Crítica

Las golondrinas de Kabul – Zabou Breitman, Eléa Gobbé-Mévellec

posted by Marc Muñoz 20 febrero, 2020 0 comments
Horror talibán

El cine como contraprograma a los regímenes salafistas, o a comunidades de semilla radical, ha tenido tanto un carácter de resistencia – ante la imposibilidad por variar el status quo, al menos poder denunciar las injusticias que se perpetran en su seno -, como de escotilla respiradero para los que han vivido de cerca sus horrores y sinsentidos. Si bien un número considerable de cineastas y novelistas se han enfrentado en primera persona desde Jafar Panahi, Farhadi, a Bahman Ghobadi, también hay quienes han optado por suavizar el choque a la hora de retratar las injusticias en presente continuo de sus realidades cercanas mediante la elección de la animación para encauzar sus relato. En la misma tradición que Persépolis o Vals con Bashir, llega ahora Las golondrinas de Kabul, basada en la novela homónima de autor argelino Yasmina Khadra.

Su historia se ambienta en el verano de Kabul de 1998. Mientras medio planeta se aboca sobre las hazañas deportivas de la selección francesa en el Mundial, la capital de Afganistán vive bajo el yugo talibán. Allí, una pareja de jóvenes enamorados, pese al clima de opresión, asfixia y coerción demencial de libertades, sueñan con un futuro mejor. Sin embargo, un gesto accidental, los evoca a un giro irrevocable.

Zabou Breitman y Eléa Gobbé-Mévellec transforman ese material de la novela en un cine de animación para adultos alrededor de la barbarie de los radicalismos. Uno que en el caso se manifiesta en una dictadura misoginia, en el que la mujer se ve reducida a la no identidad, a la silueta deshumana de la burka; regímenes tallados por la intolerancia a todo lo que cuestione o se escape del pensamiento único. Y en esa esterilla que abrasó a la sociedad afgana durante años, irrumpe esta noble pareja, resistente en su vida doméstica, torpe y temerosa en su vida pública, y desgraciada en su suerte. De hecho hay un paralelismo obvio en el miedo y el rechazo que causa la divergencia de esta pareja con el matrimonio que captura la lente de Terrence Malick en Vida Oculta. Ambas cuestionan la deriva político-moral de su situación, si bien, unos se aferran a la posición tomada, otros se entorpecen por el temor por salvaguardar las intransigentes normas. Así la obra parece dignificar el amor como la única arma (inerte, eso sí) para combatir la barbarie de los desalmados. Aunque no queda demasiado bien expuesto en personajes clave de la historia; el cambio de actitud tan atrevida de un carcelero, incapaz de un gesto de cariño o agradecimiento para su moribunda esposa, pero decidido a cambiar el signo de fatalidad de la joven presa. Es ahí donde la película falla en dar sentido a los atajos morales de sus personajes. Aunque compensa sus deficiencias con ese trazo de acuarela sencillo y delicado, como una opción más digerible para entrar en la barbaridad y la desolación que captura. Un velo que permitirá su visionado entre un  público más amplio, y lo logrará sin perder el elemento poético inherente en toda la obra (el canto de las golondrinas como última ligadura con la libertad).

Las golondrinas de Kabul se manifiesta así como una de esas obras que conjugan la tristeza de lo que relata con el placer estético de su forma. La angustia, el dolor y la rabia de lo que cuenta combinada con la belleza de cómo lo expone.  Una pesadilla hermosa.


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