Crítica

Los Miserables – Tom Hooper

posted by Manel Carrasco 25 diciembre, 2012 0 comments
Una revolución caduca

Los Miserables

Entre todos los tópicos que configuran el mapa mental del cine contemporáneo el de la falta de ideas de Hollywood es uno de los más socorridos. En nada ayuda a acabar con semejante prejuicio que temporada tras temporada nos bombardeen con la enésima saga adolescente, la consabida aproximación al género fantástico o la siguiente comedia de Nancy Meyers (de esas que tienen el cartel promocional dividido en dos o tres segmentos horizontales y títulos de la singularidad de “¿Qué pasaría si…?” “Nunca es demasiado tarde” o “Siempre triunfa el corazón”). Para algunos de los que nos negamos a considerar que el cine norteamericano haya perdido su chispa el problema se revela con otro rostro: más allá de la falta de innovación, de buenas ideas o de capacidad de riesgo, Hollywood sufre una crisis de identidad galopante.

Tras el puñado de autores surgidos en los 70, los blockbusters y el cine de productor de los 80, la irrupción del indie en los 90 y el trauma de un nuevo orden en los albores del siglo XXI, la industria norteamericana tiene un ojo puesto en innovaciones técnicas de cuestionable solvencia (y en el caso del 3D, más bien viejunas) y un retorno a modelos narrativos fiables, conocidos, cómodos incluso, pero en absoluto clásicos. Y aquí es donde entra Los miserables (Tom Hooper, 2012).

Cuando Tom Hooper recogió el Oscar por  El discurso del rey (2010) la Academia norteamericana no estaba premiando tanto a un valor de futuro como a un profesional solvente, bregado (y muy bien, por cierto) en el terreno de la televisión y con cuatro películas a cuestas que revelaban su capacidad de entregar productos correctos, agradables cuando eran necesarios y casi irreprochables desde su planteamiento. También era el director de The Damned United (2009), quizá la mejor película sobre el mundo del futbol realizada hasta la fecha.

Con estos antecedentes Working Title y Universal le encargan una nueva versión de Los miserables de Víctor Hugo, uno de los grandes referentes de la literatura mundial, que resuena en la mente de los lectores desde hace más de un siglo. Aunque para ser más exactos la propuesta de los estudios consiste en adaptar el musical de Schönberg y Boublil sobre las aventuras de Jean Valjean. Un valor seguro, éxito incontestable y perenne de Broadway, del West End, de la Gran Vía… lo que le echen. Hooper se rodea de un reparto de campanillas, capitaneado por un especialista en el género musical como Hugh Jackman, y factura una producción de dos horas y media que satisface plenamente las expectativas que los productores (es un suponer) han depositado en ella. Y ése es precisamente el problema.

Si Hollywood vive una crisis de identidad, si tiene la mitad de sus esperanzas depositadas en modelos que antaño se revelaron eficaces, Los miserables es una conclusión lógica a un proceso preocupante. El trabajo de Hooper busca sus referentes en los mastodónticos musicales que el cine de los 60 opuso a la televisión. Ahora como entonces el modelo de  consumo del cine está en crisis, y los estudios andan locos para encontrar propuestas que cobren pleno sentido en una sala comercial, que justifiquen el pago de una entrada ya de por sí cara y que ahora (gracias a la inestimable ayuda del Ministerio de Cultura) lo es aún más. Hoy como hace 50 años los estudios fijan su mirada en grandes clásicos de la literatura convertidos en musicales. Podríamos hablar de My Fair Lady (George Cukor, 1964), de Oliver! (Carol Reed, 1968) o de West Side Story (Jerome Robbins y Robert Wise, 1961). Y aún en el caso de este último, la película de Robbins y Wise se permite la “audacia” de contemporizar Shakespeare a los modos de la estética de bandas de Nueva York. El resto, y el trabajo de Hooper es otra muestra, son productos perfectamente facturados y empaquetados, pero nada de ello garantiza que tengan alma. Un buen reparto, un director eficiente, un conjunto encantador… Los títulos que perduran deben sus virtudes a factores ajenos a la lógica que los ha creado. No entraba en los planes de la productora. Mientras haga dinero ya les vale, y si se convierte en una clásico, pues mejor.

