas, auténticas piezas de relojería capaces de atrapar una verdad americana a través de los detalles, sin necesidad de alzar la voz.

La suerte de los Logan vendría a formar parte de ese segundo grupo, pero mira en demasía el aspecto comercial. De modo que la propuesta se antoja un híbrido entre el costumbrismo yanqui magistral de Bubble y un Ocean’s Eleven en clave menor, todo aderezado con el tufo que desprende ese cine hollywoodiense a mayor gloria del norteamericano medio, tan encantado de conocerse a sí mismo en su provincianismo.

Así las cosas, resulta imposible que lo último del autor de Erin Brockovich pueda si quiera morder un poco. La bipolaridad de su obra afecta igualmente a la pegada de sus películas, y son sólo aquellas que no buscan un público las que están exentas de vanas complacencias. Aquí parece jugar a priori la baza más estimulante y crítica, pero la entrada de lleno en el cine de robos y la pastelada americana acaban por fundir cualquier atisbo de esperanza… o no.

Porque es precisamente en su naturaleza complaciente con la sensibilidad yanqui donde la cinta más se luce. De hecho, si La suerte de los Logan no se esforzara en ser una comedia (sobran según y qué personajes de pandereta), ni hubiera decidido abrazar sin arriesgar el citado género de robos, podría haber sido una de las más extrañas y sugerentes producciones del año.

Las relaciones familiares inquebrantables, la ruptura matrimonial entre dos padres y el nexo que forma con ellos una inocente hija fluyen bajo la aséptica puesta en escena marca de la casa y, sobre todo ello, se alza el Country Roads como un auténtico himno a una tierra baldía en la que las oportunidades sólo tienen el color del dinero. En una memorable interpretación infantil del tema de John Denver radica una emoción verdadera: la del amor a una patria que no deja de dar razones para no creer. Una resurrección, un gesto de fe es lo que filma Soderbergh, donde una mujer y el fantasma de un marido ausente se miran a través de las sombras como si fuera la primera vez en mucho tiempo.

Es, sin duda, el clímax de un film que, hasta entonces, había llevado con inteligencia su introducción para, más tarde, caer en las garras del déjà vu y la rutina audiovisual. Sólo la destreza de un realizador experimentado consigue que no te aburras demasiado con la historia llena de clichés de un Robin Hood a la americana.

Con todo, vale la pena lo nuevo del de Traffic. Por su tierno retrato norteamericano, por la manera en la que filma a unos personajes a los que cualquier otro director hubiera humillado, por la generosidad en los detalles de esas subtramas tantas veces mostradas en el cine o por su sensibilidad, siempre dispuesta a ahuyentar cualquier tipo de sensiblería… Pero, sobre todo, por ser capaz de introducir una crítica mirada en lo que parece a primera vista un inocente caramelillo comercial.

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