Crítica

La tortuga roja – Michael Dudok de Wit

posted by Marc Muñoz 18 enero, 2017 0 comments
Calma sanadora

La tortuga roja

Tras presentarse en sociedad con el corto ganador del Oscar, Father and Daughter, la figura artística de Michael Dudok de Wit quedó revalorizada hasta el punto de ganarse la oportunidad de levantar – con la ayuda financiera y asesora de Studio Ghibli, Wild Bunch y otras productoras – una ópera prima que cosechó el Premio Especial del Jurado en el Certain Regard del último Cannes.

Distinción más que merecida para este trabajo de nueve años capaz de provocar maremotos emocionales con el aleteo menos perceptible. Como su punto de partida:  un náufrago atrapado en una isla exótica con la única compañía de la fauna animal, hasta que un día una tortuga roja se cruza en su camino para abrirle una inesperada puerta.

A ratos como fábula sobre la relación entre el hombre y la naturaleza, a ratos como alegoría sobre el ciclo vital, La tortuga roja secuestra los nervios oculares a través de una disposición que convierte en virtud y fuente de placer la sencillez de su trama y el apaciguado y relajado transcurrir de ésta. Mediante un delicado y detallado trazo pictórico (en las antípodas de la sobrecarga lumínica y perfeccionista del grueso de la animación en 3D), ayudado por un inestimable trabajo de efectos de sonido y banda sonora, la película discurre sin necesidad de un solo diálogo, no solo como fomento de esa paz interna que parece guiar el ritmo de la obra y a sus personajes en esa encarnación del mito de Adán y Eva lejos del mundanal ruido, sino como la prueba palpable de una narrativa apegada a las imágenes,  como a la intensa emoción que éstas dejan brotar.

Aún más extraordinario resulta la facilidad con la que el relato permite anexionar compases oníricos, momentos de fantasía majestuosos, que en lugar de acercar la película al precipicio, fluctúan con pasmosa naturalidad, aumentando la atención sobre una narración que avanza a través de estos cambios imprevistos, o bien por los azotes inesperados de una naturaleza incontrolable, e inmutable a un paso del tiempo que sí altera a los protagonistas.

Un sueño romántico mágico, una alegoría panteísta preciosista, ambas construidas sobre la base de una emocionalidad que de la mínima expresión formal y narrativa sonsaca el máximo valor expresivo. Trabajo tocado por la varita laboriosa del animador belga cuyo efecto en el espectador refinado y paciente son 90 minutos de pura abstracción, la que provoca la exploración de esa isla en compañía de figuras animadas tan humanas y reales. Un filme que captura la caligrafía sublime de la factoría Ghibli para darle un barniz europeísta dotado de una madurez y un realismo que añade una capa de adhesión extra en la retina del que asiste encandilado a los múltiples encantos de esta maravillosa pieza animada.

8

 


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