Crítica

Madre – Rodrigo Sorogoyen

posted by Marc Muñoz 14 noviembre, 2019 0 comments
Amor espumoso

Rodrigo Sorogoyen se ha labrado una alta reputación como cineasta  en apenas el último lustro. Una distinción merecida que le llega tras encadenar Qué Dios nos perdone, el cortometraje Madre (nominado a los Oscar) y la multipremiada El reino. Su última incursión al medio cinematográfico consolida su presencia como uno de los cineastas prominentes del actual panorama español.

Y lo lleva a cabo mediante la secuela en formato largometraje del corto que le condujo hasta las puertas del Oscar. Madre se fija así como un dispositivo cinematográfico que parte de ese germen narrado en el corto homónimo: una mujer que recibe la llamada inesperada, y desesperada, de su hijo, quien se ha quedado solo y desamparado en una playa francesa tras la desaparición misteriosa de la figura paternal. Esta inmejorable premisa, ejecutada mediante una inteligente puesta en escena apoyada en el fuera de campo, y una intriga alimentada por las sombras del Hitchcock de La ventana indiscreta, se utiliza (tal cual, el mismo material del corto) como punto de partida de esta cinta preocupada por la secuencia posterior, transcurridos diez años de la acción que avivaba la tensión en su formato reducido. En este relato extendido que llega mañana a las salas la madre se ha mudado a la supuesta playa donde desapareció su hijo de seis años, desde donde intenta aplacar los fantasmas de ese drama mientras intenta empezar de cero.

La primera proeza de su virtuoso guion es ese cambio de registro en la historia. Pronto la película sitúa al espectador ante otro eje de coordenadas, tanto emocionales como temáticas, alejadas de este potente prólogo que actúa como incidente incitador del largometraje. Pasados esos diez años, el motor dramático ya no es  la búsqueda o la suerte de la criatura, sino los estragos de su ausencia en la piel de una madre abatida y con la brújula vital detenida. En lugar de buscar los cauces característicos del drama íntimo, el director madrileño sorprende con unos arriesgados giros hacia el drama romántico retorcido y de moralidad cuestionable en el momento que ella se empieza a relacionar con un adolescente francés que, de algún modo, le recuerda a su hijo. Una escalada amorosa, entre la la ternura, la actitud maternal y la demencia obsesiva, que invita al espectador hacia un recorrido imprevisible y apasionante, por un océanos de dudas y ambigüedades alrededor de las pulsiones y motivaciones de sus personajes, convirtiendo ese material  como la lubricación idónea para una trama enigmática.  Desde ese primer giro hacia el drama de fuero interno y resonancias peliagudas, el guion se desenvuelve con pericia, tacto e inesperada solvencia en su recorrido por un amalgama de ambigüedad de asombroso atrevimiento, más en los tiempos de corrección política que corren. Aunque Sorogoyen no es Von Trier. Se desmarca con elegancia del regocijo alrededor de esos posibles focos de controversia. Primero desde el plano estético; con una fotografía hermosa, brumosa y algo apagada, en consonancia a los paisajes del escenario playero y las tormentas internas de su protagonista. Pero también, y con mayor acierto, desde la escritura del libreto, navegando por las zonas claroscuras, evitando juicios morales, dejando sugerentes espacios para la interpretación del espectador como ocurre con su bello y demoledor desenlace. No es el único momento de rotundidad dramática en la pantalla. La interpretación de Marta Nieto refleja todas las contradicciones, dudas, angustias y el fuego cruzado de emociones que mueve a su personaje – demoledor cuando se reencuentra con el padre-. Un personaje de una complejidad enorme, lleno de matices, algunos incomprensibles, otros de difícil asimilación, pero también de una humanidad pavorosa.  Y de nuevo brota aquí el mérito de Sorogoyen de darle a toda esta estructura dramática, a veces rayando lo impensable, o lo repudiable según las conductas de normalidad establecidas por el marco social actual, una verosimilitud que apenas da espacio para ser cuestionada. Todos los elementos cinematográficos juegan a su favor, pero especialmente ese guion del propio Sorogoyen e Isabel Peña que hace de la ambigüedad del relato y los instintos y motivaciones de su personaje central la marca de guía hacia terrenos inesperados, rompiendo en varios tramos las expectativas del espectador, sin dañar por eso su tono interno ni la búsqueda de realismo.

Madre encuentra apoyos cinematográficos en el Verano del 42 de Robert Mulligan, en el cine de Rohmer con esas largas y cálidas conversaciones entre la madre y el espejismo del hijo perdido por las playas de la costa francesa, e incluso de Terrence Malick en algunas decisiones estéticas. Es ahí quizá donde Sorogoyen pierde más el control. Sus constantes travelling y movimientos de cámara manifiestan un exceso hierático que no termina de concordar con esa historia minimalista en formación triangular y la ausencia que marca la piel de su motor drámatico.

Nada que desfallezca una de las cintas más atrevidas y bien escritas del curso. Un esplendoroso desafío a la moral reinante mediante un dietario emocional que desborda tacto y complejidad en el dibujo de su personaje central y en el de los daños colaterales de su aflicción. Madre es un hermoso relato dramático lleno de vacíos que requieren ser rellenados por el espectador, y de claroscuros morales que merecen una reflexión y una discusión posterior. Con un milagroso fluido emocional de inesperado acento y efecto, pero que bajo el control y tacto de su director y guionista, y la magnifica interpretación de su intérprete principal, no solo convence, sino que emociona. La prueba irrefutable de su poder es que sus imágenes, y los conflictos psicológicos y amorosos abordados en estas, acompañan a la salida del cine.

marco 75

 


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