Crítica

Le Havre – Aki Kaurismäki

posted by Manel Carrasco 31 diciembre, 2011 0 comments

Le Havre (Finlandia)

Aki Kaurismäki se ha ganado a pulso su condición de cineasta de referencia. Bueno, quizá más que a pulso, se la ha ganado a grandes trancadas, o a peso, o directamente a porrazos, porque su cine es tan reconocible como incontestable, tan honesto como intransferible. En realidad, su filmografía tiene la característica, casi privilegio, de construir el mapa imaginario de una nación. Como Berlanga o Almodóvar en España, como la Nouvelle Vague en Francia, los neorrealistas en Italia o Billy Wilder (que era austriaco) en los EEUU, Kaurismäki nos transmite una visión de su país que, a falta de otra mejor, queda impresa en la mente de todos. Porque seamos honestos: ¿Quién que no haya visto una o varias de sus películas no se imagina Finlandia de este modo? ¿Quién no piensa en hieráticos cuarentones en bares de colores deslucidos? ¿O en una clase media-baja que sobrevive a base de un sordo estoicismo y un punto de humor negro? ¿Quién no piensa en un país poblado de personajes tan peculiares como merecedores de nuestra simpatía? Pues les voy a dar un chasco: Finlandia no es así, o al menos no lo parece a juzgar por Le Havre, el nuevo trabajo de este realizador en el que (¿lo adivináis?) hay bares deslucidos, simpáticos personajes al límite de la precariedad, y un ambiente general de decadencia que no esconde cierta mala uva. El problema es que está ambientada en Francia, en la población del título, o sea que de Finlandia nada de nada. Quizá no sea como la pinta Kaurismäki. Habrá que buscar un vuelo e ir a comprobarlo…

Bueno, está bien, puede que no sea la primera vez que este buen hombre sale de su país; pero una vez su carrera está bien asentada, suena en los medios y hasta se fijan en él en los Oscars, Kaurismäki vuelve a Francia para retomar a uno de sus personajes: Marcel Marx, escritor frustrado, bohemio atávico, reciclado en limpiabotas en el puerto comercial de Le Havre donde vive con su mujer y comparte sus días con un pequeño arrabal de comerciantes sencillos y bien avenidos. Un día, sin embargo, se produce una doble crisis en la vida de Marcel: su mujer enferma, y un joven africano, prófugo de inmigración, aparece en su vida y se instala en su casa. Y así las cosas, el honesto limpiabotas opta por encargarse de que el chaval llegue a su destino, aunque para ello tenga que esconderlo de la policía y lograr el dinero para embarcarlo a Inglaterra. Pero Marcel es un hombre de recursos, tiene la fortaleza del hombre sencillo, y si encima cuenta con la ambigua complicidad de un atípico policía, hasta puede que llegue a buen puerto. Y ya puestos, así mata el tiempo mientras espera que su mujer vuelva del hospital, ignorante de que la situación de ella es más grave de lo que dice.

Sobre unos personajes de tintes bressonianos Kaurismäki despliega un relato que bebe de los mejores elementos del universo del realizador y los traspasa al marco del cine social y reivindicativo. El cineasta finlandés nunca ha rehuido el análisis de la sociedad y sus enfermedades, pero nunca como en Le Havre se había hecho tan explícito este discurso, movido por una crisis de los valores europeos que lo saca especialmente de sus casillas. Así pues, su nueva película lo emparenta con la tradición social británica, y en mayor medida con el cine de Robert Guédiguian, sus paisajes portuarios (Marsella por Le Havre) y por el uso de personajes de clase baja menos dados a verbalizar la reivindicación que sus colegas del otro lado del canal de la Mancha. El cásting de Jean Pierre Darroussin, excelente actor francés habitual de Guédiguian, es una guinda en estos universos parejos. Sin embargo, Kaurismäki no solo no pierde su voz propia sino que la reafirma con una narración coherente con su filmografía, casi un paso adelante que constata que puede salir más que airoso de su incursión en un género tan delicado, tan difícil de hacer bien y con referentes tan marcados.

Kaurismäki saca oro de la piedra. Nadie como él (salvo Bresson, y no siempre) logra exprimir tanta vitalidad a unos personajes que muestran tan poco. El salto mortal es arriesgadísimo, y lo repite en cada trabajo: Cuanto más extrema es la situación, a mayor tensión dramática, mayor es la inexpresividad que destilan sus protagonistas. El contraste funciona a la perfección, logra una sensación de extrañeza y de alienación que reman a favor de la historia, y permite que la conexión con el espectador se produzca por la delicadez y el respeto con que trata a sus personajes y a sus vicisitudes. Bajo una luz agobiante, de aquellas que tamizan el norte de Europa, vemos a Marcel, al joven Idrissa, a Arletty y al resto de los personajes tejer una narración de aparente sencillez, fundamentada en el principio de solidaridad del hombre de a pie. El triunfo, uno más, es lograr que sea creíble, que de un planteamiento naíf y un poco zumbado surja la verdad del relato, sólida y bien cincelada, un auténtico orgullo para cualquier contador de historias.

Y para el que tenga ganas, Kaurismäki disemina por todo el relato algunos de sus tótems culturales, recogidos en pequeñas menciones dedicadas a quien se entretenga en buscarlas. Eso, y el retorno a su mundo de un viejo amigo de la Nouvelle Vague: Jean-Pierre Léaud, nuestro querido Antoine Doinel, envejecido (y más gordo) pero aún con esa mirada inquieta, profunda e inteligente de sus años mozos.

¿Defectos? Los hay para el que quiera encontrarlos, especialmente en la figura del policía que interpreta Darroussin, vestido como en un polar de los 70 pero falto de un poco más de matices. Pero ¿qué queréis que os diga? El conjunto se resiente tan poco de sus problemas que éstos son prácticamente una anécdota. Y tras una carrera en festivales de medio mundo, nominación al Globo de oro (y ya veremos en los Oscars), poco se puede decir que no sea positivo. Kaurismäki ha vuelto, y puede que Finlandia no sea como la pinta, pero qué bien pinta este hombre…

marco 75


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