Crítica

Matthias & Maxime – Xavier Dolan

posted by Marc Muñoz 31 marzo, 2020 0 comments
Dazed and confused

Matthias & Maxime

Xavier Dolan se ha granjeado mediante una carrera prematura y prolífica una irreconciliable disparidad de opiniones. Parece inalcanzable un punto de entendimiento entre aduladores y odiosos de sus artes. Un entuerto polarizado que su última película no resolverá para ninguna de las partes. Si bien, supone para quien escribe un paso en positivo respecto a la insufrible Sólo el fin del mundo. Por suerte, en esta última incursión cinematográfica estrenada por tiempo limitado en Filmin, ante la imposibilidad de aterrizar en el circuito de salas – Avalon confía en poder hacerlo más adelante -, el director de Montreal remueve temáticas y paletas emotivas de su área de proximidad.

Matthias & Maxime articula su conflicto principal alrededor de la homosexualidad reprimida de dos amigos de la infancia que, durante una fiesta en una casa, terminan participando en un corto (de una aspirante a directora insufrible) donde se les requiere para un beso delante de la cámara. Esa acción, aparentemente sin mayor trascendencia, repercutirá en los sentimientos latentes y oprimidos de estos hombres hasta el punto de poner su amistad y vínculos afectivos en peligro.

Este material de entrada le sirve al director de Laurence Anyways para ahondar en una temática que le toca de cerca. Y la explora desde un acercamiento confesional poniéndose en la misma piel del coprotagonista del relato, Maxime. Un joven de Montreal con problemas familiares (una relación conflictiva con su madre) y una homosexualidad soterrada a la espera de poder huir de ese entorno pasando una temporada en Australia. Dolan filma con sensibilidad esos recovecos de ocultación de sentimientos, y de pulsiones sexuales y afectivas aplacadas por el escrutinio social (el superyó). Esa colisión entre las apariencias y los deseos reprimidos entre ambos protagonistas ofrece alguno de los momentos más bellos de la cinta, potenciados por ese fulgor esteticista con el que suele imprimir su vociferante sello en sus obras. Aquí, sin embargo, su estilosa y presente cámara, así los atractivos encuadres que utiliza, trabajan en favor del relato y al servicio de las emociones de los personajes. Menos justificable resultan esos mini videoclips que inserta en la narración, en los que resalta su virtuosismo como director, con esa aura hipnótica que logra sobre sus imágenes pero que, en la mayoría de ocasiones, su uso termina siendo superfluo.

Al contrario que uno pliegues narrativos cuyo sustrato no queda reducido al amor imposible entre ambos personajes, sino a cierta desazón y desengaño generacional que logra subscribir sobre las relaciones de ese grupo de amigos acercándose vertiginosamente, y algo desorientados, a la treintena. Es ahí donde de hecho el director saca el mayor rédito de sus imágenes y de sus diálogos; con esa aura de fascinación efímera, la de unos personajes agarrándose a una vitalidad diluyéndose entre sus miradas. De hecho, no sería muy descabellado orientar la propuesta hacia el cine nostálgico universitario del Richard Linklater de Movida del 76 y Todos queremos algo (su secuela espiritual). Más allá de las distancia idiomática que los separa, los personajes de ambas películas (incluso sus looks y vestimentas), reflejan los destellos de juventud, una que se aboca hacia cambios irrevocables, tal y como expone Matthias cuando le suelta a su novia que le ha llegado el tiempo de pocos juegos y de pasar menos tiempo con sus amigos.

Esa amargura de cierre generacional y despedida de los lazos afectivos de la juventud salpica ciertos fragmentos de esta obra de considerable poso emotivo. gracias a la habilidad de Dolan por capturar esas miradas, silencios y gestos de entonación expresiva, pero también por controlar su recargado estilo, con tal de no sucumbir el relato y su narración con su narcisismo estético.


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