Crítica

Los miserables – Ladj Ly

posted by Marc Muñoz 21 noviembre, 2019 0 comments
Tensión vertical

La banlieue ha sido históricamente un campo de adobo para el cine social francés. Distintas miradas humanistas han traspasado sus límites bajo distintos prismas cinematográficos: el relieve rabioso y generacional de El odio (Matthieu Kassovitz), la denuncia subrayada de Jacques Audiard en Dheepan (inflada Palma de Oro); la fibra social de proximidad de Mehdi Charef en El té en el jardín de Arquímedes, la acción ensordecedora de Distrito 13, de Pierre Morel. Una lista más extensa a la que se suma, desde este año, Los miserables, ópera prima de Ladj Ly y candidata de Francia para los Oscar.

La obra de Ly arranca con una secuencia a modo de prólogo desconectado por trama (que no por temática) alrededor de la multitudinaria celebración con motivo del último mundial de fútbol ganado por la selección francesa. La expresión máxima del éxtasis causado por el opiáceo más popular que, durante minutos y horas, desdibuja la división de clases y razas (tan estrechamente ligado) del país vecino. Imágenes de júbilo compartido que ponen de relieve, mediante el contraste que seguirá, esa falsa multiculturalidad ejemplar que se escenifica en los campos de fútbol de primer nivel bajo los diques de contratos millonarios. Roto el espejismo, el film pasa a la tormenta.  Por corte, la cámara se infiltra, a través de la mirada de un nuevo agente que ingresa en una unidad policial, en las barriadas más empobrecidas del extrarradio parisino. Así, a lo largo de poco más de una jornada, la cinta centra sus esfuerzos en retransmitir los conflictos y la tensión lacerante entre los cuerpos policiales y “los miserables” del sistema. He aquí otro de los aciertos de la película: la cadena de transmisión centenaria de los explotadores y los sufridos que se remonta hasta la novela de Victor Hugo, de quien no solo toma prestado un epígrafe y el título, sino el lugar geográfico donde acontece buena parte de la acción.

Una que queda encarrilada en los esquemas del policíaco de iniciación explorados por Training Day, o, más lejos en la línea temporal, por Colors. En ese sentido, Ly debilita su universo cinematográfico apoyándose en los arquetipos del poli bueno (el nuevo aún no corrompido por el sistema), el malo (el que se aprovecha de su posición de fuerza), y el que se debate entre los dos. Cierta simplicidad que pesa a la hora de articular un drama criminal que acelera los arcos dramáticos de sus personajes en su paseo por esta olla a presión suburbial, la misma que explota de vez en cuando, y no solo en Francia. Así la acción principal se traslada en el impacto que causa la presencia policial y su brutalidad inmune contra los desvalidos del sistema, especialmente entre los más jóvenes, esos adolescentes atemorizando a adultos propios y extraños. A través de una cadena de hechos desafortunados, la tensión en las barriadas aumenta hasta el punto de poner la vida de los agentes de policía en peligro como testifica el brutal y agresivo desenlace, con imágenes que avivan, irremediablemente,  otros conflictos actuales del globo y de la iconografía que se transmite de estos. Todos ellos (los reales y los ficticios) compartiendo una virulencia y agresividad, en este caso, la de los apartados del ascensor social, que ya fue retratada en los fogonazos audiovisuales de Romain Gavras ( a quien no extraña ver en los agradecimientos de los títulos de crédito). Aunque Ly no va tan lejos en su espectacularidad del conflicto racial y social que azota las calles sin adoquinar del país vecino, ni en emplazar la acción al primer plano, de hecho, se diferencia de las referencias mencionadas (especialmente las norteamericanas), con una fidedigna recreación de esos ambientes callejeros desatendidos y de los conflictos, costumbres y rutinas que se reproducen entre las distintas etnias que viven en esa despedazada pecera de frágil equilibrio interno. De hecho, expone conflictos, calamidades y desajustes que no son muy distintos a los planteados por Kassavoitz en su filme y a las de otros cineastas que le antecedieron en el retrato del pulso emocional de esas zonas urbanas.

Porque el verdadero conflicto que remueve a los personajes no es otro que el golpea buena parte de la actualidad, y que se refleja en, algunos de los filmes más cacareados de la cartelera del curso. Una brecha social en que los desfavorecidos y desvalijados se enfrentan con violencia y desespero contra el brazo ejecutor (conscientes estos o no de ese papel) de ese sistema que los arrincona. De ahí la importancia y brillantez del escenario y la puesta en escena elegida para la secuencia final. Si Bong Joon-ho utilizaba la puesta en escena como condimento crítico y apunte parabólico en Parásitos (desplazando el eje horizontal utilizado en Snowpiercer al vertical), Ly reproduce su esquema pero en este caso, entre dos agentes enfrentados desde el escalafón bajo de la pirámide, los desheredados, y sus más vulnerables piezas del futuro próximo, y los que actúan de barrera de contención para que los gestos de desespero y atención no incomoden a las clases pudientes. Los miserables se reivindica de este modo como un drama sólido y realista en su puesta en escena, y con un interesante discurso conectado con nuestro presente. Una tensión dramática que se aborda con la intensidad propia de los reflejos perennes e inflamables de nuestro mundo.

 


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