Crítica

Los odiosos ocho – Quentin Tarantino

posted by Alberto Varet Pascual 25 enero, 2016 0 comments
La diligencia que iba en una sola dirección

Los odiosos ocho cartel

Resulta significativa la manera en que los críticos entusiastas de lo último de Quentin Tarantino han reseñado la película, pues sus críticas han basculado, poniéndonos básicos, entre la idea de la depuración de un universo (o sea, más de lo mismo pero mejor), y la de un rumbo alternativo tomado en Malditos bastardos, donde su obra transmutó el juego cinéfago en algo más serio. Un enfrentamiento de opiniones que deja patente los palos de ciego que el creador de Death Proof da en Los odiosos ocho, donde sus nuevas obsesiones entran en clara contradicción con unos conceptos de estilo que ahora, cuando ya no es un niño grande, sino un adulto con preocupaciones sociales, piden a gritos ser aparcados.

Quizás sea una escena la que mejor explique la deriva que debió (y debe) asumir el director. Se trata de un secuencia que ha provocado la nausea de más de uno, pero que al que esto escribe le parece lo más brillante del larguísimo metraje: un diálogo, con flashback en la narración, en el que el personaje interpretado por Samuel L. Jackson le cuenta al de Bruce Dern cómo humilló a su hijo. En ese momento, la filmografía de Tarantino se abre hacia algo nuevo en ella: un cine de la crueldad alejado de cualquier filtro perteneciente a la referencia cinéfila o la bobada pop, de modo que el discurso ahí es el del odio entre razas y la venganza latente bajo la ofensa que habita las entrañas estadounidenses servido en un plato hardcore incuestionablemente honesto. Si Los odiosos ocho tiene la pretensión de ser una obra mayúscula capaz de vertebrar una verdad oculta en la mentira, en la leyenda, en la actuación bajo las formas sociales y en la traicionera tradición oral, podemos asegurar que es este instante el que saca a la luz al pensador político que el cineasta lleva dentro.

Sin embargo, y desafortunadamente, su capacidad para desestabilizar no se encuentra en muchas escenas violentas más, y es entonces cuando uno lamenta que el de Reservoir Dogs no se haya atrevido a dar el paso definitivo hacia un trabajo que no se deba en tanta medida a su mundo codificado. Pues, si ya no estamos ante una película donde la violencia estilizada tiene su razón de ser en la orgía de referentes populares, la vida de los personajes debería valer más, por mucho que la de las personas en aquella época no lo valiese, como ha explicado varias veces un Tarantino que ha acabado, sin que él se haya dado cuenta, siendo cómplice de ese mismo desprecio.

Sí, el autor de Pulp Fiction se ha puesto en el lugar de un Dios que busca orquestar una realidad americana a través de un universo que se queda corto en la alegoría. Así, los exabruptos en su film son gratuitos, cuando antes no lo eran (lo realmente excesivo nunca es gratuito); unos cuantos diálogos sirven para la causa… perdidos en una inmensa verborrea, y el rostro al sol de Jennifer Jason Leigh, lleno de matices en la hermosa proyección que servidor pudo ver en 70mm., y bañado por el Now You’re All Alone, de David Hess, no dura ni treinta segundos en pantalla.

Respecto al formato, no es poca la gente que se pregunta por qué un 70mm. para un ejercicio de interiores. La respuesta está en las motas de polvo y nieve que se cuelan por las maderas de la casa. O en los primeros planos cargados de detalles en el montaje interno. Pero el director, desafortunadamente, no se detiene en esta belleza. De hecho, no recuerdo un plano que durara un minuto en toda la producción. Y éste es otro de los grandes problemas de Tarantino: es alguien que le exige una paciencia al espectador (tres horas de película parlanchina) que él no tiene. Y puede que su cine no lo haya demandado hasta hace poco, pero ahora mismo el acto de mirar y escuchar es vital en su obra.

Si el responsable de Django desencadenado hubiera arriesgado de verdad, nos habríamos podido deleitar con una cara femenina al sol, con el frío que traspasa la rendija de una casa o con la melodía de una canción utilizada en su versión íntegra. Sin embargo, el cineasta no nos lo permite, ya que, para él, mucho más importante que todo esto es el parloteo de sus personajes en unas escenas resueltas, por lo general, de una forma académica: plano largo-plano corto-plano/contraplano.

Con un panorama así, la mínima floritura de estilo es, claro, un oasis, y el arranque de la segunda mitad de la realización, con una parada en el tiempo, una vuelta atrás en el mismo, un desplazamiento elegante de la cámara y una voz en off, que otorga una dimensión especial a la imagen, se antoja oro puro. Uno de los grandes momentos de la obra… que tampoco dura. Porque, al final, Tarantino es como sus protagonistas: no cree en la palabra. Su trabajo hace que parezca que nunca existieron tipos como Oliveira o Straub. Para él, el vocablo no es sino un vehículo para ser el más guay. Un detallito más que pasa por allí según monta de cualquier manera. Pero el cúmulo de estos, que antes le valía, no le funciona hoy a la hora de articular una cinta política seria. Y resulta, entonces, que el conglomerado de buenas ideas de la carcasa es sugestivo, mas no resiste una mirada profunda.

5,5


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