Crítica

Licorice pizza – Paul Thomas Anderson

posted by Marc Muñoz 3 febrero, 2022 0 comments
Burbujeo en travelling lateral

Licorice Pizza

El amor, el genuino, el puro, el imposible de conservar al vacío, ha sido resuelto en pantalla por los grandes directores como corresponde: como un halo escapista ante la imposibilidad de retenerlo en el tiempo, como mínimo, en su máximo nivel. Una fuga que suele volverse en fuerza motriz y dinámica de acción para los personajes involucrados en tal menester sentimental. Así lo captó con memorable puntería formal Leo Carax (y Noah Baumbach en su posterior homenaje al francés), y ahora un Paul Thomas Anderson que recupera el travelling lateral  para capturar las idas y venidas de sus enamorados, fijando ese movimiento de cámara como principal unidad métrica de este joie de vivre contagioso que ha decidido colocar, bajo el nombre de Licorice Pizza, en lo prominente de su filmografía.

Ahí clava el director de Magnolia la brújula emocional de su último relato: el de dos jóvenes (él un actor adolescente espabilado y emprendedor, ella una joven veinteañera entorpecida en su tránsito a la adultez) engrescados en una historia amorosa de tira y afloja, de soplos visibles y ocultamientos fastidiosos. Y lo lleva a cabo en el contexto angelino de la década de los 70. Donde el autor estadounidense levanta su decorado para dar cobijo a su apasionante relato romántico. Edificando, de paso,  una ajustada crónica urbana de la ciudad angelina en tiempos de cambios (no los suficientes), convulsiones históricas y lugar de recreo del viejo  Hollywood, pero también escenario de esa nostalgia que alude ya con el mero uso del celuloide en 70mm y a la que busca transportar al espectador.

PTA no solo propone una travesía prodigiosa sobre los vericuetos del amor, sus señalizaciones confusas, arbitrarias y caprichosas, sino sobre el pulso vital de una ciudad durante un tiempo irrepetible para sus personajes, el del burbujeo hormonal, pero también el de la propia urbe californiana en plena fiebre de los 70’s, donde aún colisionaban dos mundos (antagónicos), e incluso sobre un cine pretérito de enorme carga nostálgica entre la cinefilia resistente, donde se ubica uno de los pocos autores que no han saltado al formato serial ni se han dejado seducir por las grandes plataformas del streaming.

La última obra de Anderson está plagada de guiños cinematográficos, e incluso de metaguiños a su propio universo, el pergeñado  desde que se postulara entre los grandes de Hollywood con Boogie Nights. Algunos de estos resultan incuestionables. Como esas añoradas marquesinas en los cines anunciando la última de Bond. O secuencias que emulan episodios míticos del séptimo arte con actores de la vieja guardia de Hollywood, como el Jack Holden al que da vida un recuperado Sean Penn que no es más que la reencarnación de William Holden. O bien el personaje de Jon Peters, peluquero y novio por entonces de Barbara Streisand interpretado por un Bradley Cooper desatado. El propio protagonista está inspirado en un actor infantil amigo de PTA, o la propia Lucile Doolite que no es más que el trasunto de Lucile Ball en la ficción. Hay mucho más agarre para la cinefilia en los fotogramas de Licorice Pizza. Generando una especie de curioso díptico de la trastienda de Hollywood con Érase una vez en… Hollywood.

Hay también en cierto modo una comunión familiar con su propio universo expresado mediante la elección de un casting excepcional. Empezando por la dupla protagonista, dos talentos que deberían asentar su carrera interpretativa mientras les llueven premios revelación, y que el autor de El hilo invisible podrá congratularse de haber introducido al cosmos cinematográfico. La propia Alana Haim, vocalista y músico de la banda HAIM – cabe recordar que Paul Thomas Anderson ha dirigido buena parte de la producción clipera del trío angelino -, acompañada por el resto de hermanas músicos y de sus propios padres. Al otro lado del espectro amoroso se halla Cooper Alexander Hoffman, hijo del fallecido Phillip Seymour Hoffman, uno de los actores claves en la filmografía del californiano. También la presencia de Tom Waits en un papel que parece cruzar a Hunter S. Thompson con una imagen paródica de sí mismo. O la presencia testimonial de George DiCaprio, padre del famoso actor que jugó un papel como cómico en la ciudad californiana en la época en que se ambienta el film y que aquí goza de un pequeño cameo, es otro de los múltiples easter eggs que evidencian los homenajes velados y no velados que ofrece el visionado.

Pero si por algo endulza retinas y encandila la última obra del autor estadounidense es por el magnetismo que transmite la pareja protagonista y como ello electrifica la corriente rítmica de su visionado. Una química, que los une y separa, y que resulta irresistible. Alana en su choque con un mundo adulto misógino y decepcionante, buscará consuelo en la personalidad pura, entregada y honesta de Gary. Ambos acaparan las miradas desde el primer y último fotograma, tanto en fugas adelante como atrás, solo estáticos ante la decepción o la derrota. La pareja, a través de miradas, sonrisas, guiños, vaciladas o muecas, transforma el celuloide en la viva expresión del torbellino emocional de la época (vital y temporal) que se retrata. Esa explosión hormonal compuesta por altibajos emocionales que Anderson captura como muy pocos son capaces; con un tapiz musical revelador y memorable (el uso de las canciones originales como la banda sonora del habitual Jonny Greenwood), pero también con el formato elegido, la intachable ambientación, o la maestría en los encuadres y la dirección en general.

Licorice Pizza se erige así como una celebración total. Una oda al cine, al valle de San Fernando, y a un tiempo y un burbujeo vital irrecuperable – ahí marca algunos paralelismo con parte de la obra de Richard Linklater, otro autor obsesionado por el tiempo y el placer nostálgico que brinda el cine-. Una mirada al pasado que, si la de Tarantino en Érase una vez en Hollywood  reescribía el pasado como sentido homenaje a los relatos cinematográficos de antaño y a sus secundarios olvidados, aquí la recupera en su máximo fulgor para reivindicar tiempos mejores, los que acompañan al espectador una vez abandonada la sala de cine. Como solo pocos elegidos consiguen, especialmente en estos tiempos de consumo volátil.

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