Crítica

Las mil y una noches: Vol.3, El embelesado – Miguel Gomes

posted by Alberto Varet Pascual 16 junio, 2016 0 comments
Actitud Rock ‘n’ Roll

las 1001 noches el embelesado
Finaliza la trilogía Las mil y una noches con El embelesado, y Miguel Gomes sigue sin dar síntomas de fatiga creativa, aunque ciertos pasajes puedan recordarnos, de nuevo, a lo que otros autores hicieron antes.

Como ocurría con las dos primeras entregas, este tercer volumen poco se parece a lo visto anteriormente. Aquí la división interna del metraje no está tan marcada, y presenta (por fin) a Sherezade en la piel de la excelente y muy sexy Crista Alfaiate. Su personaje será el faro que guíe a un barco que no deja de bascular en su metraje entre el documental y la ficción, pues no se trata esta vez tanto de cimentar el típico híbrido entre géneros como de forjar un objeto cinematográfico mucho más estimulante que nos lleve de un lugar a otro sin que podamos libremente hacer pie. Sin duda, el mayor punto de interés de la propuesta: que el ejercicio narrativo que tenemos ante nuestros ojos sea, en sí mismo, un reflejo de nuestro mundo a la deriva.

Sherezade pretende dar luz al sinsentido (Miguel Gomes eligió Las mil y una noches por su condición de narración delirante e inabarcable) a través de su humanidad, de su amor, de su físico, de sus gestos… pero algo se escapa constantemente. Las imágenes no son lo que parecen ser, y diversos textos sobre ellas las corrigen, amplían, voltean o ponen en crisis. Un territorio similar al transitado por el último Godard. También por el Werner Herzog de Lessons of Darkness. Un universo, sí, repleto de ambigüedades cargadas por el mismo diablo. Como el que pinta Malick en Knight of Cups, pero que aquí privilegia la palabra escrita para dar cuerpo a un complejo discurso político que trate de explicar lo inefable.

La misión de Sherezade, al igual que la del director, es, claro, imposible, y la obra, de naturaleza incontenible, se ve obligada a navegar entre bravas aguas de la forma más arriesgada. No obstante, es ahí, en este concepto de film-barco, donde El embelesado se despega de los trabajos de Pedro Costa, Albert Serra o el citado Herzog a los que remite. Y lo hace con una vocación por el riesgo tal que coloca sin miedo a la embarcación al borde del descalabro. Especialmente en la larga duración del que es, probablemente, el momento más extenuante del conjunto: un concurso de canto de pájaros que funciona cual alegoría de una atmósfera social en la que los políticos andan más pendientes de cantar la palabra para no decir nada que de levantar el país.

Pero que nadie se asuste, pues, con todo, esta última entrega de Las mil y una noches cierra con alta nota la catedral de autor construida por Miguel Gomes y, además, desvela con una gracia inusitada la naturaleza suicida del conjunto: el de Tabú, como Sherezade, podría estar una eternidad contando capítulos de la tragedia que hoy vivimos, ya que, desgraciadamente, ésta no tiene fin.

¿Mas no es éste el sentido final de la obra?, ¿el de mostrar la obligación que tiene el cine de dar siempre cuenta de un estado de las cosas, por muy difícil que sea, pues, aunque no pueda cambiar una situación global, sí puede hacernos ver donde no veíamos, anticipar una mirada o rebelarse, a su modo, frente a lo que es injusto? El cine, entonces, como una actitud Rock ‘n’ Roll. Justo lo que Miguel Gomes clamaba antes del pase de cada una de sus películas en el Festival de Cannes de 2015.

8,5


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