Crítica

Los Vengadores – Joss Whedon

posted by Manel Carrasco 2 mayo, 2012 0 comments
El noveno arte

Los vengadores

¡Bang! ¡Kaboom! ¡Shebam! ¡Pow! ¡Blop! ¡Whizz! No, nadie se ha caído sobre el teclado: son onomatopeyas, asociadas generalmente al mundo del cómic. El noveno arte, aclamado por unos y denostado por otros, estaba condenado a entenderse con el séptimo, el cine. Will Eisner llevó la viñeta a otro nivel y la acercó al lenguaje audiovisual. El cómic pulp y las historias de superhéroes levantaron una industria tan norteamericana como Hollywood. El cómic abarca todos los géneros y todos los formatos, puede ser ágil y espectacular, íntimo y experimental. El binomio con el cine tenía que ser una cuestión de tiempo, y sin embargo ha costado, y mucho.

Las majors norteamericanas han flirteado con él desde hace años. Nadie se planteaba adaptar a Winsor McKay, a Oesterheld o a Art Spiegelman, pero el género de superhéroes podía ser un buen filón. El problema es que a menudo no se tomaban en serio el arte del buen entretenimiento, y los productos derivados de Superman, Spiderman, Hulk o Batman eran trabajos seriados, pensados para rellenar espacios de las sesiones dobles o de la primera televisión. Haciendo cuentas, hasta Richard Donner y su Superman (1978), el terreno era poco menos que un páramo. Lo que vino después, lentamente y de manera irregular, es de sobras conocido: Tim Burton, Bryan Singer, Sam Raimi, Christopher Nolan

Claro que nada como agitar el espantajo de la crisis de ideas para que salgan superhéroes de debajo las piedras. Ante la falta de rumbo comercial que ha sufrido Hollywood en los últimos años, la industria contraatacó fijando su mirada (ahora sí) en los cómics de su infancia. El siglo XXI se despertó con una nueva moda de producciones y blockbusters que, en cuestión de artes, hermanaron por fin al séptimo y al noveno. No solo el cine llenó sus cuentas corrientes, también Marvel y DC recibieron un dineral que, todo hay que decirlo, ha sido como agua de mayo. No siempre las producciones han funcionado, pero la madre de todas las iniciativas, la que podía consolidar la moda o hundirla en la miseria, era la iniciativa Vengadores.

A grandes rasgos, a alguna luminaria de los estudios se le ocurrió la idea de empezar una serie de películas de superhéroes de la Marvel, asociados todos ellos al supergrupo conocido como Los Vengadores, una de las insignias de la editorial. Iron Man (Jon Favreau, 2008), El increíble Hulk (Louis Leterrier, 2008), Capitán América (Joe Johnston, 2011), Thor (Kenneth Brannagh, 2011) y alguna que otra secuela, preparaban el caldo para lo que debía ser la gran traca: Una película colectiva con todos los Vengadores. La estrategia pasaba por conectar las películas con elementos que no molestaran a los profanos pero que alimentaran las ansias de los que conocían el universo Marvel. El tema podía ser muy lucroso, o salir fatal. Era jugárselo a una carta. El fracaso de una o varias de las películas, especialmente de la que debía reunirlos a todos, podía ser una puntilla difícil de sanar, además de un ridículo considerable. Pues bien, tras años de preparación Marvel ha tirado la moneda… y ha salido cara.

El buen hacer de Joss Whedon se nota en cada plano. Las dos horas y media de metraje levantan una narración sin apenas fisuras, un blockbuster palomitero con secuencias frenéticas y diálogos ingeniosos, donde la pirotecnia barata brilla por su ausencia. Whedon tiene el buen tino de reservar un espacio de lucimiento para cada uno de sus personajes. Si juntar a una banda de superhéroes implica un choque de egos, el director evita que sus estrellas sigan el mismo camino. Personajes de la talla de Robert Downey Jr o Scarlett Johansson conviven en el mismo plano que Chris Evans o Chris Hemsworth. Todos ellos, conscientes de la relevancia del proyecto, trabajan en la misma dirección, y el ensamblaje es perfecto porque el guionista construye a cada personaje por separado y en el conjunto. Todos se pueden lucir, no hay secundarios ni rellenos. Lograr semejante equilibrio implica un ejercicio de estructura para enmarcar, digno de un escritor que ha mamado años y años de cultura popular. Su talento se crece en el dibujo de personajes y tramas, que se despliegan con buen ritmo antes del divertido clímax final.

Y si el equilibrio entre los elementos de la historia es una de sus mejores bazas, el guión esconde otra: una pirueta inesperada, arriesgada y espectacular. Whedon se permite el lujo de introducir constantes notas de humor en todo el relato. A menudo, en medio de una escena de considerable tensión dramática hay un detalle descacharrante, una broma personal o un giro inesperado tan hilarante como revelador del carácter de sus protagonistas. El guionista se enfrenta a una combinación que puede causar extrañeza, y la resuelve por todo lo alto, sin ningún desajuste, como si cada broma fuera una parte natural de la narración.

Ante todo, Whedon reivindica el mejor cine de género. Si Christopher Nolan parece buscar la legitimización del superhéroe a través de consignas filosóficas y éticas, el director de Los Vengadores tiene suficiente con los elementos que definen el universo que comparten Marvel y DC. Sin complejos, valida los códigos del cómic prototípico, se mantiene dentro de los márgenes del modelo base y saca el mejor partido posible de un material que no necesita adulteración ni coartadas de prestigio. Mathew Vaughn confirmó en X-Men: First Class (2011) que un buen narrador es todo lo que se necesita para defender cualquier historia, y Whedon es una muestra inmejorable de ello. Ni uno ni el otro inventan nada nuevo, pero tampoco se pierden en veleidades autorales ni olvidan en ningún momento el público heterogéneo al que pueden dirigirse. Un divertimento de la mejor especie, pensado como producto de calidad, ejecutado con buena mano y sin desviarse un ápice de su recorrido. Y sobre todo, un canto de afirmación a la validez artística del cómic popular norteamericano tal cuál es. ¿Tipos con mallas? ¿Malos de manual? ¿Superpoderes absurdos? Que sí, maldita sea, y en un producto cumbre de su género. Y sin engañar a nadie. A los que no les interese (como el que no ve comedias, o películas de terror) no pasa nada. Pero el que pueda sentir una mínima emoción ante el universo del cómic, que no lo dude: El noveno arte también pasa por aquí. Y pisa fuerte.

8,5


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