Crítica

Leto – Kirill Serebrennikov

posted by Marc Muñoz 23 abril, 2019 0 comments
Rock aprisionado

LETO poster

El director ruso Kirill Serebrennikov, quien sigue en arresto domiciliario tras ser detenido en los últimos días del rodaje de la película que aquí ocupa, ha ganado capital como uno de los autores preeminentes de la actual cinematografía rusa. Dio un paso más decidido en ese sentido con Leto, compitiendo en el último Cannes por la palma de Oro.

Su film centra la lente en la escena roquera del Leningrado de los años 80. En ese escenario, un joven músico, Viktor Tsoï (quien se convertiría en líder de Kino), influenciado por T-Rex y David Bowie, se intenta abrir camino musicalmente con el padrinazgo de otro roquero de renombre en la escena roquera rusa, Mike Naumenko. Aunque el eje dramático queda establecido entre dos planos. Por un lado, el triangulo amoroso que se establece entre los dos músicos y la esposa del más asentado, y por el otro, el anhelo libertario de la comunidad roquera del Leningrado de los 80 bajo el yugo comunista.

Si bien el foco romántico y su encaje dramático en los personajes transcurre sin pena ni gloria (la frialdad de esa zona geográfica, no favorece la química del trío protagonista), es el segundo foco donde Serebrennikov sonsaca lo mejor de su obra. Bajo ese inamovible blanco y negro con el que la consciencia colectiva mantiene el recuerdo de la época previa a la Perestroika, el director ruso convierte con inteligencia sus observaciones del pasado de su país en reflejos símiles de la Rusia de Putin (la privación de libertad del propio director es el signo más irrefutable). Pero la suya no es una mirada vengativa o rencorosa. Sus imágenes capturan esas bolsas de libertad en contextos opresivos. Músicos y artistas buscando grietas en una realidad gris, incómoda, alienada y hasta ridícula. Y en esa aproximación, la obra rezuma destellos de ese espíritu fraternal, colaborativo y de ilusión pese a las adversidades dispuestas por el sistema.

De hecho, la película alcanza sus cotas más altas cuando desenvuelve sus imaginativos números musicales. Versiones de clásicos del rock, vetados por el régimen comunista, y que se representan como paréntesis de irrealidad (como recalca uno de los personajes cada vez que irrumpe en pantalla, rompiendo la cuarta pared para enfatizar el “Esto en realidad no ocurrió”). Algunos espectadores verán en estas versiones en ruso de clásicos de Bowie, T-Rex, Iggy Pop, David Byrne una modernidad vacua, un sobresalir bajo una forma llamativa, Pero en realidad, Serebrennikov utiliza estos parajes musicales singulares para reafirmar el tema central de su película, esa privación de poder escuchar a los iconos del rock anglosajón, y como aún así, bajo esas condiciones, fue posible un clima que daría pie a la escena roquera de Leningrado. Una imposibilidad para experimentar la plenitud roquera que queda rota por esta pusta en escena rompedora que, a su vez, se leen como intervalos de escapismo para unos personajes atrapados por las inclemencias de la Unión Soviética.

Inteligentes apuntes, resueltos con brillantez e ingenio, que aumentan el interés sobre un relato de una juventud de sueños sofocados por el régimen soviético, y que, incluso bajo esas circunstancias, encuentran oxigeno en la actitud roquera y en el rock de la clandestinidad.

 

7


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