Los miserables sigue al pie de la letra el modelo del musical en tiempos de crisis, pero nada indica que vaya a perdurar mucho más allá de la próxima edición de los Oscar. Poco se le puede reprochar realmente a Tom Hooper, que entrega el producto que le exigían: el estudio le da los ingredientes necesarios para hacer un gran pastel, y él ha hecho un gran pastel, dulzón y empachoso. A su favor, el estilo que denotaba en sus trabajos anteriores no se diluye totalmente en la pesada maquinaria de una superproducción, y su bagaje televisivo lo lleva a cerrar a primeros planos en los monólogos musicales, buscando el tú a tú con el intérprete en lugar de refugiarse en los artificios megalómanos de grandes platós y millares de extras. Hooper ha recibido encendidas alabanzas de su cásting (y eso que sale Russell Crowe, un tipo exigente) por su manera de dirigirlos y por tirarse a la piscina una sola y muy remarcable vez en todo el proceso: en un film donde casi todo el diálogo se estructura a base de números musicales, el playback, tan usual en este género, ha sido totalmente desterrado. Los actores cantan directamente en sus escenas, sólo acompañados por un piano que debe adaptarse constantemente a su ritmo. No es fácil, ni para los esforzados actores ni para el público que debe acostumbrarse en los primeros compases de la película al sonido más natural de las voces. Eso sí, una vez hecho esto, la mejora es considerable.

La principal beneficiada de los recursos que propone Hooper es Anne Hathaway, protagonista de un largo primer plano que le dará un Oscar. Su composición de Fantine estalla en las narices del espectador, pero en ningún momento olvida que está en medio de un blockbuster con toda la ligereza que permite una determinada forma del musical. Virtuosa y acertada, delicada y magnética, Hathaway es el alma involuntaria de la película, su baza más luminosa y enérgica en un conjunto que adolece de una cierta apatía. Luego Jean Valjean viaja a París, y todo lo que debería resplandecer se apaga. Durante el primer acto el film se sustenta en el preciosismo de la puesta en escena y en un ritmo aceptable. Tras Hathaway no queda nada.

Hooper se obsesiona con adecuar su película al libreto de Schönberg y Boublil, obviando que ni el mejor musical de Broadway puede adecuarse punto por punto a un relato cinematográfico. El material de base es una de las narraciones más apasionantes de Víctor Hugo, exhaustiva en el diseño de sus personajes y de las pulsiones de amor y muerte que los arrastran: la transformación ética de Jean Valjean, la fe ciega en la ley del inspector Javert, el amor de Cosette por el revolucionario Marius… cada una de estas tramas da para llenar las dos horas y media del metraje, pero anclado al musical, y a la preponderancia del espectáculo por encima de la construcción de personajes, Los miserables pierde toda su garra justo cuando los hechos se precipitan y las barricadas se levantan. El interés del relato deriva peligrosamente hacia el tedio, condicionado por un tercer acto que se estira como el chicle y narcotiza toda su carga emotiva en beneficio de una corrección formal que nunca será suficiente. Es en esos momentos cuando la producción de Hooper revela su verdadero rostro, su finalidad económica como un eslabón más de un engranaje viejo y cansado, que necesita una revolución. El modelo que defiende Los miserables está caduco, y al margen de su resultado en taquilla poco puede aportar tras 50 años en danza. Hollywood recurre en momentos de histeria a sus lugares comunes, pero por mucho que Tarantino ruede un western el cine del Oeste no volverá a ser el mismo, y aunque estrene un musical técnicamente apreciable cuando se aproxima la temporada de los Oscar hará falta mucho más para recuperar la impronta (comercial o no) que ha hecho de la colina de Los Ángeles la meca del cine. Mientras tanto producciones como ésta se estrenarán con la agonía estéril del cine más academicista. Y es una pena, porque todos y cada uno de los elementos que forman la película merecerían el colorido de una auténtica insurrección, el paisaje de banderas tricolores y barricadas dibujadas con la espontaneidad de un mar de colores, de contrastes. Y aquí sólo hay gris, una grisura vacía, cansada y reumática.

5,5


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