Crítica

Los descendientes – Alexander Payne

posted by Marc Muñoz 19 enero, 2012 0 comments

Indefinición

Los descendientes

El director norteamericano Alexander Payne llevaba siete años alejado de los visores de una Arriflex, (si descontamos ese epílogo para Paris, je taime) Largo periodo que separa la divertida y fresca Entre copas de esta Los descendientes. Por el camino, Payne ha estado distraído con labores de producción (la serie Hung para HBO, ente otros menesteres), y con tanta inactividad parece haber perdido potencia en su pulso como cineasta.

Si Entre copas era un desacomplejado viaje de dos hombres en plena crisis de la mediana edad, llena de buen vino, ratos simpáticos (a ratos muy divertida), y que lograba sacar magia de la naturalidad de su discurso, este Los descendientes propone otro viaje, de raíz más dramático, cubierto por sedas más pretenciosas,  de alcance más inexacto y con un recorrido mucho más desigual.

Basada en una novela de Kaui Hart Hemmings,  la trama de Los descendientes se asienta sobre una sencilla premisa…la mujer de Matt King sufre un accidente que la deja en coma. Mientras él intenta superar el trance con sus dos hijas, descubre que su mujer le había puesto los cuernos. Es entonces cuando emprende un viaje de catarsis / venganza para aliviar el dolor mientras se debate si vender a un postor un gran terreno virgen heredado desde hace generaciones.

Definido por algunos como la gran mirada tragicómica del cine norteamericano contemporáneo, Payne transita de nuevo por el complicado equilibrio entre drama y comedia para armar su última propuesta.  Sin embargo en esta ocasión el tono prevalece indefinido durante buena parte del metraje, mientras que en otros fragmentos resulta ineficaz.

A diferencia de Entre copas, y dada la propia naturaleza de la historia, el director de Election se mueve aquí más ágil y natural en el campo dramático con esas escenas del hospital, la respuesta emocional que ejerce todo el asunto en el personaje de Matt o en el de sus hijas, y que tiene uno de los instantes más emotivos y brillantes en la secuencia de la piscina cuando la hija se sumerge  en el agua al enterarse de las malas noticias que le lanza su padre.

Sin embargo, la película va saltando de episodios de calado triste a otros más dispersos y aparentemente cómicos con los que se pretende aligerar el peso dramático, y de paso, dotar de ritmo y diversión a la cinta. Ni lo uno, ni lo otro,  mucho menos, lo último.

La incursión de ciertos personajes dibujados con imprecisión, de dimensionalidad inexistente, que más que aportar, zancadillan la historia (comentarios referidos al irritante comportamiento de Sid en los primeros minutos), y que dan cancha a situaciones disparatadas, inconexas con el tono por el que transitaba la película (como por ejemplo la secuencia de Sid burlándose de una vieja con alzheimer o los ataques verbales fuera de lugar que tiene en la habitación de un hospital) y que como resultado vincula la obra (al menos durante algunos momentos) con el espíritu desbocado de los Farrelly más que con los maestros del humor del cine clásico.

Ese irresuelto asunto de impregnar con el tono adecuado a la historia termina por desvirtuar el efecto pretendido y por afectar la atención sobre la misma. Es algo que traspasa los límites de la historia para salpicar el propio dibujo de los personajes. El personaje que interpreta George Clooney pasa de un viaje catártico a uno de exploración interior, en que la situación vivida, el propio paisaje como pseudo personaje, y el asunto de la venta de los terrenos, se desvelan como las claves lumínicas que le revelan grandes asuntos de la vida,  la nimiedad de otros, y con el consecuente ajuste en la balanza de prioridades sobre la vida que le provoca todo junto. Manido tema con el que se pretende dar un impulso autoral a un argumento desfallecido por la escasez de momentos y/o situaciones brillantes.

Resulta más interesante toda la reflexión,  expresada en propia voz en off por Matt King en los primeros instantes, sobre la desmitificación de Hawaii como lugar paradisíaco, de descanso y felicidad perpetua que el propio hueso temático del filme.

No ayuda tampoco para llevarse un grato recuerdo, el dibujo grueso con el que Payne aborda ciertos personajes que ni arraigan dentro del propio argumento, ni dan muestras de la supuesta empatía, y lo que es más grave, resultan muchas veces incoherentes, y con ello, desempeñan acciones difícilmente creíbles. Es el caso del amante de la mujer y toda la secuencia que tiene lugar en su residencia de vacaciones, o de la hija adolescente de Matt, que pese a estar bien interpretada por Shailene Woodley, presenta un cambio de actitud algo desajustado. Como tampoco la molesta e omnipresente música hawaiana que subraya casi la totalidad de las escenas de la cinta.

Sinceramente… Los descendientes no termina de ser una obra fallida, tiene ciertos parajes dramáticos efectivos y George Clooney aborda con exigencia su papel. Pero ni mucho menos es esa película que están encumbrando a base de premios, nominaciones, críticas de elogio y demás, con las que se pretende darle fuelle para que compita con The artist en la próxima edición de los Oscar. Por su parte, a su director Alexander Payne aún le queda mucho que demostrar para llegar a tutearse con Billy Wilder, con quien algunos  han querido comparar con motivo de su última película.

Los descendientes se autodefine a si misma con esa secuencia con la que cierra, donde vemos a los tres personajes principales sentados en el sofá mirando la tele, montado como un plano-secuencia dilatado que pretende recoger las caves resolutivas de la historia en clave emocional, pero de la manera en que está contado, y organizada su puesta en escena, así como el alargado tempo, desprenden ínfulas de obra mayor, de alto calado en materia cuando en realidad ésta brilla más por su ausencia. En un marco parecido, Sofia Coppola lograba evocar muchas más sensaciones y estados de ánimo, que a su vez podían llevar o no a la reflexión, con ese plano de esa hastiada estrella de Hollywood  tirada en su fría habitación de hotel mientras consumía con desgana una cerveza iluminada por los rayos catódicos. Dos maneras de entender el cine, que pretenden agrupar bajo una misma etiqueta.

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